20 de mayo de 2025 - 00:00

La mansa rebelión de la austeridad y la sencillez

Como senador, como ministro y como presidente, Mujica fue uno más. Con aciertos y errores. Pero como anciano, puso en valor la vejez en un tiempo que la muestra devaluada y marginada porque sólo venera la juventud y el poder.

La muerte del hombre que hizo de su vejez una clase magistral de sencillez y austeridad, puso en las pantallas del mundo su imagen exhibiendo dejadez en su vestimenta y en su desprolija chacra de las afueras de Montevideo. En el mismo puñado de días, las pantallas mostraban lujosos salones de imponentes palacios donde monarcas archimillonarios recibían al magnate neoyorquino que gobierna Estados Unidos.

En esas imágenes, Trump recibía regalos increíbles, como un jumbo para que reemplace al Aire Force One, del emir qatarí Tamim bin Hamad al Thani, y joyas increíbles del emir de Abu Dabi, Jhalifa bin Zayed bin Sultán al Nahyan, y del príncipe saudita Mhamed bin Salmán. A renglón seguido, los noticieros en el mundo mostraban fotos del viejo líder uruguayo con su perra de tres patas entre las plantas y matorrales de su hogar campestre.

En un tiempo en que se idolatra el poder y el dinero, mostrarse austero es un acto de rebelión y ser anciano y sencillo es una forma de resistencia.

Esas fueron la mejor rebelión y la más valiosa resistencia que encarnó José Mujica. Parecen menos insumisas que haber tomado las armas en su juventud, pero no es así. El mayor aporte de Mujica fue hacer de su vejez una clase magistral de austeridad y sencillez.

Ni como senador ni como ministro de Agricultura ni como presidente aportó tanto como lo que aportó con su forma de envejecer. Seguramente era consciente de que vestir desalineado, vivir en una chacra y hablar de manera campechana, que son verdaderamente su forma de vestir, vivir y hablar, lo convertía junto con su envejecimiento en un personaje entrañable y le daba fuerza a sus posiciones y sus agrupaciones políticas, el Movimiento de Participación Popular (MPP) y el Frente Amplio.

¿Por qué esa personalidad y esa imagen de anciano descuidado y sabedor de las cuestiones humanas fueron tan políticamente eficaces? Porque su originalidad llamó la atención en las democracias desarrolladas del hemisferio norte y en otros rincones del planeta. Y eso fue valioso porque una imagen de austeridad y sencillez choca con la obsesión por la riqueza, los lujos y el poder que impera en el mundo de este tiempo.

En rigor, austera es casi toda la clase dirigente de Uruguay, pero Mujica sobresalía incluso en esa postal, porque parecía ostentar pobreza. Una suerte de versión uruguaya de Diógenes de Sínope, antiguo filósofo cínico que practicó el abandono total de su persona, luciendo la carencia absoluta de bienes materiales.

Por cierto, en la historia de Mujica hay páginas negras. A principios de los años ’60 integró junto a Raúl Sendic, Eleuterio Fernández Huidobro y Mauricio Ronsecof la comandancia del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (MLN-T), guerrilla urbana marxista-leninista, motivada por el triunfo de la revolución cubana e inspirada en los sabotajes, asaltos de bancos, secuestros y emboscadas que perpetraba Frank País en la ciudad de Santiago de Cuba para apoyar la sublevación castrista tras el asalto al cuartel Moncada.

Tupamaros realizó acciones que le dieron visibilidad más allá de la región. El copamiento de Pando, en el Departamento de Canelones, durante el gobierno de Jorge Pacheco Areco, y posteriormente la espectacular fuga del penal de Punta Carretas, inspiraron a artistas de la talla de Costa Gavras, el cineasta que dirigió Estado de Sitio, con Yves Montand en el rol protagónico y la banda sonora que compuso Mikis Theodorakis.

Pero además de los golpes cinematográficos, los tupamaros cometieron asesinatos, secuestros y otros crímenes, convencidos de que eran necesarios para construir el socialismo.

Después de años recluido en una celda oscura y húmeda, con tres balas de las seis que recibió en distintos tiroteos y los médicos nunca pudieron extraerle, el hombre que convirtió al MLN-T en el centroizquierdista MPP (Movimiento de Participación Popular) y lo integró al Frente Amplio creado y liderado por el general Líber Seregni, hizo una revisión de ese pasado violento con la lucidez que le dio tomar distancia de la ideología para acercarse a la realidad.

En esa posición lució un pragmatismo que no se desprendía de valores. Otra originalidad de Mujica: ser pragmático y a la vez exponer valores humanos coherentes con su forma de vida.

Mujica no fue mejor presidente que Tabaré Vázquez ni que Jorge Batlle, Julio María Sanguinetti y Luis Lacalle Pou. Aun así, tuvo más visibilidad mundial.

Por cierto, la extravagancia está más cerca de ser la regla que la excepción en un tiempo sediento de outsiders con el menor parecido posible a los políticos. Sin embargo la extravagancia de Mujica fue excepcional en un escenario global colmado de liderazgos que ostentan riqueza y otros que idolatran a los millonarios y exhiben insensibilidad y desprecio por los débiles.

Como senador, como ministro y como presidente, Mujica fue uno más. Con aciertos y errores. Pero como anciano, puso en valor la vejez en un tiempo que la muestra devaluada y marginada porque sólo venera la juventud y el poder.

El mundo se asomó al multitudinario funeral que despidió como se despide a los personajes entrañables. Como finalmente mereció ser despedido quien supo hacer de su vejez una clase magistral de austeridad y sencillez.

* El autor es politólogo y periodista.

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