26 de septiembre de 2026 - 19:17

Claudio Rosales, el poeta de "Las Heras", gira su antena captadora de voces y entrega "Ocho relatos lasherenses"

El escritor nacido en Chacras habla sobre su primera incursión en la narrativa, un “libro blanco” de relatos tan breves como contundentes. Cuentan cómo surgió la idea de escribir sobre un territorio físico que también es espiritual y político. Itinerarios del autor y su obra.

Conocido en el ambiente de la poesía, sobre todo por su libro Las Heras, el poeta y editor Claudio C. Rosales (Chacras de Coria, Luján, 1972) publicó en los últimos tiempos una breve y muy interesante colección de cuentos, Ocho relatos lasherenses (Camusu ediciones), que lo muestran como un sólido narrador, con una voz tan personal como la que caracteriza su obra poética, aunque muy distinta u opuesta, claro, pero con un tono y un tempo cuya armonía le otorga una lograda unidad.

En Las Heras –en el libro Las Heras, y por extensión en la particular poética del autor–, Rosales tiene, entre otros talentos, la particularidad de transformarse en una suerte de antena parabólica direccionada a captar algunas voces, algunos ámbitos; un particular espacio donde se desarrollan vidas silenciadas, veladas, dislocadas, que ofrecen formas de decir descentradas, medios tonos, retazos, fraseos: lenguaje en expansión. (Tal vez por eso Pablo Grasso definió al libro como “ese asteroide en constante expansión”).

Y en ese decir marginal (no hablo de marginalidad social sino textual) cobran sentido y materialidad (o mejor, musicalidad) esas voces que surgen a modo de fantasmas solistas de un coro que pulula por la geografía elegida: las barriadas lasherinas, una Las Heras profunda, fuera del folclore y el lugar común.

 Bernardo Orge  y los poetas Claudio Rosales y Daniel Helder en el Festival de Poesía de Rosario. Gentileza.

Bernardo Orge y los poetas Claudio Rosales y Daniel Helder en el Festival de Poesía de Rosario. Gentileza.

Si la poesía de Rosales se atrinchera en la fragmentación de discursos para buscar resquicios en un lenguaje a veces críptico, a veces revelador o político, ahora en fase narrador, el autor parece llegar por otros caminos a los mismos resultados: iluminar un presente y, de existir algo como la realidad (en este caso una zona llamada Las Heras), echar luz sobre ese espacio con su arma preferida: el lenguaje.

En una breve nota introductoria a Ocho relatos lasherenses, Rosales postula un puñado de ideas que materializa en el libro: sí a situaciones cotidianas y reales; sí a personajes jóvenes (porque sólo en la juventud puede haber “inocencia, solidaridad y belleza”); y, en una etapa de revisión, postula prescindir de tics de falsa vanguardia, sencillismos regionalistas y “patetismos autobiográficos”. Y en una época donde todo discurso es gastado y endeble, una declaración de principios (poéticos) no es poca cosa.

El libro blanco de Rosales

Pero vamos al texto: en el relato que abre las historias lasherenses, Ir lejos, los personajes son dos adolescentes: Sofi, la narradora, una joven que si no sale de casa se dedica a dormir, y Mariel, una chica de la que “se dicen cosas en el barrio”. Se han hecho amigas de pequeñas y luego se han distanciado, y en el relato vuelven a encontrarse. Con dos anécdotas realistas y no por ello menos sorprendentes, Rosales sostiene la trama de una historia que se resuelve como viaje o aventura o reencuentro.

En A veces es algo, el narrador “habla” como si escribiera, como si estuviera casi redactando un texto escolar, una historia de familias que se van desintegrando por la enfermedad, el delito y la vida misma, ante la mirada quirúrgicamente inocente del personaje principal.

Ocho relatos Lasherenses, libro de Claudio Rosales. Foto: Marcelo Rolland. Los Andes

Ocho relatos Lasherenses, libro de Claudio Rosales. Foto: Marcelo Rolland. Los Andes

En cambio, en Cumpleaños, Rosales juega con la idea del doble a través de un chico que observa –con cierta distancia imparcial– la vida de su imparable tía y de un amigo, ambos escritores amateurs, ambos trabajadores sin muchas perspectivas.

Hay en Ocho relatos lasherenses un tono general que va desarrollando las historias; hay personajes que buscan una salida y otros que miran la vida con cierto desapego; hay frases que definen con precisión una acción. No hay en su construcción modismos ni color local: es la vida de los jóvenes en su estado natural, desprotegidos, desangelados, vivos, captados hábilmente por la sensibilidad del escritor.

