La campaña para las elecciones presidenciales del domingo próximo en Venezuela tiene algunas razones de fondo para pasar a la historia, pero sería injusto que no fuera recordada también por la profusión y la originalidad de muchos de sus elementos simbólicos, algunos verbales y otros materiales, aspecto en el que el oficialismo le lleva amplia ventaja a la oposición.
La ausencia del fallecido
después de 14 años al frente del país es sólo física pues, por lo demás, está presente en los discursos cotidianos de su aspirante a sucesor, el mandatario interino
, e incluso en los del candidato opositor,
Henrique Capriles
Radonski que, sorprendentemente, evita referirse a él de manera crítica.
Chávez aparece también en decenas de modelos de afiches y volantes que sus simpatizantes reparten permanentemente en las calles, así como en los altavoces de los cientos de mesas que el partido gobernante instaló y que reproducen fragmentos de sus discursos y hasta de sus interpretaciones del Himno Nacional y otras canciones.
Pero pese a la potencia del liderazgo de Chávez, Maduro logró instalar símbolos propios, como su bigote, que primero fue furor en las redes sociales y luego inspiró a los oportunistas del cotillón, que, por unos pocos bolívares, venden bigotes de juguete con una banda elástica para sujetarlos debajo de la nariz.
Asimismo, el antiguo oficio de chofer de colectivo de Maduro se convirtió en emblema de la campaña con alusiones a su aptitud para conducir el “ómnibus de Venezuela“, fotos que lo muestran al volante -actividad que practica usualmente para llegar a algunos actos proselitistas y de gobierno- y con unos simpáticos buses de cartón, troquelados para armar, que sus simpatizantes reparten por los calles.
Por otra parte, en su recorrida por el interior del país, Maduro se mostró en la mayoría de los actos de campaña con sombreros de diferentes modelos, típicos de cada una de las zonas que visitó.
Otro de los símbolos del chavismo son los brazaletes con los colores de la bandera venezolana, que comenzaron a verse con profusión hace un mes, con motivo de la muerte de Chávez.
Los brazaletes surgieron tras la campaña para las elecciones presidenciales del 7 de octubre, en la que Capriles se mostró permanentemente con una gorra con una divisa similar, que terminó identificándolo a pesar de las protestas del oficialismo por la supuesta apropiación de la insignia nacional.
En materia verbal, el signo más recordado será sin duda el “
pajarito chiquitico
“ que Maduro afirmó que se le presentó en una capilla de Sabaneta, el pueblo natal de Chávez, y que asoció con el espíritu del líder fallecido.
Tras la ofuscación inicial por algunas burlas de opositores, el oficialismo convirtió al ave en otro emblema de su campaña y, por más que sus adversarios siguieron mofándose -sobre todo en las redes sociales-, el propio Maduro lo mencionó, a veces hasta humorísticamente, en la mayoría de sus discursos.
De la competencia dialéctica sobresalen también algunos apodos que los principales candidatos utilizan para evitar llamar por su nombre a su competidor, como el “caprichito“ con que Maduro se refiere a Capriles, o el “toripollo“ (cerebro de pollo en un cuerpo de toro) con que el líder de la oposición apostrofa al presidente interino.