19 de julio de 2025 - 00:00

Los estragos del tiempo: el olvido

Siguiendo la regla de mi bisabuelo gallego que era analfabeto pero muy sabio, no se muere hasta el momento en que nadie te recuerda, pues el recuerdo evita uno de los estragos del tiempo: el olvido.

Era un atardecer gélido de enero de hace años en Nueva York, cuando estábamos con otro lujanino emigrante compartiendo sensaciones acerca del desarraigo de nuestra tierra.

Él estaba más afincado que yo en esas tierras. Mi melancolía era profunda y los demás la percibían. De pronto me preguntó que si lo que extrañaba era mi familia. Y yo sabía que no, pero quedaba un poco mal decir que no. Le contesté que familia y amigos no eran el problema, pero tampoco podía decir exactamente qué era. Porque era algo que sentía, pero no descubría su origen. Le dije: extraño el pueblo, extraño la gente. Y él súbitamente lanzó: extrañás al “Pimiento Morrón”. ¡Eso! Contesté con la misma vehemencia que hubiera tenido con una epifanía. Hasta aquí la anécdota con mi amigo. Yo volví. Él se quedó para siempre.

De aquí parto para recordar dos personajes olvidados de mi pueblo pero que en mi niñez constituyeron el paisaje habitual de mis días.

El “Pimiento Morrón” era el lustrabotas de la plaza. Siempre se sentaba en el mismo lugar, día tras día. No sé su nombre de pila. Se le decía así porque tenía la nariz grande y colorada como un pimiento morrón. El color rojo era producto de su alcoholismo. Así decían los grandes. Yo nunca lo vi borracho cuando trabajaba.

Seguramente ahogaba sus penas en alcohol en la noche.

Si uno iba a la plaza en su imaginario tenía la presencia de él como parte esencial del lugar. Estaba en el inventario de la plaza, pero era humano.

Respetuoso como ninguno. Jamás le escuché decir alguna grosería. Saludaba como un caballero, aunque fuera una niña la que pasaba.

No sé si tuvo descendientes. Pero yo no lo olvido.

Recuerdo también al “Pancho” Brondo.

El “Pancho” era un hombre joven afectado con una debilidad mental severa. Posiblemente haya sido una parálisis cerebral producida al momento de su nacimiento.

Su familia vivía muy cerca de la mía. El “Pancho” pasaba con sus movimientos espásticos, no coordinados, cargando siempre una bolsa de maderas o sarmientos secos que apenas podía sostener y hablando cosas que nadie entendía, babeando y mayormente sucio. Lo cual no creo haya sido desidia de su familia, sino que aceptaron ese hijo como era y lo dejaron ser. Los niños en general se burlaban del Pancho y el gritaba más fuerte y corrían asustados. Pero yo no. No me causaba miedo el “Pancho”. Me provocaba compasión.

Él seguro no tuvo descendientes. Pero yo no lo olvido

Siguiendo la regla de mi bisabuelo gallego que era analfabeto pero muy sabio, no se muere hasta el momento en que nadie te recuerda, pues parece que ni uno ni otro han muerto porque mi recuerdo ha evitado uno de los estragos del tiempo: el olvido.

* La autora es licenciada en psicología.

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