En el acta de fundación de Mendoza, consta que Don Pedro del Castillo, decidido a fundar la ciudad y establecer su cabildo por mandato de don García Hurtado de Mendoza, escogió a San Pedro como patrón y abogado y dispuso que esta advocación fuera venerada en la iglesia mayor. No se sabe cuándo ni por porqué Santiago Apóstol lo reemplazó en la devoción mendocina. La doctora Ana Castro enfatiza la pérdida de las actas capitulares correspondientes a los cinco primeros años de vida de la naciente fundación.
Sea como sea, San Pedro pronto desapareció del patronazgo local, y ya desde los primeros años de la ciudad, el santo que aparece como patrono es Santiago. El cambio de “santo protector” puede tener varias explicaciones en el plano de las conjeturas: en primer lugar, la precariedad de la vida religiosa, que no permitió la consolidación de San Pedro como patrón protector; además, Santiago era el Patrono de España y su caballería, y un santo más al gusto de los conquistadores ibéricos de entonces. Santiago representaba un guerrero místico (“el matamoros”) que por su carácter impetuoso era conocido como “Hijo del Trueno”. La imagen que llegó a Mendoza en 1600 así lo muestra: sobre un caballo, empuñando una espada y con dos musulmanes a sus pies.
Otra apostilla curiosa acerca de los patronazgos mendocinos es la que recuerda Gloria López (“Mendoza y sus ‘Santos Patronos’”, Los Andes, 26 de julio 2021): “A comienzos del siglo XVIII, el Dr. Juan Antonio de Leyva y Sepúlveda, cura y vicario foráneo de Cuyo, movido por la necesidad de dilucidar cuál era el Patrón Menor o de Segundo Voto de la ciudad, llevó a cabo una investigación ‘juramentada’ entre los habitantes más ancianos y distinguidos de la ciudad”. De la compulsa surgió un nombre que hoy la mayoría de los mendocinos ignora: san Lupo, obispo de la ciudad de Troyes, en Galia Franca, que participó en la lucha contra la herejía pelagiana en Inglaterra.
Santiago apóstol es venerado a lo largo y ancho de la península ibérica y también de América. Algo similar ocurre en muchos pueblos de nuestro país: por ejemplo, Héctor Tizón hace de esta celebración en honor de “San Santiago”, el centro de la acción de su novela Fuego en Casabindo.
En muchos de los sitios donde es venerado, se lo considera protector ante las catástrofes naturales y como tal está largamente presente en la literatura de Mendoza.
En cuanto a la celebración de su festividad, también encontramos coloridas descripciones. Así por ejemplo, Magdalena Liliana Greco, en su novela histórica Por las cuentas del rosario (2017), se refiere a esta festividad en los tiempos de San Martín como Gobernador Intendente de Cuyo: “Es la fiesta más importante de la ciudad […] Santiago […] Nos cuida de los terremotos y nos recuerda al rey. Se hace una gran procesión y viene el obispo. La fiesta de Santiago se consagró hace mucho tiempo. En la víspera, el alférez real prestaba juramento y creo que en 1575 se lo nombró patrono y abogado de la ciudad […]” (36).
También Carlos Alberto Arroyo, en su novela Políticos enloquecidos (1959), con un dejo irónico muestra su pervivencia a comienzos del siglo XX: “Mendoza festejaba el 25 de julio el día de Santiago, Patrono de la provincia, con un solemne oficio religioso y una gran procesión por la tarde. Era admitido por la gente crédula que si el acto vespertino debía suspenderse por una inoportuna lluvia o un viento huracanado, no pasaría la fecha sin que temblase; se tenía memoria de casos que confirmaban tal aseveración. Desde el alba se observaban las nubes y la diafanidad de la atmósfera […]” (p. 171).