Tuvo, la Arqueología, más de un nacimiento. En Europa creció primero entre ruinas griegas y romanas, directamente emparentada con el coleccionismo de antigüedades del que heredó cierto gusto por las seriaciones y los análisis artísticos. Se embarcó en las expediciones de Estados coloniales para descubrirse a sí misma en Egipto, Mesopotamia, Persia, el valle del Indo. Fue herramienta del expolio; pero también supo enamorarse de todo lo que era distinto.
Nacer en América fue otra historia, literalmente. Aquí las políticas segregacionistas de los británicos arribados al norte del continente determinarían que, cuando mucho después comenzó a removerse la tierra en busca de explicaciones, estas se estructuraran como un relato de aquello que resulta fundamentalmente ajeno. El pasado de otra gente; que merecía encuadrarse en otra disciplina diferente al estudio de «nosotros». Y, sin embargo, estas ideas, que irían alumbrando a su vez a la Antropología, habrían tejido en sus viajes de ida y vuelta del Atlántico un abismo de nuevas posibilidades para imaginar el pensamiento. Como la posibilidad de una historia antes de la Historia de griegos y romanos, o de cualquier otro pueblo que nos legara su escritura. O más allá: la posibilidad de que, en el fondo, todas las historias apelen a un mismo patrimonio compartido, porque «los otros» también son «nosotros» y viceversa. De hecho, ¿quién no participó, también en este continente, exactamente de la misma fascinación descubriendo a los antiguos constructores de los Andes, de las selvas yucatecas o la cuenca de México?
Sea cual fuera su cuna, la Arqueología convergió en un mismo punto: aquel que une materia y tiempo. Es por ello que solo podía ganarse la mayoría de edad haciendo también suya la Estratigrafía que inventaran antes los geólogos. Reformulándola para poder rastrear entre el polvo y los escombros las pequeñas complejidades que siembra tras de sí la vida humana; pues, como se dijo tantas veces, «son las capas de tierra, los muros derrumbados entre ellas, las huellas de pozos y maderos que ya no existen, como las sucesivas páginas de un libro». Excavar metódicamente se volvió entonces más que una tarea básica. Casi el resumen proverbial de una disciplina que no busca abarrotar de objetos las vitrinas de los museos; ni desenterrar monumentos arruinados; sino desenterrar contextos históricos que devuelvan la voz a la experiencia de la mayoría: personas que quizá nunca escribieron nada, ni pretendieron que recordáramos sus nombres ni entendiéramos las lenguas en que cantaron sus canciones, y sin embargo nos hablan a través de los gestos impresos en esos objetos tanto como del lugar y la forma en que los recuperamos. Ahora bien, ¿y si la aplicación del «método estratigráfico» no tuviera por qué agotarse confinado bajo el suelo?
La Arqueología de la Arquitectura sobrevino en ese momento, como sobreviene la madurez: comprendiendo sin furias ni alharacas que las cosas verdaderamente trascendentes no viven en la pureza de las esencias, sino en la fuerza generadora de todo lo que se mezcla y se mestiza. Que el conocimiento crece entre las fronteras que fueron imponiendo a su alrededor las disciplinas académicas; crece a pesar de ellas. Que, como la tierra, las paredes también tienen memoria.
Los edificios son máquinas sociales. Todos ellos. Los construimos con un propósito; guiados por lógicas culturales de las que en ocasiones ni siquiera somos muy conscientes acaso porque, una vez levantados, son esos mismos edificios o edificios como esos los que terminan de construirnos a nosotros. Nuestra forma de percibir y relacionarnos en el espacio, de habitarlo, se reproduce de esta manera
A fin de cuentas, los edificios son máquinas sociales. Todos ellos. Los construimos con un propósito; guiados por lógicas culturales de las que en ocasiones ni siquiera somos muy conscientes acaso porque, una vez levantados, son esos mismos edificios o edificios como esos los que terminan de construirnos a nosotros. Nuestra forma de percibir y relacionarnos en el espacio, de habitarlo, se reproduce de esta manera. Y sucede que, del mismo modo que toda cultura se expone a la mutación a medida que se perpetúa, echadas a andar los años, esas máquinas han de enfrentar los acontecimientos pequeños y grandes que llenan las vidas de quienes las ocupan: nuevas necesidades; nuevas razones; nuevos gustos. Un zaguán que no está más explica cómo cambió la forma de recibir invitados en casa, o el tipo de invitados que recibimos. Cuenta la cicatriz de un tabique derribado que cocinar volvió a ser una parte expuesta de la convivencia. Un patio interior que fue techado, una sala dividida al medio, documentan el crecimiento de una familia; o quizá, incluso, épocas de precariedad y hacinamiento. Un balcón que se añade o una ventana que se ciega: las cosas que se quieren mostrar y las que se ocultan a la mirada de los extraños. El muro que hubo de apuntalarse, reconstruido y lleno de remiendos, es el testimonio de las catástrofes, igual que las fachadas de estilo italiano o francés manifiestan los idiomas en que se expresó la riqueza, o la emigración, o ambas.
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Fachada. Influencias academicistas en una antigua fachada, en la calle Lamadrid, San Miguel de Tucumán.
Gentileza/Jordi López
Los edificios, todos ellos, se convierten así en archivos hechos de fragmentos y rastros de las máquinas que fueron, y por derivación, también de sus diversos significados sociales. Es cierto que leerlos no es siempre una empresa fácil. Requiere aprender a distinguir y ordenar pacientemente cada página. Requiere técnica, y un buen montón de esos conceptos que solo cobran sentido con la experiencia: unidades murarias, interfaces, patologías, diagramas de acciones constructivas, cronotipologías de fábricas y aparejos y morteros. Pero se da entonces un fenómeno curioso que tuve oportunidad de presenciar a menudo, con cada nueva generación de estudiantes, y me devuelve inevitablemente al tiempo en el cual fui yo el alumno que descubría la existencia de tan insólita materia. Cuando uno empieza a saber esto, siquiera a sospecharlo, pasear la ciudad es como ganar un enorme yacimiento arqueológico donde la estratificación no desaparece necesariamente en los ojos de quien la observa por primera y única vez, como ocurre excavando historias en la tierra; sino que, mientras siga conservándose en el ajetreo de tenerse en pie, cualquiera puede regresar a ella a placer. Un poco como dando por fin vuelta aquel cuento de Julio Cortázar: «nos gustará la casa porque, aparte de espaciosa, guardará nuestros recuerdos».
(*) El doctor Jordi A. López Lillo es miembro del Institut Universitari d'Investigació en0 Arqueologia i Patrimoni Històric de la Universitat d'Alacant (Inaph-UA) en España, así como del Grupo de Investigación en Arqueología Andina de la Universidad Nacional de Tucumán (Arqand-UNT).
Producción y edición: Miguel Títiro - [email protected]