Como es sabido, desde fines del siglo XIX, la vitivinicultura cuyana estuvo dirigida al mercado interno, con vinos gruesos y de marcado color de acuerdo con el gusto de los inmigrantes, obreros y clases populares. Este modelo masivo, que continuó hasta 1980/1990, esconde particularidades que escapan a dicha característica.
Empresarios innovadores y la exportación como vía de escape
Aunque resulte raro, algunos bodegueros elaboraron vinos de distinguida calidad, de acuerdo con los cánones de la época, y alcanzaron ese reconocimiento internacional antes de la Gran Guerra. Entre 1878 y 1911, participaron en siete exposiciones fuera de Argentina. Entre los ganadores sobresalieron mendocinos (de la Reta, Godoy, Villanueva, Barraquero, Chavarría y Benegas) e inmigrantes (Scaramella, Brandi, Guerin, Tomba, Guariento y Pommez).
Asimismo, a lo largo del siglo XX se desarrollaron modestos pero inéditos ciclos exportación de vino y mosto concentrado. Un primer momento correspondió a la Primera Guerra Mundial y temprana posguerra durante el cual se conjugó la necesidad (crisis del mercado interno del vino) con la oportunidad (dificultad para la importación de vinos europeos a los países limítrofes de la región). Para ello se bajó el flete ferroviario y el gobierno provincial buscó abrir esos mercados a través de las gestiones de enólogos como Aarón Pavlovsky y Arminio Galanti, obteniendo resultados favorables en Brasil y Uruguay. Sin embargo, la falta de navíos por la guerra afectó la continuidad de los envíos. Más tarde, en los años veinte, la importación de vino europeo se revitalizó al compás de la expansión del comercio internacional, al igual que el mercado interno argentino.
Durante la crisis de los años treinta se apeló a la exportación de la bebida como una estrategia anticíclica. Pero los países levantaron barreras proteccionistas y el mercado más atractivo, Brasil, había comenzado, también, a desarrollar la vitivinicultura. El gobierno mendocino envió a Gaudencio Magistocchi a ese país para indagar las posibilidades de vender mosto concentrado. Por su parte, Paraguay, que tenía bajos derechos aduaneros, estuvo en guerra con Bolivia hasta 1935. Por eso, las exportaciones obedecieron a iniciativas de grandes empresas como El Globo, Scaramella, Arizu, y La Superiora de Manuel Lemos. Este último también hizo la operación más destacada de esa década: vender 1.000 toneladas de mosto concentrado a Londres en 1936 y en 1940. Esto último se relacionaba con la necesidad de diversificar los usos de la uva para regular su sobreproducción y estimular otras industrias.
La institucionalidad necesaria
El último ciclo se desarrolló durante las décadas de 1960 y 70. En primer lugar, el Instituto Nacional de Vitivinicultura (1958), presidido por el enólogo y bodeguero Luis Pincolini, consideraba que la exportación de vino debía ser propiciada por el Estado. En 1964 implementó un plan orgánico (res. 644) para gestionar la apertura de mercados no tradicionales. Asimismo, con el Ministerio de Relaciones Exteriores, enviaron vinos a diferentes ferias y concursos internacionales: en Hungría, los vinos argentinos obtuvieron 11 medallas de oro.
La constitución de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (1960) y la Organización Latinoamericana de la Uva y del Vino, en 1962 consolidaron la inserción en nuevos mercados. Al año siguiente, se realizó en Mendoza la Segunda Conferencia Latinoamericana de la Uva y del Vino con la participación de países de la región. Se presentaron estudios, se acordaron medidas técnicas, y se dispuso fortalecer el mercado latinoamericano sustituyendo la entrada de vinos y alcoholes de otros orígenes.
Por su parte, el presidente del gremio empresarial Asociación Vitivinícola Argentina, Quinto Pulenta, fue un sólido promotor de la exportación del vino atendiendo a que podían obtenerse importantes divisas y a la cercanía de un nuevo ciclo de sobreproducción. Denunciaba, también, un obstáculo para ingresar y ser competitivos en el extranjero: eran pocos los bodegueros que elaboraban vinos tipificados. Por eso proponía construir un establecimiento que permitiera almacenar y “uniformar” vinos para esos mercados y establecer un “tipo” de vino nacional: “vino argentino tinto” y “vino argentino blanco”. Durante esos años la exportación aumentó (en 1968 salieron 27.300 hl) y lo más interesante fue que, en ese año también, se iniciaron envíos de mosto a Inglaterra, logrando secundando en el podio a la uva en fresco.
A partir de 1970 comenzó una lenta pero sostenida caída del consumo del vino y la crisis vaticinada por Pulenta se hizo realidad. Ese año se sancionó la ley de Política Vitivinícola Nacional (18.905) que entre varios objetivos promovía la exportación y el decreto 4240 de 1971 dispuso desgravaciones e instrumentos crediticios. También se implementaron cambios técnicos: En 1975, la bebida pasó a clasificarse no sólo por el envase (granel/embotellado/damajuana) sino también por tipo: tinto, rosado y blanco. Por otra parte, la creación de entidades comerciales, fruto de la unión de empresas privadas, y la persistencia del esfuerzo de las empresas estatales Giol (Mendoza) y CAVIC (San Juan) impulsaron el crecimiento de la exportación. Así se alcanzó una salida récord de vino entre 1976 y 1978 –entre 450.000 y 675.000 hl–.
Aunque con interrupciones, el anhelo de ingresar al mercado externo dejaba de ser un proyecto y comenzaba a dar pasos firmes para llegar a un presente que explica el prestigio de la producción vitivinícola argentina en el resto del mundo.
* Patricia Barrio es miembro del IHAA-FFyL (UNCuyo).
* Florencia Rodríguez Vázquez es miembro del INCIHUSA (CONICET)/ FFyL (UNCuyo), Columnista Matices del Vino.