Los cuentos son breves pero alejados del minimalismo. Pero la economía manda y la precisión define: “detrás de los lentecitos sus ojos parecían dos agujeros de bala sobre una lata”, dice el escritor al definir un personaje en A veces es algo; y en Invierno, 1997: “la casa olía a gato y perro, pero ellos no tenían mascotas”; “ella cuenta que su papá, para que no salga a la calle, le esconde las zapatillas”, se lee en el relato La parte por el todo.

El autor define a la obra como su “libro blanco”, pero son narraciones de doble fondo, sin bajadas de línea ni folclore regional. Están las historias falsamente simples y, como en todo buen cuento, lo que no se dice: instantáneas urgentes de un aquí y un ahora, de una Las Heras profunda que se puede refractar en cualquier barriada del extrarradio del Gran Mendoza.

En definitiva, es Rosales, es de nuevo Rosales, otro Rosales que ha redireccionado la parabólica de Las Heras para componer Ocho relatos lasherenses.

La relación entre los versos de Las Heras y las narraciones lasherenses fue el “pretexto imperfecto” para hablar con este escritor que, paradojas de la vida, nació en Chacras y ahora reside en Guaymallén. La charla se registró una tarde de septiembre en un café cercano a Las Heras (la calle).

De Chacras a Las Heras, la aventura de la lectura

—Tu libro de poemas Las Heras ha quedado un poco como un texto de referencia para muchos, ¿no?

—Bueno… a mí me parece extrañísimo, porque jamás tuve esa intención de buscar, viste esto de que te dicen “ah bueno, buscó un territorio”.

—Ah, como una zona tipo Saer.

—Claro, jamás fue una idea de decir: "Sí, me voy a poner acá, en este lugar, y voy a...".

—¿Vos, de hecho, no sos de Las Heras?

—No, viví en Las Heras mucho tiempo. Pero mi infancia fue en Chacras, porque mis abuelos son de Chacras. El peronismo me viene de ahí también. Hice toda mi primaria en el (colegio) Teresa O'Connor (de Chacras, Luján). Y después nos mudamos al barrio Municipal, a los, no sé, 13, 14 años. Jamás me dejé llevar por las cosas que dicen de Las Heras.

—Siempre hubo (y hay) como un ninguneo, un desprecio por la gente de Las Heras.

—Sí, sí. Ni tampoco lo hice por pararme de ese lado, digo contra lo que se dice. Yo vivía en el barrio Municipal, eso es todo lo que había en ese momento por ahí, no estaban los barrios de ahora.

—O sea, era salir de la casa y el piedemonte ahí.

Las Heras, libro de Claudio Rosales. Foto: Marcelo Rolland. Los Andes

Las Heras, libro de Claudio Rosales. Foto: Marcelo Rolland. Los Andes

—Tal cual. O te ibas para abajo, para la parte de Las Heras centro, cruzabas un zanjón, después había una villa. Lo de Las Heras (el título) sale así: te lo voy a decir a vos: un día va un amigo a mi casa. Hablando tonteras, tomando una cerveza, tenía un montón de cuadernos (con poemas) ahí, en la mesa. "¿Qué hago con todo esto?", le digo. "Qué sé yo, ponele Las Heras", me dice. Así, entonces agarré y le puse un rótulo: Las Heras.

—¿Pero no fue tu primer libro Las Heras?

—No, no. El primer libro es del 97. Pero antes, cuando vivía en Chacras, tenía un amigo que era poeta. Hay un cuento ahí, un relato que medio como que lo evoco. Se llama Leo. En mi casa había revistas, mi tía leía algún libro, mi abuelo compraba Los Andes, pero en la casa de Leo había una biblioteca. Y compraban el diario, El Diario de Poesía.

—¡Ah, bueno! Y ahí descubriste otro mundo. Qué loca esa época, uno pasaba por los quioscos del centro para ver si había llegado el último número del Diario de Poesía…

—Sí, era así. Ahí descubrí cosas, un montonazo de cosas. Tenía 12, 13 años, un poquito más. Fueron muy buenos esos años porque hablábamos mucho de fútbol, jugábamos a la pelota los dos, como todos los pibes, ¿viste? Pero él tenía una particularidad: escribía. Él fue el primero que me hizo leer a (Néstor) Perlongher. Había comprado Alambres. El padre leía mucho, ¿viste? Y bueno, nada, ahí inmediatamente me lo hizo leer...

