Lentamente, pero sin pausa, el poeta mendocino Carlos Vallejo ha ido construyendo una obra a través de los años que lo colocan como uno de los referentes de la poesía local, especialmente surgida a partir de los años 90.
Tras dieciocho años sin publicar, el destacado autor mendocino presenta El corazón de los espejos. Un recorrido profundo sobre su reciente obra, el distanciamiento de los círculos literarios y su concepción del arte.
Lentamente, pero sin pausa, el poeta mendocino Carlos Vallejo ha ido construyendo una obra a través de los años que lo colocan como uno de los referentes de la poesía local, especialmente surgida a partir de los años 90.
Nacido en 1967 y abogado de profesión, Vallejo comenzó en su juventud a escribir e incluso a publicar, y también fue partícipe de uno de los grupos literarios más recordados de fines de los 80 en la provincia: Las Malas Lenguas.
Tras la publicación espaciada de sus primeros libros (editados casi “puntualmente” cada diez años), pasó prácticamente dos décadas sin publicar. Ahora, regresa con un nuevo y frondoso libro, El corazón de los espejos (Mascarón de Proa, 2026), en el que muestra una variación en el tono de la voz poética, aun cuando se mantenga en los rasgos conocidos en títulos anteriores, especialmente Postal en movimiento (1998) y El vientre que danza (2008). Esos rasgos son los que, por ejemplo, la académica Marta Castellino (en Poesía argentina: dos miradas) caracterizó así: “La de Vallejo es una voz personal, una lírica a veces intimista (…) pero sin caer en sensiblerías ni romanticismos; por el contrario, siempre alguna imagen sorprendente provoca un efecto de ruptura”.
“Tal vez sea ahora menos volcánico y más reflexivo”, reconoce Vallejo en esta charla en la que habla sobre su nuevo libro y sobre toda su poesía.
—Aunque venías con un ritmo pausado de publicación (más o menos cada diez años), El corazón de los espejos es tu primer libro después de 18 años. ¿Cómo fue ese proceso de escritura y qué llevó a demorar tanto la salida del libro?
—Es así, prefiero el hecho de escribir y de leer, al hecho de publicar. En realidad, soy reacio a publicar. Pero a veces es necesario culminar una etapa para pasar a otra y es allí donde decido publicar. Además, soy muy estricto con la corrección de lo que escribo y hasta no considerar totalmente acabado dicho proceso no decido publicarlo. Luego, cuando leo mis libros, cosa que hago muy poco, luego de publicados, me doy cuenta de que podría haber corregido muchas cosas, pero ya es algo consumado, y así logro cerrar el ciclo. También esta distancia en el tiempo se debe a que ya hace muchos años decidí apartarme de los círculos literarios. Ya casi no frecuento ferias, presentaciones o actos literarios de cualquier tipo. Me cansé. Sobre todo, de la impostura. Prefiero compartir este impulso feroz a la literatura de otra forma. Más íntima. Más relajada.
—Parece detectarse un cambio de rumbo en los poemas. Son menos volcánicos, más reflexivos, pero siempre está el estilo lírico que se ve en tus anteriores poemas. ¿Fue consciente esa evolución en tu poesía o simplemente se fue dando?
—Puede ser. Tal vez yo mismo sea menos volcánico y más reflexivo. En cuanto a la lírica, creo firmemente que es la esencia de la poesía. La profundidad, la reflexión, la crítica, la emoción positiva o negativa, en el marco lírico se hace poesía. Si no, se queda en eso. En un mero discurso o en una mera afirmación. Los grandes poetas desde la propia exaltación hasta la más brutal denuncia, la han manifestado con belleza. No sé quién es el autor de la frase, pero comparto que la poesía es el género de resistencia contra la fealdad del mundo. Como lo es cualquier expresión artística. La esperanza que me queda en la especie es justamente esta, el ser humano es capaz de las mayores atrocidades, pero también, es capaz de crear belleza. Y esto se siente. Es difícil de explicar, pero se siente en todo el cuerpo. Hace muy poco, en Florencia, vi una exposición de Rothko. Si me preguntás si puedo racionalizar lo que vi, te digo que no. Si en cambio me preguntas lo que sentí, te digo conmoción. Belleza pura. La verdad, no creo en el deber ser en el arte. Creo en el ser.
—El corazón de los espejos se desarrolla a través de nada menos que 72 poemas numerados y parece que hubiera también un desarrollo argumental. ¿De qué hablan básicamente estos poemas?
