El conflicto en Malí, que desembocó en ataques aéreos franceses y planes para desplegar tropas africanas, plantea una serie de riesgos elevados para todo el continente, desde una violenta reacción de los islamistas hasta un potencial desastre humanitario.
Los países del oeste africano deben enfrentar la dura realidad de que una falta de respuesta podría conducir a una expansión de la presencia de los extremistas y de bandas criminales capaces de crear mayor caos, pero el uso de la fuerza militar también implica peligros complejos.
Algunos países que participan en la fuerza de unos 3.000 africanos prevista para ayudar a Malí a recuperar el control en el norte, tomado por los islamistas, podrían sufrir represalias de extremistas similares en su propio territorio, según señalaron algunos analistas.
Al mismo tiempo, no es seguro que la operación militar en el vasto desierto del norte de Malí tenga éxito. También podría provocar una avalancha de más refugiados hacia los países vecinos que ya luchan para atender a las necesidades de su propia población. Hasta ahora, la región ha optado en forma mayoritaria por aprobar la intervención, elogiando a Francia.
Aunque esta apresurada operación tenga éxito, la situación humanitaria continuará planteando una grave preocupación. Muchos refugiados ya atravesaron la frontera hacia los vecinos Burkina Faso, Níger y Mauritania.
De acuerdo con la agencia de la ONU para los refugiados, cientos de miles de personas abandonaron sus hogares desde que comenzaron los enfrentamientos entre los insurgentes y los militares, a principios de 2012. En esa época, los islamistas aprovecharon el vacío de poder creado por un golpe militar en marzo para apoderarse de grandes sectores en el norte de Malí, donde impusieron una brutal legislación islámica.