—¡Te quebró la cabeza!

—¡Me quebró la cabeza!

—O sea que vos ya te fuiste a Las Heras teniendo ese bagaje de lectura.

—Sí. Me acuerdo de un episodio. Apenas me había cambiado, me roban. ¿Viste que te decía que había una villa? Y yo venía con una mochilita, y llevaba el libro ese de Perlongher y los lentes. Yo uso lentes desde los 8 años. Entonces me viene a robar un pibito, bueno, nada, me pone un cuchillo, me dice: "¡Las zapatillas, las zapatillas!". "No, pará, pará", le digo, "¡dame que están los lentes en la mochila!". Me tira los lentes y se va. Lo conocía al pibe, era amigo de otro loco. Voy al hermano y le digo: "Che, ¡decile a tu hermano que me devuelva el libro, loco!". De verdad: lo tengo en casa todavía.

—Un delirio.

—¡Cómo me pueden pasar esas boludeces! Y después me causa mucha gracia hablarte de Perlongher porque, ¿viste que Perlongher tiene como una identificación muy grande con las cuestiones de género?

—Sí, claro.

—Jamás yo lo leí como un autor de género. En ningún momento. (Pablo) Grasso, a quien conocí muchos años después, me hablaba de Perlongher así. Yo le decía: "Pero es que yo no lo leo a él de esa manera. Ni siquiera lo leo como lo lee la crítica marxista".

—Vos hiciste tu propia lectura.

 El escritor Claudio Rosales. Gentileza.

El escritor Claudio Rosales. Gentileza.

—A mí me parecía “el poeta”, me parecía redifícil de imitar, incluso. Vos leés, qué sé yo, (Fabián) Casas y decís: "Bueno, va por acá". Pero yo tenía una información recortada, porque no conocía a los Lamborghini. Pero el primer poeta que a mí me rompe la cabeza a ese nivel fue Perlongher.

—Más toda la apertura del Diario.

—Claro, toda la poesía que conocí de ahí. Que tampoco tenía... Estaba esta guerrita entre los que se decían objetivistas y los que se decían neobarrocos. Superada hace un montón de tiempo, pero en ese momento había como una cosa interesante ahí.

—OK, hay todo un itinerario en lo que me contás, pero volvamos a Las Heras, el libro.

—Bueno, va mi amigo y me dice: "Ponele Las Heras a eso". Como en el año 2003. Yo ya había publicado tres libros. Presentar los libros para mí era rarísimo. Todo esto fue idea de Ramiro. Ramiro era el que decía: "Vamos a salir, hay un café ahí...". Armó toda la movida con Bichobolita, las presentaciones, incluir música, eso de leer con tipos que tocaran el bajo o con jazz, ¿viste?

—¿Y Las Heras?

—Perdón, eso fue con el Leo Pedra: él había ido a Buenos Aires, no sé a qué sorcho, y se encontró con que había un grupito de pibas que eran Belleza y Felicidad haciendo unos libritos así chiquitos, ¿viste? Muy elementales, con cartulina pero muy cuidados. Entonces me dice Leo: "Hagámoslo así". Teníamos cartulina, teníamos papel, compramos una impresora, pum, pum. Entonces sacamos esa edición que vos tenés de Las Heras, el chiquito. Y el Leo hizo Nunca fui tan feliz como cuando era dark, un poemario de él que está muy bueno.

“Es un libro de inocencia, es un libro blanco”

—¿Y cómo surgen los textos de Ocho relatos lasherenses?

—En el libro se explica un poco. Está escrito en una temporada, que fue los primeros meses de la pandemia. De algunos tenía una estructura previa, un bocetito de algo... Entonces los empecé a engordar, vamos a decir. Empecé a meter cosas o a sacarle, ¿viste? Pero fue en esa temporadita. Yo tengo la costumbre de hacer siempre una impresión; los junté en una carpetita y lo dejé ahí. Después se los di a leer a mi mujer. Le dije: «Fíjate qué te parecen». Ella me hizo algunos comentarios, sintaxis, gramática. Es muy buena lectora: me hizo buenos comentarios acerca de los relatos en sí. Y nada, busqué un lugar donde imprimirlo. Fui a la editorial Inca. Es muy profesional la gente de ahí. Me dejaron trabajar con ellos en el armado. Me sentí muy cómodo. Yo ya no quería hacer ese trabajo más. Y me parecía que, si era el primero, debía dejar claro eso, que quedara bien, que se leyera bien.