—Es un libro que surgió de la depuración de cientos de textos que escribí en estos años. Te diría que es producto de mucha reflexión. Tiene un hilo argumental particular. Todo el libro está escrito en tercera persona del singular. Describo a un tercero. Lo que siente y piensa tanto de sí como de la realidad ese tercero, al que llamo “el Solitario”. Indudablemente, estoy hablando de mí, naturalmente, pero desde fuera de mí. Es como una especie de psicoanálisis. Y así abordo muchísimos temas. Desde el dolor, la injusticia, el intento de ruptura de lo vano, la mezquindad, el tedio, los mandatos de provincia, el amor, el asombro, la literatura, en fin, lo que me persigue y me desvela, y un poco también, lo que me calma.
—Tu obra es exclusivamente poética, pero destaca algo: publicaste tu primer libro a los 20 (Amores insepultos), con textos escritos en la adolescencia, y de pronto tu voz llamó la atención en el panorama literario mendocino. ¿Cuáles eran las búsquedas de entonces y cuáles son las de hoy a la hora de escribir?
—Sí, muy joven. Casi una irresponsabilidad. Las pocas veces que regreso a esos libros, veo lo verde que estaba. Muy pocas cosas rescato de aquellos impulsos. Pero siempre intenté hacerlo lo mejor que podía. Con trabajo. Casi ya no recuerdo cuales eran mis búsquedas de entonces, pero el amor, el desamor, la soledad, el cuestionamiento a un mundo desquiciado, la rebeldía, eran temas que estaban. Hoy esos temas persisten, pero con el matiz positivo y negativo que te trae el paso del tiempo. Hoy creo que lo que escribo tiene más que ver con una reflexión más profunda. En mi caso, creo que con los años me he vuelto más profundo.
—¿Cuáles considerarías que son tus influencias? En un tiempo, por lo que sé, fuiste muy devoto de Derek Walcott, pero seguramente hay más nombres en tu Olimpo …
—Muchísimos. Borges, César Vallejo, Neruda, la generación del 27, los poetas de la generación beat, Eliot (tremendo), Emily Dickinson, Juarroz, Cavafis, González Tuñón, Gelman, Ungaretti, Montale, Enrique Molina, Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, me encanta, Dylan Thomas, Rilke y tantos, tantos otros. De Mendoza, Fernando Lorenzo, Julio González, Raúl Silanes, Luis Villalba, Carlos Levy, José Luis Menéndez, Pedro Straniero y también los de mi generación. De los más jóvenes hay muchos que me gustan.
—¿Qué te parece el panorama de la poesía actual en Mendoza? ¿Tenés contacto con poetas?
—Tengo un contacto esporádico. Muy distinto a aquellos tiempos. En el poco contacto que tengo veo de todo. Cosas que me gustan mucho y otras no tanto. Pero siempre es una visión personal. Sí, como te decía antes, los años y lo andado me permiten reconocer lo bueno. Puede no gustarme o sí, pero sé casi instintivamente dónde la poesía existe. Es una sensación. Pero no me lo creas.
—Fuiste parte de Las Malas Lenguas, que agitó la movida literaria en los 80 en Mendoza, ¿qué tanto influyó en tu obra el integrar ese grupo?
—Recuerdo con mucho cariño esa etapa. El grupo lo integrábamos Patrica Rodón, Teny Alós, Rubén Valle, Luis Abrego y yo. Indudablemente agitó la movida literaria y fue un referente para los que vinieron. Como para nosotros lo fueron los poetas que publicaron un libro que se llama Sálvese quien pueda. Era una época vibrante, con una movida súper interesante en todos lados. Nosotros éramos muy jóvenes, y cada vez que organizábamos un recital, se llenaba de gente. Era impresionante. Y si bien cada uno tenía un estilo diferente, creo que lo que nos unía era la visión de la literatura, no como un pasatiempo, o un hobby, sino como una fuerza que nos encendía y nos desgarraba a la vez. Esta visión obviamente que influyó sobre mi obra. La poesía habitualmente es confundida con la cursilería. Escribir en versos no necesariamente es poesía. En realidad, yo no puedo definir qué es poesía. Lo que sí sé es reconocerla. La buena poesía conmociona. La buena poesía te deja temblando. Se siente en el pecho.
1
Escribe. Sin tener muy en claro su destino.
Ha trazado su estigma y lo persigue como una sombra.
La página es un océano baldío.
Una danza se bate sobre su cielo de almidón.
Balbucea. Se ilumina el sonido que nace
debajo de sus párpados.
Escribe. El velo se desgarra.
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4
Piensa. —Es mejor no pensar—. Piensa.
Es mejor sucumbir entre la niebla espesa
que amortigua los golpes y las develaciones
de los cuerpos desnudos.
Todo lo tiene por perder.
Se obstina, sin embargo, en descifrar los laberintos
y el corazón de los espejos.