2 de marzo de 2013 - 02:14

Italia, en busca de gobernabilidad

La de una república renga es la imagen que deja Italia luego de los recientes comicios. El triunfo de la izquierda fue insuficiente para formar una alianza que gobierne. Y así Berlusconi se mantiene al acecho.

La anormalidad política italiana, que se hizo aún mas ruidosa esta semana con la dramática aclaración del presidente Giorgio Napolitano negando que su país esté a la deriva, suele ser considerada una excepcionalidad. Pero se trata de una visión errónea o, por lo menos, muy limitada. El colapso de representación, que es en verdad lo que le sucede a Italia como efecto no único pero central de la deuda social que disparó la descomposición de su economía, es un mal epidémico en las democracias modernas.

El caso italiano quizá añada mayor impacto porque las dos legislaturas del magnate populista Silvio Berlusconi, la última concluida con tono de derrumbe hace 15 meses, no sólo produjeron, como veremos, una extraordinaria transferencia de la renta desde la base de la pirámide social a su vértice. También esas gestiones adelgazaron premeditadamente la estructura institucional del país con un constante ataque desde el Ejecutivo sobre el Parlamento y, especialmente, contra la Justicia, que se resistió a la colonización desprejuiciada de Il Cavalieri.

Esos avances tienen efectos dañinos conocidos no sólo en Italia. Es muy improbable que donde se petardea a las instituciones se pueda estructurar una oposición vigorosa que genere un relevo posible y equilibrado.

Las instituciones son los límites que impone la República para proveer al funcionamiento del Estado. La oposición, es decir la alternativa política, forma parte de ese armado. Cuando se lo diluye y el Estado se convierte en un hueco vacío que llena a su gusto quien llega al poder, se contamina de autoritarismo y se cruzan las líneas que llevan al fascismo.

Vale la pena detenerse un poco más en esta observación. En 2010, cuando aún era premier, Berlusconi, cargado de denuncias de corrupción, calificaba de "comunistas vendidos" a los jueces y proponía un cambio radical -un control- en la forma de dictar justicia. Por entonces, agregó un contundente desprecio por el otro poder del Estado. "Dirán que ofendo al Parlamento, pero la pura realidad es que las asambleas multitudinarias son absolutamente inútiles, por no decir contraproducentes", marcó desde el lugar imperial que se atribuía.

Ayer mismo acusó a los magistrados que lo persiguen de "utilizar la justicia para luchar y eliminar a enemigos políticos". Cualquier comparación con otros procesos no es casual.

Hobbes sostenía, con acierto, que "donde no hay poder común, la ley no existe".

La anormalidad refiere a la ausencia de normas, es decir los acuerdos -el poder común- en una sociedad que no deberían ser manipulados según los intereses del gobernante. Si se amplía la mirada, se verá que en naciones con igual predicamento autoritario y víctimas de la apropiación del derecho de todos, la oposición política se ha apagado o vive entrampada en contradicciones que la vuelven inoperante.

Ese proceso de demolición en Italia se combinó con la profundización de la crisis económica. En toda la década de 2000, el país creció un promedio vegetativo de 0,5%, pero con una disparada en la precarización laboral que afecta a unos 10 millones de trabajadores.

Si se observa aún más profundo, surge un dato impactante para la que es hoy la tercera potencia del euro. Según un relevamiento de Eurostat, la oficina estadística de la Eurozona , uno de cada tres niños en ese país vive en riesgo de pobreza o miseria. En las encuestas de la Comisión Europea surge que el número de pobres italianos, en la última legislatura berlusconiana, subió de 15 a 17 millones entre 2008 y 2011.

Ese escenario explica la irrupción de movimientos anti-sistema como el del cómico Beppe Grillo que, en las elecciones de la semana pasada, se convirtió en la fuerza unitaria más poderosa de la Cámara de Diputados. También está ahí la pauta de por qué este transgresor populista y demagogo tanto como a quienes critica, que desprecia a sus rivales y censura a la prensa en sus actos, lidera en la industrial Torino, la tradicionalmente derechista Palermo o en la empobrecida Sicilia. Es la consecuencia de la frustración que cruza transversalmente al electorado.

Esos comicios cruciales los ganó la socialdemocracia que lidera el ex comunista Pier Lugi Bersani, en una alianza con otra fuerza de izquierda moderada. Pero su cosecha fue insuficiente para formar gobierno. La sociedad armó así una bomba. Dejó a esas dos fuerzas y a Berlusconi con poderes equivalentes, dividido el país en tres partes separadas por océanos.

Las bases de Grillo, sobre todo las más juveniles, han presionado para un acuerdo con las huestes de Bersani. Ese convenio sería limitado a formar gobierno y modificar la absurda ley electoral que Berlusconi inventó en 2005 para eternizarse y evitar la cárcel. Luego se volvería a las urnas. Pero el tajo es tan profundo en esa sociedad, que no hay mayorías que eleven la garantía de un pacto pese a la necesidad de evitar el precipicio.

Hay un engaño de falsa eficiencia que sobrevuela este desastre. La ausencia de alternativas políticas produjo que, cuando Berlusconi debió irse en medio de las llamas, se eligiera a un banquero como premier, Mario Monti. Esa administración, generó un par de datos interesantes: redujo el déficit fiscal un punto de 3,9% a 2,9% y acumuló superávit primario.

La gestión recordó desde la derecha a la del centroizquierdista Romano Prodi, quien llegó al poder tras la primera legislatura de Berlusconi y también ordenó las cuentas pero, al igual que el banquero Monti, a un costo social que fulminó a aquel gobierno. Es que al trasladarse el peso de la crisis al conjunto de la población, se dispara una reacción contra el sistema y un "efecto nostalgia" por tiempos que se imaginan fueron menos duros.

En ese camino se compran salidas mágicas, por derecha o por izquierda, como las de la demagogia. Es interesante que haya sido un anarquista, Proudhon, quien fulminó esa manipulación, que se expande hoy como una peste por el mundo, como lo que es: "una hipocresía del progreso".

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