—¿Referencias?

libros de poesía de Claudio Rosales. Foto: Marcelo Rolland. Los Andes

libros de poesía de Claudio Rosales. Foto: Marcelo Rolland. Los Andes

—Siempre tengo a Glosa de Saer, y cuando empecé a escribir esto, creo que, más que nada, me gustó esa atmósfera que tiene Saer, ¿viste? Podría haber hablado de cosas un poquito más marginales, si querés. Pero es un libro de inocencia. Es un libro blanco... Está por ahí (como referencia) Álvaro Yunque. Está también Dylan Thomas. Entonces traté de que las historias fueran de gente joven, como de iniciación. Son todos jóvenes.

—Yo veo el libro como falsamente simple, con un montón de elementos para analizar.

—Fui buscando el oficio. Me fui como diciendo: «Bueno, es por acá». Internamente venía discutiéndome eso: cuando viene alguien, se presenta y te tira todo el cliché, «yo leí esto y esto...». Entonces vos decís: «Bueno, si todos leemos lo mismo, ¿por qué escribís así vos y por qué escribo así yo, si tenemos las mismas cosas?». Entonces me parece que en este libro hay como un sinceramiento: yo me quise sincerar conmigo mismo.

—¿Y por qué le pusiste Ocho relatos lasherenses después de Las Heras?

—Bueno, no es que quise comprarme un lote en Las Heras ni tampoco busqué que Las Heras fuera, no sé, Santa María (la ciudad de Onetti).

—Es Las Heras, pero los relatos podrían transcurrir en Guaymallén o Godoy Cruz.

—Está bueno eso que me decís porque es verdad. Por eso son blancos. Es como la Iglesia: siempre va a estar la doctrina (risas). Ya estoy veterano, escribo hace un montón de años. Si voy a estar con la misma historia de siempre, ¿viste?

—¿Y cuál es la relación entre Las Heras y los relatos lasherenses?

—Y el espacio. Es Las Heras para mí.

—¿Es un espacio mental, un espacio espiritual?

—Claro, sí, sí. Por eso te digo, no es un territorio... yo no lo puedo pensar así, sino simplemente ocurre ahí.

—Estás vos, escritor, en tu casa. Después lo que pasa con el libro es otra cosa.

—Y pasa esto: que a veces en ciertos lugares lo leen y, si les produce distintos efectos, buenísimo. Ese sería como el círculo, ¿no?

—A mí me interesó mucho la caja de herramientas, que es otra, distinta, sin ningún tic de la poesía...

—Porque la herramienta es la cabeza, la mente del escritor, eh... y podés hacer compartimentos. Podés hacer una partición, y una parte es poética y la otra partición es narrativa.

—¿Y el título cómo surgió?

—El título se acomodó. Yo tengo escrita otra serie de relatos que se llaman Leyendas underground. Los escribí antes de Bichobolita. Tiene números, no tiene título y están en una carpeta. Bueno, yo creo que con esto también. Creo que le puse Relatos lasherenses a una carpeta y los fui metiendo ahí, ta, ta, ta. No tengo un plan, ¿viste? No tengo una programática. No estoy haciendo militancia para algo.

—¿Te sentís cómodo en la narrativa?

—Claro, sí. Tengo absolutamente el control de cuándo quiero terminarlo, por eso son cortos. Y no quiero escribir algo que sea de una carilla, quiero que sea por lo menos de cuatro carillas para que sea un relato.

¿Autoexplotación de autor?

Claudio Rosales ha publicado en poesía: Satori (1997), Corner (2005), Wachi (2013), Los poemas de Tecnotronic (2016), Las Heras y otros poemas (última edición de su libro más conocido, en 2020) y Mixed (2023), primer volumen de una trilogía llamada La terrible armonía.

El año pasado fue invitado a participar del Festival Internacional de Poesía de Rosario. Sobre esta experiencia habló en la última parte de una entrevista que se realizó en un café cercano, como no podía ser de otra forma, a Las Heras (la calle). “Fue en noviembre del año pasado. Creo que el festival tiene como treinta y pico de años. Muy importante, lo organiza el poeta Daniel García Helder. Le hicieron un homenaje en el festival a Daniel Samoilovich. Los dos fueron unos de los fundadores del Diario de Poesía”, dice.

