22 de noviembre de 2012 - 00:22

Benedicto XVI, la Interpol y la muerte violenta en el mundo

El pasado viernes, Benedicto XVI recibió en audiencia especial a los participantes en la LXXXI Asamblea General de la Interpol que reunió en Roma a delegados de los organismos de policía, de seguridad, y a representantes de la política de los 190 Estados miembros..

“La evolución de la violencia criminal -destacó el Pontífice- es un aspecto particularmente preocupante para el futuro del mundo.

Por eso adquiere mayor importancia aún el que este esfuerzo de reflexión asocie a los responsables políticos, de la seguridad y de la justicia, a los organismos judiciales y a las fuerzas del orden, de manera que cada uno, según su respectiva competencia y con la ayuda de un intercambio constructivo, desarrolle un trabajo eficaz”.

Señaló que “la familia humana sufre en nuestro tiempo a causa de numerosas violaciones del derecho y la legalidad, que en muchos casos desembocan en episodios de violencia y actos criminales. En este sentido, la función de la Interpol, que podemos definir como una fortaleza de la seguridad internacional, es de gran importancia para la realización del bien común, porque la sociedad justa exige también el orden y el respeto de las normas para lograr una pacífica y serena convivencia civil”.

“Somos conscientes -afirmó- que hoy en día la violencia se manifiesta en nuevas formas, como la violencia criminal, responsable cada año de la mayor parte de las víctimas por muerte violenta en el mundo. Este fenómeno es hoy tan peligroso que constituye un grave factor desestabilizador y, a veces, somete a una dura prueba la misma supremacía del Estado”.

Trata de personas, tráfico de sustancias y comercio de órganos humanos. “La Iglesia y la Santa Sede -recalcó el Pontífice- animan a cuantos trabajan por combatir la plaga de la violencia y la delincuencia, en esta realidad nuestra que se parece cada vez más a una aldea global. Las formas más graves de las actividades criminales pueden ser identificadas en el terrorismo y en la delincuencia organizada. El terrorismo es una de las formas más brutales de violencia, pues siembra odio, muerte y deseos de venganza.

Este fenómeno, de estrategia subversiva, típica sólo de algunas organizaciones extremistas, dirigida a la destrucción de las cosas y al asesinato de las personas, se ha transformado en una red oscura de complicidades políticas, que utilizando también sofisticados medios técnicos, se vale de ingentes cantidades de recursos financieros y elabora estrategias a gran escala. Por su parte, la delincuencia organizada prolifera en los lugares de la vida cotidiana y, a menudo, actúa y golpea a ciegas, fuera de toda regla; realiza sus asuntos por medio de numerosas actividades ilícitas e inmorales como la trata de personas -una forma moderna de esclavitud-, el tráfico de bienes o de sustancias, como la droga, las armas, la mercancía falsificada, llegando incluso al tráfico de fármacos que matan en vez de curar, utilizados en gran parte por los pobres.

Este comercio ilícito es aún más execrable cuando afecta a los órganos humanos de víctimas inocentes: éstas padecen los dramas y ultrajes que creíamos habían acabado para siempre tras las tragedias del siglo XX, pero que lamentablemente aparecen de nuevo a través de la violencia generada por la actividad delictiva de personas y organizaciones sin escrúpulos. Estos delitos destruyen las barreras morales establecidas progresivamente por la civilización y vuelven a proponer una forma de barbarie que niega al hombre y su dignidad”.

Combatir el crimen bajo el ámbito de reglas morales y jurídicas. En el encuentro con los agentes de la policía internacional, Benedicto XVI confirmó, una vez más, que “la violencia es siempre inaceptable en sus diversas formas de terrorismo y delincuencia, porque hiere profundamente la dignidad humana y constituye una ofensa a toda la humanidad. Por tanto, es un deber reprimir el crimen en el ámbito de las reglas morales y jurídicas, porque las acciones contra la delincuencia han de ser realizadas siempre en el respeto a los derechos humanos y a los principios de un Estado de derecho. En efecto, la lucha contra la violencia debe apuntar ciertamente a detener el delito y a defender la sociedad, pero también al arrepentimiento y a la corrección del delincuente, que es siempre una persona humana, sujeto de derechos inalienables, y como tal no debe ser excluida de la sociedad, sino regenerada”.

Al mismo tiempo, “la colaboración internacional contra la delincuencia no puede agotarse solamente en operaciones policiales. Es esencial -señaló Benedicto XVI- que incluso la necesaria acción represiva vaya acompañada de un valiente y lúcido análisis de las motivaciones subyacentes a estas acciones delictivas inaceptables; es preciso prestar atención especial a los factores de exclusión social y de indigencia que persisten en la población y que constituyen un medio de violencia y odio. Es necesario también un compromiso particular en el plano político y pedagógico para resolver los problemas que pueden alimentar la violencia y favorecer las condiciones con el fin de que ésta no nazca, ni se desarrolle”, concluyó el Papa.

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