El mes de mayo muestra al gobierno chino otorgando prioridad relativa a intentar ocupar los espacios que la administración Trump está dejando en América Latina. El presidente estadounidense y su secretario de Estado, Marco Rubio, parecen tener una estrategia negativa clara: impedir la influencia de China en la región. Pero Estados Unidos no ha elaborado una agenda positiva para contrarrestarla: evitar que China acceda a recursos naturales como los hidrocarburos y nuevos minerales como el litio y las “tierras raras”; asegurar para Estados Unidos los dos canales de comunicación Atlántico-Pacífico, tanto el de Panamá como el Estrecho de Magallanes, es su objetivo estratégico; también lo es evitar la influencia financiera china, y en especial que el yuan empiece a ser moneda corriente en las transacciones internacionales. Este último caso se ha hecho evidente en la respuesta que el gobierno chino dio al entonces delegado de Trump para América Latina, Mauricio Claver-Carone, otro funcionario de origen cubano como el secretario de Estado. Concretamente, criticó el “swap” de China con Argentina, por el cual aproximadamente la mitad de las reservas del Banco Central argentino está constituida en yuanes. La embajada china en Buenos Aires emitió un duro comunicado en respuesta a las declaraciones de Claver-Carone, que fueron realizadas en forma casi inmediata a su salida del cargo por supuestas diferencias entre él y Marco Rubio. La embajada calificó estas declaraciones como “lugares comunes, prejuicios y manipulaciones propias de la Doctrina Monroe para deslegitimar nuestra cooperación financiera, que es mutuamente beneficiosa y decidida en forma autónoma por dos naciones soberanas”.