—¿Y vos qué leíste? ¿Cómo fue la experiencia?

—Bien, bien. Yo leí mis cosas dos veces una noche, con otros poetas. Y después me invitaron a hablar de ediciones artesanales y revistas. Yo era el más grande, creo. Todos pibes. Y bueno, cada uno con sus experiencias.

Claudio Rosales en el Festival Internacional de Poesía de Rosario. Gentileza

Claudio Rosales en el Festival Internacional de Poesía de Rosario. Gentileza

—Sigue siendo una herramienta importante la edición artesanal en la poesía, ¿no?

—Yo estoy en una revisión de esa idea. Me parece que en un momento fue una salida, está bueno, incluso me parece una experiencia fundamental para los jóvenes. Pero ya se convirtió en una especie de autoexplotación. Hay que hacer cierta cantidad de libritos, lleva mucho tiempo, porque lo tenés que escribir primero, lo tenés que diseñar... Yo estoy como repensando ese tipo de edición ahora.

—¿Por qué?

—Toda la actividad editorial la ubico en un sector que sería como artístico. Ahora está como muy puesto de manifiesto, políticamente, la cuestión de la autogestión. Y en verdad eso es por una falta de profesionalismo en algunos ámbitos, y deja de generar profesionales. Lo he estado pensando mucho; yo he hecho de eso una práctica, ¿entendés? Incluso he tenido un discurso a favor. Y después llegás a una especie de autoexplotación. Creo que cada artista debe hacer lo suyo: que el poeta haga los poemas, que el diseñador diseñe, que el fotógrafo haga la foto, que la tapa la haga un artista... ¿Está mal pensar así? Mirá que yo he tenido incluso un discurso siempre a favor de la edición artesanal.

—Y la has practicado.

—Sí, sí, claro. Cuando yo empecé a hacer estas prácticas de autoedición, había conocido a Ramiro Tapiz, que venía de trabajar en algunas revistas. Él hacía serigrafía, conocía el arte de la serigrafía y escribía además. Entonces dijo: "Bueno, aprendamos todos a hacer serigrafía y hacemos revistas más rápido".

—Es difícil en Mendoza, donde no tenemos, como en Córdoba o como en Rosario tantas editoriales profesionales, que duren en el tiempo, que trabajen con un concepto editorial serio y sostenido.

—Claro. Claro. Por eso te digo, la experiencia mía y de algunos conocidos en Carbónico Ediciones o las revistas Bichobolita (https://ahira.com.ar/revistas/bichobolita/) o La Leónida era así: diseñábamos, escribíamos, publicábamos, bueno... Y le sacábamos tiempo a todos los escritores. Lo hacíamos sin esperar retribución porque lo que vendíamos era nada, no había distribución. Sirvió en un momento. Sirvió mucho, porque la poesía argentina no sería lo que es si no hubiesen aparecido todas esas editoriales que explotaron en el 2003. La Cartonera estaba en todo el país.

—Había Cartoneritas por todos lados.

Revista Bichobolita.

Revista Bichobolita.

—Pero llegó un momento en que fue algo hasta ridículo, ¿viste? Con un sachet al revés y con dos fotocopias cosidas se hacía un libro, era ridículo. No podés, de verdad. Y pretender venderlo. "Yo hago esto y te digo: 'Tomá, compramelo'".

—¿Y cómo ves la situación del escritor en Mendoza?

—He leído muchas vidas de escritores. Otros leerán vidas de santos, yo he leído vidas de escritores. Sus experiencias, sus técnicas. Cuando trabajé en la hemeroteca de la (biblioteca) San Martín, leí muchos reportajes a escritores, y generalmente contaban cómo escribir. A mí nadie me pide escribir, ni nadie me va a ofrecer un contrato. Por eso digo que yo soy un autor “entusiasta”. Y también está la realidad: yo trabajo de bibliotecario. Soy archivista, bibliotecario. Es así como me gano el morfi y tengo para pagar este café. Pero como escritor, bueno, ahí me parece que hay una cuestión que yo me la vengo planteando y creo que siempre lo he dicho. Soy una persona que tiene cierta moral. Porque nadie te va a dar un título de escritor o un título de poeta. Pero tenés que ser consecuente con lo que hacés. No podés ser pretencioso o falsamente humilde o intelectual, o hacerte el manyín (risas).

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