Las elecciones en diferentes distritos provinciales y en la ciudad de Buenos Aires han puesto de relieve el desinterés de la ciudadanía. Se trata de un fenómeno relativamente original si se lo compara con los comicios generales de 2023 e incluso con los intermedios de 2021. La abstención se hace más evidente por el carácter obligatorio del sufragio que distingue el régimen electoral argentino desde los tiempos reformistas del presidente Roque Sáenz Peña.
En Santa Fe donde se elegían convencionales para reformar la constitución que promete instalar la reelección del gobernador, votó el 55 % del padrón. Chaco constituyó la segunda señal de alerta: allí apenas votó el 52% mientras que en Salta alcanzó el 62%, Jujuy el 63% y San Luis un poco menos (60%). El dato más revelador de la nueva conducta cívica lo arrojó la ciudad de Buenos Aires en tanto constituye el distrito con mayor tradición movilizacionista del país. Allí, y mientras los candidatos de los oficialismos y de la oposición ponían mucho en juego, solo votó el 53% del padrón. Entretanto, la última señal de alarma vino de Misiones donde concurrieron a las mesas electorales el 55% de los empadronados. Es difícil saber si se trata de una tendencia que llegó a su término, o se renovará en septiembre cuando llegue el turno de los comicios bonaerenses en los que las maquinarias electorales libren la batalla del principal distrito del país ante la ausencia de CFK como candidata de la tercera sección electoral, y el intento de maniobrar desde su reclusión la furiosa interna desatada por la sucesión. Tampoco hay pronósticos de lo que pasará en octubre, aunque algunos analistas subrayan que las variaciones del comportamiento electoral entre las distintas provincias, no solo se vincula con la capacidad de movilización de los líderes sino también expresa una clara señal de desencanto con el desempeño democrático.
Hay quienes señalan que la apatía ciudadana obedece a emociones razonadas relativamente comunes. Algunos recuerdan que la asistencia suele ser mayor cuando se eligen cargos ejecutivos nacionales o provinciales a raíz del carácter decisionista del sistema federal. Otros interpretan que la renovación de bancas en las legislaturas o concejos municipales no mueve demasiado la aguja en la vida cotidiana de la gente por lo que la ausencia deliberada en los comicios no solo traduce decepciones ante promesas que nunca llegan. También trasunta o expresa la firme sospecha que pesa sobre la clase política en sus dimensiones territoriales o de proximidad. En particular, en distritos chicos o provincias “rentistas” (como las llama Gervasoni) donde el electorado observa la perpetuación de castas intermedias, conoce los orígenes o procedencias de los candidatos a ocupar cargos legislativos o municipales, y constata una y otra vez la manera en que la política sirve de trampolín al mundo de los privilegios, rutiniza discursos, prácticas y gestos públicos y pronuncia la brecha entre la dirigencia y la gente del común. Un vecino de la Villa 31 expresó el humor popular del siguiente modo: “En el barrio muchos no quisieron ir a votar porque ya no confían en ningún político. Prometen y no cumplen”. No se trata de un testimonio menor en tanto las mayores caídas de participación ocurrieron en los barrios de clase media baja y baja. Es decir, la abstención ejemplifica especialmente el desencanto o desinterés electoral de los “abajo”.
Se trata de derivas del pasado político reciente que ni siquiera CFK pasó por alto antes que la Corte Suprema dejara intacta la sentencia judicial que la condenó a seis años de prisión por “ser autora penalmente responsable del delito de defraudación fraudulenta en perjuicio de la administración pública”, y la inhabilitó para ejercer cargos públicos de por vida. Lo hizo en una entrevista televisiva cuando afirmó lo que tantos otros saben desde hace rato: que la cuarentena eterna no solo acunó a Milei, sino que dejó a la vista la orfandad de la sociedad de trabajo informal y la desafección de la ciudadanía con el Estado (a secas) ante el deterioro de servicios públicos básicos y el cierre de escuelas, universidades y reparticiones públicas, con la sola excepción de los hospitales y otros establecimientos de salud cuyos profesionales lidiaban como podían la emergencia sanitaria. Esa experiencia dramática parece haber precipitado un cambio de época. Un giro casi copernicano que no sólo pone en escena la siempre evocada crisis de representación entre los que mandan y los que obedecen, la evaporación de tradiciones partidarias legendarias y el colapso del sistema político cuajado en las violentas jornadas del verano del 2001. La traumática salida de la pandemia y del mal gobierno de doble comando que la gestionó, también sacó a relucir la pérdida de sentido de proyectos políticos colectivos, la apuesta de los jóvenes en el mejorismo individual y la lógica subterránea del “sálvese quien pueda” porque el estado te cuida poco o no lo hace.
De modo que, si se tienen en cuenta tales coordenadas, y se trae a colación otros momentos de abstención electoral en la larga historia del sufragio de la Argentina republicana, la apatía o desinterés contemporáneo parece representar más que algún desapego a la cultura democrática, un resorte de expresión ciudadana que navega sin rumbo fijo en medio de minorías intensas casi imposibles de conciliar. Si a comienzos del siglo XX, había sido Hipólito Yrigoyen el campeón de la abstención electoral en su combate contra el régimen y las oligarquías provincianas abroqueladas en el Congreso nacional, y en 1957 fue el mismo Perón quien desde el exilio apeló a ella para demostrar la vigencia del voto peronista en las multitudes argentinas, la actual atonía ciudadana es marcadamente distinta en tanto parece estar a la espera de liderazgos capaces de dotarlas de voz en la conversación pública. De no ser así nuestra vapuleada democracia republicana deberá enfrentar un nuevo desafío en tanto la disminución de la participación electoral afecta el corazón de su legitimidad, desnaturaliza los mecanismos internos de su funcionamiento, corroe el vínculo entre gobierno y oposición, y abre la puerta a impulsos hegemónicos difíciles de domesticar.
* La autora es historiadora del CONICET.