Se acaban de cumplir 80 años del primer ataque con bomba atómica en un contexto bélico. Fue en la parte final de la Segunda Guerra Mundial, producido por Estados Unidos sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, arrasando con ella. Tres días después, la aviación norteamericana lanzó otra poderosa bomba nuclear sobre la ciudad de Nagasaki con el mismo efecto.
El saldo estimado de víctimas civiles en aquellos bombardeos habría superado largamente las 200.000 personas. Una catástrofe que para una buena parte de la humanidad aún no tiene explicación, más allá del de la estrategia elegida por EEUU para lograr el desenlace de la mayor contienda bélica de la historia mediante la rendición incondicional de Japón.
Fueron los únicos momentos de utilización de armamento atómico en conflictos entre países, pero dieron paso a una carrera nuclear que generó un clima de tensión durante décadas y que aun en nuestros días mantiene en vilo al mundo entero.
Son muchos los analistas de los conflictos internacionales actuales que consideran que en nuestro tiempo el riesgo por el uso de armas nucleares es, lógicamente, mucho mayor que el que causaron aquellos sorpresivos y desmesurados ataques sobre ciudades japonesas.
Es que conflictos como el que Rusia mantiene para tomar para su dominio territorios de Ucrania, o la siempre vigente tensión en Medio Oriente conducen a un cuadro de temor constante por el posible uso de armas de destrucción capaces de dejar efectos muchas veces superiores a los de la tragedia japonesa de hace ocho décadas.
El reciente enfrentamiento denominado de los Doce Días entre Israel e Irán se muestra como la antesala de lo que un choque armado entre potencias con uso de armas letales a mayor escala es capaz de concretar. Y fue necesaria la participación de Estados Unidos para condicionar con un ataque considerado quirúrgico el camino hacia la concreción de armamento nuclear por parte del régimen iraní. Sin embargo, nada está resuelto y las posibilidades de una contienda de peso siempre se mantienen.
Justamente el dramático conflicto en territorio ucraniano, generado por las ambiciones de expansión del gobierno de Putin a raíz de la pretensión de Ucrania de acercarse más a Occidente, llevaron a otro pico de tensión que ahora se busca aliviar por la vía diplomática.
En efecto, fue el presidente Trump el que encendió la mecha al anunciar el despliegue de dos submarinos nucleares como respuesta a una supuesta amenaza de Rusia hacia Europa. La reacción del Kremlin a los movimientos estadounidenses no fue lenta y para nada alentadora y sonó más que nada como advertencia: “En una guerra nuclear no puede haber vencedores. Este es, seguramente, el principal postulado por el que nos guiamos”, sostuvo el portavoz presidencial ruso.
El riesgo que amenaza a la población mundial desde aquel dramático ataque sobre Hiroshima obliga en estos tensos tiempos a la comunidad internacional a esforzarse por intentar hacer prevalecer la vía diplomática y del diálogo civilizado como mecanismo para solucionar las desinteligencias imperantes entre las grandes potencias. Así lo impone la amenaza latente de la carrera nuclear.