Si hay un país ideal para quejarse, ese es la Argentina. Uno abre el diario y son tantas las cosas de las que se entera que no sabe por cuál preocuparse más. A los indecisos nos mata el surtido. Los casos son numerosos y cuesta ordenarlos en la mente.
La inflación, el “riesgo país”, el aumento de los servicios, las escapadas del dólar, los aumentos en general, los cuadernos de la corrupción, la declaración de los arrepentidos, las cifras de coimas que se manejan. No creo que haya otro país que tenga tantos asuntos para distraerse.
Uno tiene los problemas personales, que son grandes y pesan, y tiene que sumarles los problemas generales con el agravante de que ante los problemas del país uno no puede hacer nada más que observarlos o sufrirlos. Nada de lo que hagamos va a variar la situación general, porque no depende de nosotros. El problema es saber si los que sí pueden hacer van a hacer lo necesario y suficiente para que los acontecimientos se encarrilen y entremos a formar parte de un país normal, con problemas, sí (todos los países los tienen), pero no con la avalancha de problemas que soportamos nosotros. No hay espaldas para tanto.
Porque en la vida nos toca enfrentarnos con los problemas cotidianos, que no son pocos, y muchos no son fáciles de resolver. Las relaciones familiares son difíciles porque uno no se lleva muy bien con los suegros y, lo que es peor, con su mujer. Entiende el tipo que las peleas con su mujer son las únicas que se ganan huyendo y se empecina en no ceder, cuando, la mayoría de las veces es mejor ceder que sufrir. Alguna vez ganaremos.
Los pibes son otro problema, porque cada etapa del crecimiento de los culillos implica una responsabilidad distinta para los culillos y para los padres. Hay que atenderlos en sus pretensiones, aunque sea moderadamente y seguirle los pasos, los reales, para que no se lleven por delante la mesita del living y los otros pasos, por ejemplo, los escolares. Eso implica todo un tiempo de dedicación y preocupación.
Sumémosle los problemas laborales. Primero porque el sueldo no nos alcanza, y aunque nos alcance no nos alcanza. Ocurre que uno siempre pretende estar mejor, y es lógico que eso suceda, es lógico pretender llegar a fin de mes tranquilo y sin deudas en la conciencia, que llegar reptando y mirando para todos lados a ver dónde hay un mango para rasguñar. A esto hay que sumarle la presencia de los jefes, todo jefe implica ineludiblemente un problema.
Agreguemos el ajetreo cotidiano, el tránsito de Mendoza que es tan confuso como una orgía de lombrices, la casa que siempre tiene algún problemita que arreglar, que los techos gotean, que el agua del calefón sale tibia (son innumerables los problemas de entrecasa). Si a esto sumamos los conflictos personales que el tipo tiene con el propio tipo, el cúmulo de acontecimientos problemáticos es demasiado grande para una persona. Uno debería ser dos.
Y a todo esto hay que sumar esos enormes problemas que está soportando el país. Es demasiado, deberían existir días de descanso del país, donde uno se olvidara por unas horas de todo y se dedicara únicamente a ser feliz.
Pero parece que no va a poder ser por ahora. Esto dimensiona todo el valor que significa ser argentino, porque mire usted que hay que tener valor... Pienso cómo vivirán los suizos seguramente bien, pero también, seguramente, aburridos.