El agua es el principal problema de Mendoza

El agua es el principal problema de Mendoza

El agua es sin duda el primer problema que debemos enfrentar en nuestra provincia, sea su uso para consumo humano, riego agrícola, uso industrial o recreación, porque en todos estos casos siempre la cuestión es la misma: su escasez.

La cantidad de agua de que disponemos es limitada y con tendencia a su reducción por el cambio climático. Quizás resulte ilustrativo relacionar el recurso escaso con la población que lo necesita, asunto que pocas veces se menciona.

Desde 1960 hasta ahora la población de la provincia pasó de 824.000 habitantes a 1.760.000, un crecimiento del 113% en poco más de 50 años. En ese lapso la población rural se redujo considerablemente y la inversa ocurrió con la población urbana.

Esto apareja un mayor consumo de agua por habitante por modificación de los hábitos y calidad de vida. Basta pensar en la cantidad de baños y duchas existentes en 1960 y en 2017. Los ríos de los cuales nos abastecemos siguen siendo los mismos.

Sabido es que el modo más importante para aumentar la cantidad de agua en geografías como la nuestra, es la construcción de embalses, guardando los excedentes que se producen en determinadas épocas del año, o años de mayor escurrimiento, para usarlos en otros momentos.

Es aquí donde se advierte un grave problema: los dos ríos del sur, Diamante y Atuel, cuentan con cuatro embalses de los seis que tiene la provincia. En tanto que sobre los ríos Tunuyán y Mendoza que abastecen a la mayor población sólo hay dos. La última obra de envergadura fue la construcción de Potrerillos hace dos décadas. Vale mencionar la elevación de cota de El Carrizal, realizada por Irrigación, que ha permitido recuperar parte de la capacidad perdida por embanque. Hay dos obras "en veremos": Portezuelo del Viento sobre el Atuel (en absurdo conflicto planteado por La Pampa), y Los Blancos sobre el Tunuyán.

Mendoza necesita más embalses, pronto, porque pensando a mediano plazo, unos 25 años, la crisis por falta de agua puede ser dramática.

En este sentido sorprende la diferencia de lo realizado por San Juan. En febrero de este año nuestro colega Diario de Cuyo informaba que "los cuatro diques de San Juan están a pleno después de siete años de sequía". Un funcionario dijo que "es la primera temporada hídrica en la historia de la provincia que se puede aprovechar para guardar agua en cuatro diques, y en gran volumen". Vale señalar que de esos cuatro diques tres han sido construidos en las últimas dos décadas y hay un quinto en construcción. A ello hay que agregar que nuestros vecinos están construyendo una gigantesca red de acueductos para agua potable que permitirán abastecer a casi el doble de la población actual.

Esta comparación muestra que la capacidad de gobierno y la capacidad técnica de San Juan ha estado bien por encima de nosotros, nos guste o no.

Mientras esperamos que los embalses lleguen, que no será mañana, hay que apuntar a un mejor uso del agua en todas sus aplicaciones, ya que son de sobra conocidas las ineficiencias. Esto no se modifica con palabras o con apelaciones a la buena voluntad sino que hay que entender las reglas de la acción colectiva, claramente expuestas en la conocida expresión: "Porqué voy ahorrar yo si me vecino no lo hace". La cuestión se arregla cobrando el agua que se consume, puesto que producir agua potable en Mendoza tiene costos altos. Hay que aplicar la tarifa medida pendiente desde hace 20 años, durante los cuales se perdieron millones de dólares en medidores que se colocaron y nunca se usaron. No es cierto que los pobres se quedarán sin agua, eso es demagogia. Hay sobrados conocimientos para aplicar subsidios y ahorrar agua. Los ejemplos de la energía eléctrica y el gas están a la vista.

En cuanto al riego agrícola hay que hacer lo mismo: cobrar por volumen, y esto de ningún modo es incompatible con el principio jurídico de la inherencia. Por otro lado es necesario que todos sepamos a ciencia cierta cuántas hectáreas se riegan actualmente y dónde está el agua de las más de 100.000 has que dejaron de cultivarse, incluidos los cientos de barrios cerrados.

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