Ni Bukele ni Maduro

Es falsa, simplista y anacrónica la opción entre izquierdas y derechas que se pretende instalar desde el gobierno. Hoy la opción es entre democracia y autocracia, aquí y en gran parte de Occidente. Optar entre un Bukele y un Maduro es ridículo, son dos versiones de proyectos que ofenden a la dignidad y la libertad de las personas.

Cuando el 10 de junio de 1940 desde los balcones del Palazzo de la Piazza Venecia Mussolini anunció a la multitud allí reunida que Italia le declaraba la guerra a Francia y a Gran Bretaña dijo que lo hacía a “las democracias”. Estaba claro en el lenguaje del fascismo italiano, el nazismo alemán o el falangismo español que eran enemigos de la democracia.

La definición mussoliniana de “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”, proponía un sistema en que el Estado debía controlar todos los aspectos de la vida social, política y económica, sin permitir la existencia de fuerzas opositoras o independientes que puedan plantear disidencias y desafíos para la autoridad del Estado. Es decir, lealtad a un líder y negación de toda posibilidad de alternativa y de pluralismo. La negación de la libertad.

Todo dentro del Estado es proponer que debe abarcar y controlar todos los aspectos de la vida nacional, los políticos, los económicos, la cultura, la sociedad. “Nada fuera del estado” es negar la posibilidad de asociaciones, instituciones, agrupaciones o simplemente individuos que pretendan vivir, trabajar, capacitarse, pensar, escribir, fuera del control estatal y sobre todo pretenden evitar desafíos a la autoridad. De ahí la frase ¨nada contra el Estado", ya que como en esta concepción el Estado es la encarnación de la voluntad nacional y la autoridad legítima, no se permite ninguna oposición.

El fascismo siempre utiliza discursos hablando de enemigos internos o externos que atentan, conspiran contra la grandeza nacional, la seguridad y la identidad nacional, la tradición, explotando los miedos y ansiedades de la población, la inseguridad económica, las amenazas externas, buscando que la gente acepte el autoritarismo y la jefatura de profetas y redentores.

Ahora bien, estos personajes que llevaron al mundo a una guerra que costó entre 70 a 85 millones de muertos y una enorme destrucción material, nunca ocultaron que eran totalitarios, que desdeñaban la democracia.

Después de la guerra ya vimos que algunos regímenes, como el franquismo español viraba del falangismo a autocalificarse como “democracia funcional”, así como regímenes instalados en Europa Oriental bajo tutela de la URSS se asumían como “democracias populares”. Una verdadera Torre de Babel de confusión en el significado de las palabras y de los conceptos.

En 1940, Thomas Mann, que se había exiliado en 1933 de su patria al llegar al poder Hitler, escribía dando por hecho que los fascismos iban a ser derrotados como lo fueron: “El fascismo puede volver en nombre de la libertad”. En los tiempos que corren parece que el autor de “Muerte en Venecia”, se anticipó a la crisis que soporta Occidente con los ataques desde adentro y de afuera a la democracia liberal en nombre de la libertad.

Thomas Mann fue un defensor de la libertad y la democracia advirtiendo, como lo hace en su obra, de la importancia de estar atentos ante discursos que disimulan afectar las libertades civiles y políticas e instaurar regímenes autocráticos, empleando un lenguaje rupturista y invocando a la libertad.

Hemos visto en Europa y en nuestra región como con un discurso presuntamente liberal se llega al poder y de inmediato se inicia un proceso de erosión de las instituciones que limitan el poder.

La división de poderes es cuestionada por los populismos, con déficit o con superávit fiscal. Cristina Fernández la cuestionó como una antigualla de la revolución francesa; en realidad es aún muy anterior a esa revolución. Y desde el populismo que gobierna ahora, donde se exige lealtad absoluta a una "jefa" que no fue votada, también se cuestiona tanto al Congreso como al poder Judicial como hemos visto en las desafortunadas declaraciones del señor Sturzenegger de estudiar cómo hizo la revolución francesa para terminar con los jueces heredados de la monarquía.

Cuando un gobernante simpatiza con los falangistas de VOX o el aliado de Putin, el gobernante de Hungría que pretende instalar una dictadura, hay señales peligrosas sobre las intenciones de ese gobernante en respetar las instituciones republicanas liberales.

Por lo pronto hemos visto un retroceso en estos días con el cierre de listas en la provincia de Buenos Aires para los comicios provinciales, en la que la supresión de las PASO nos hizo retroceder a los tiempos que en dos o tres en un escritorio confeccionaba la lista de candidatos. Un retroceso en la calidad democrática preocupante.

Como lo es esa falsa, simplista y anacrónica opción entre izquierdas y derechas que se pretende instalar desde el gobierno. Hoy la opción es entre democracia y autocracia, aquí y en gran parte de Occidente. Optar entre un Bukele y un Maduro es ridículo, son dos versiones de proyectos que ofenden a la dignidad y la libertad de las personas.

Como decía en la cámara de los comunes Winston Churchill durante la guerra civil española: “Ninguno de los dos bandos merece nuestra ayuda”.

* El autor es presidente de la Academia Argentina de la Historia.

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