Godoy Cruz resistió en la tormenta, estuvo contra las cuerdas y sufrió, pero no se rindió jamás. Así reaccionan los colosos. Así luchan los campeones.
¡Qué triunfo, Expreso! ¡Qué desahogo monumental! Godoy Cruz está a solo un paso de recuperar su lugar sagrado en la máxima categoría del fútbol argentino. Ese sitio que construyó con la grandeza de su juego, coraje inquebrantable, proyectos serios y un sentido de pertenencia único, alimentado desde siempre por la fuerza inagotable de su propio semillero. El Tomba es de Primera por historia y por alma. Falta la batalla final, pero este triunfo se rugió y se lloró como un título.
Aquellos mismos hinchas que hace un año masticaban bronca y desconsuelo ante Deportivo Riestra, hoy sienten cómo el corazón se les sale del pecho. Godoy Cruz se adueñó de la Zona A a pura guapeza y convicción. Jamás tiró la toalla. Tuvo la templanza para golpear el tablero y cambiar de aire en el momento exacto. Resistió en la tormenta, estuvo contra las cuerdas y sufrió, pero no se rindió jamás. Así reaccionan los colosos. Así luchan los verdaderos campeones.
Había que esperar un milagro y el destino, en esta oportunidad, se vistió de Bodeguero
El destino exigía la épica perfecta: ganar en la última fecha y esperar el milagro entre Ferro y Acassuso. Mientras el Verde quedaba atrapado en el 0-0, el Tomba acariciaba la gloria con el 1-0. Pero este camino no sabe de sobriedad: a los 90 minutos cayó la puñalada del 1-1. ¿Cuánto más tenía que sufrir el hincha? Un minuto después, la justicia divina, esa que le había sido esquiva un año atrás, le iluminó el horizonte. Apareció el capitán, el mismo que había masticado el trago amargo de un penal errado, para clavar un golazo inmortal que desató la locura.
Asalto final, cima del torneo y una hazaña inolvidable. Es momento de abrazarse, copar la plaza y gritar en familia. El Tomba de los milagros resurgió entre el fuego y quedó a solo noventa minutos de volver al lugar del que nunca debió salir. Épico. Legendario. Eterno.