Siempre fue cautivante observar la forma en que Luis Felipe "Yuyo" Noé confiaba en el lenguaje escrito para desentrañar los misterios del visual. Ahora, que el artista nos dejó a los 91 años, todos sus libros nos dejan un testimonio invaluable, un archivo que nos permitirá interpretar, leer y releer, su obra por muchos años más. De hecho: ¿De cuántos artistas plásticos nos hubiera gustado tener también un legado teórico o literario?
Desde "Antiestética", publicado por primera vez en 1965, Noé publicó más de veinte libros: algunos contaron con sus ilustraciones, otros con sus reflexiones en torno a la teoría del arte y la antropología, e incluso con sus diarios. En el último de ellos, "El ojo que escribe" (Colección Lector@s de Ampersand, 2024), escribió desde una interesante intersección: sobre la vida leída y la vida vista.
"El ojo que escribe" fue, sin planearlo (porque, incluso en su edad avanzada, estaba lleno de proyectos), un escrito cumbre. El libro tiene un poco de todo esto: autobiografía intelectual y en parte afectiva, síntesis de su pensamiento, repaso de sus libros publicados...
Aquí logra moldear cavilaciones que le insumieron décadas, desde que muy joven se dedicó a la crítica de arte. Hay que intentar imaginar la cantidad de lecturas que Noé, pacientemente, acumuló a lo largo de su vida. Le gustaba leer no solo sobre estética, sino también sobre poética: es decir, la forma en que los artistas (desde literatos a otros visuales) han reflexionado sobre su trabajo.
El libro recoge una abundante (por momentos, apabullante) selección de citas, siempre en orden de intentar entender esos temas que le han quitado el sueño: la configuración de la imagen, la abstracción y la significación, y la teoría del caos, un misterioso concepto sobre el que pensó y escribió bastante.
Este libro, que incluye ilustraciones de algunas obras emblemáticas, es hoy quizás uno de los mejores portales para acercarse a la obra de Luis Felipe Noé. Y lo mejor es que se consigue por un buen precio en las librerías comerciales. Yuyo no solo era un "ojo que escribía", también era una mano que observaba. Y en ese viceversa se dirimía su preciosa singularidad como artista.