La decisión de ambos gobiernos de iniciar el camino para el restablecimiento pleno de relaciones es una muy buena noticia. Es verdad que habrá que superar obstáculos de personas y sectores que buscarán frustrarlo, pero se está en la buena senda.
La decisión de ambos gobiernos de iniciar el camino para el restablecimiento pleno de relaciones es una muy buena noticia. Es verdad que habrá que superar obstáculos de personas y sectores que buscarán frustrarlo, pero se está en la buena senda.
Es un orgullo para todos nosotros que nuestro compatriota Jorge Bergoglio, el Papa Francisco, haya jugado un papel significativo, tal como lo agradecen los jefes de Estado Barack Obama y Raúl Castro. Es una señal de esperanza y confianza para los cubanos, para la región y para todos aquellos que aspiran a resolver las diferencias a través del diálogo para construir un mundo más pacífico, justo y democrático.
Quienes lo conocemos al Papa sabemos de su infinita paciencia y de su especial capacidad para escuchar, con los oídos, el corazón y la mente, como fundamento para superar diferencias y construir consensos en la búsqueda de la verdad y la construcción de la justicia.
También se necesita un clima y liderazgos que acompañen el suyo con similares intenciones y buena fe. Esto es lo que ha ocurrido. El Presidente Obama con su discurso desde Oriente Medio, a poco tiempo de asumir, mostró coraje y voluntad de cambio más allá de las dificultades y restricciones que el liderazgo de esa poderosa Nación tiene. La misma actitud mostró al liderar, a pesar de costos políticos y electorales, un cambio en el Sistema de Salud de su país para hacerlo más eficiente, menos costoso y más justo.
El liderazgo de Cuba viene mostrando en los últimos años una clara comprensión de que el tiempo de la “Guerra Fría” está cada vez más lejano: ha colaborado para enfrentar al narcotráfico y cooperó para evitar que se escalara la militarización y la violencia en algunos conflictos regionales. A su vez, la región eliminó los impedimentos para regresar a la OEA si era su deseo y lo integró a diversas organizaciones multinacionales incluida las Cumbres Iberoamericanas.
En realidad, este principio de acuerdo no sólo inicia el camino para terminar con el aislamiento y bloqueo a Cuba sino también el de EEUU con ellos. No tengo dudas de que el éxito final de esto que hoy comienza sería favorable para ambas partes y un necesario retroceso de las personas y sectores que en ambas naciones y en la región abonan las posturas más rígidas y polarizadas.
A las voces que ya aparecieron en los EEUU indicando que este proceso debilitará la restauración de los Derechos Humanos en Cuba, creo que una primera y buena respuesta es lo que afirmó el presidente Obama: no es sabio tratar de conseguir resultados distintos reiterando las mismas políticas que han fracasado en el pasado. Además, en una democracia plena, los DDHH son integrales: desde derechos cívicos y políticos, de los que hoy carecen muchos ciudadanos en Cuba, hasta los de la educación y la salud, que hoy están más presentes en Cuba que en varios países de nuestra región.
A quienes piensan que es un retroceso de Cuba, es necesario recordarles que los avances logrados en algunos campos de lo social no se han correspondido con la capacidad autónoma de generar riqueza y que las libertades cívicas y políticas han estado severamente restringidas.
No se trata de encerrarnos en el pasado sino aprender de él y quedarnos con la esperanza de que surja, para ese querido pueblo hermano, la posibilidad de que libertad, crecimiento económico y justicia social se den la mano.
También constituye un mensaje a la Sociedad Global: desde este Continente, de donde llegó el Papa, es posible crear condiciones para que su mensaje de paz y justicia fructifique en otras zonas conflictivas del mundo.