Existe una certeza respecto de la renuncia del Papa que dista de la mística triunfal y trascendente que la ha rodeado. En términos muy llanos aunque antipáticos, se trata de la derrota de su liderazgo.
Existe una certeza respecto de la renuncia del Papa que dista de la mística triunfal y trascendente que la ha rodeado. En términos muy llanos aunque antipáticos, se trata de la derrota de su liderazgo.
Quizá la importancia mayor que tiene ese paso que ha conmovido al mundo católico y aún más allá de las fronteras de esa fe, es lo que guarda de enseñanza sobre reconocer cuándo corresponde marcharse y tener el valor de hacerlo. Pero en el nivel objetivo, esto ha sucedido porque no pudo ser evitado. Las contradicciones internas no resueltas son las que determinan el sentido de la historia. Este asombroso giro es aún más relevante en sus significados, si se tiene en cuenta el importante valor como herramienta política, que también lo es, de esta poderosa organización, un aspecto que cierta corrección tiende siempre a desvanecer.
En ese sentido, es interesante observar que la salida sin precedentes en siglos que construyó Joseph Ratzinger, al revés de lo que se cree, no parece destinada a propiciar un cambio que abra un nuevo rumbo y despeje aquellos callejones. Más bien, apela a que la renovación del liderazgo pudiera profundizar con nuevas energías el modelo y las perspectivas que llegaron a la Iglesia con Juan Pablo II y este Pontífice dimitente. Al menos eso es lo que se nota a partir de los muy preparados y agudos mensajes que Benedicto XVI viene difundiendo en su larga despedida, entre ellos el del jueves último.
Límites a los cuestionamientos
Allí, un día después de condenar las pujas dentro de la Iglesia, arremetió contra quienes aún insisten con ver a la institución como una organización más allá de su basamento espiritual.
En una etapa de la historia en la cual la crisis económica global configura una pirámide de concentración con una inmensa plataforma de excluidos, ese discurso puede tener la impronta de un límite al cuestionamiento de cómo suceden las cosas.
“La Iglesia no es una organización jurídica ni institucional sino una organización vital que está en el alma”, dijo para apagar el fervor de quienes se entusiasman con una visión que, a partir de ahora, contuviera las contradicciones sociales y ayudara a resolverlas.
El Papa aludió en ese mensaje, no casualmente, al Concilio Vaticano II impulsado por Juan XXIII que entre 1962 y 1965 estableció una nueva visión de la Iglesia que intentaba adaptarse (modernizarse) a las transformaciones de la post guerra. En opinión de Benedicto, aún esta por venir un verdadero Concilio “con toda su fuerza espiritual”. La idea sugiere que aquello no sucedió como se supuso. Pero aún así achacó al periodismo haber inventado una versión de ese encuentro como si se hubiera tratado de un foro político lejano de los deberes espirituales.
No es éste un mero debate para entendidos. Es una cuestión que merece leerse desde el poder. Aquel foro histórico y sus resoluciones buscaron una renovación que moderara el perfil “monárquico y absolutista” de la cúpula eclesiástica, como la ha caracterizado Hans Küng entre otros grandes teólogos críticos. Esa transformación, si bien se hizo limitadamente, ha sido la piedra de una polémica interminable sobre la visión que la Iglesia Católica tiene del mundo y también al revés.
Las ideas discutidas en ese Concilio y que continuó y profundizó Paulo VI, el sucesor de Juan XXIII, además de hacer más cercana la liturgia a la gente al respetar el idioma local, poner al sacerdote de frente en la misa y dejar entrar la música, concibieron el concepto de paz dentro del más amplio de justicia. Se implicaba así que no podía existir uno sin el otro. Las banderas de una teología ligada a la liberación, que proliferaron en aquel mundo de los años 60 y parte de los 70, convirtieron la idea de la inexistencia de una paz en abstracto, en el ropaje de sus demandas de independencia y libertad real.
En 1978, cuando la fumata blanca dio el trono de Papa a Juan Pablo II, la Iglesia mostró su legendaria capacidad para anticiparse a la historia. La presencia del primer pontífice polaco simbolizaba lo que rápidamente sucedería en el Este europeo. El papa Karol Wojtyla jugó un rol crucial en el proceso de disolución del campo comunista. Pero en la otra mano, Juan Pablo II, escudado siempre por quien luego lo sucedería, también desarmó la renovación amplia impulsada por el Concilio. Hay ventanas notables de ese proceso. Al tiempo que se pedía a los polacos que “alzaran su estómago del suelo” y se rebelaran, como pronunció el Papa, se pedía al arzobispo salvadoreño Arnulfo Romero que moderara sus denuncias contra el régimen ultraderechista de su país que acabó fusilándolo en plena misa en 1980.
El propio Küng criticaba el sentido de esa “militancia” de Juan Pablo II. En épocas en que el mundo se alineaba con la verticalidad liberal de Ronald Reagan, la veía como origen de la caída de las ordenaciones, debido a que esa Iglesia y la siguiente, al romper con la idea de una mirada amplia, se alejaba de la gente. Ha sido en ese proceso que se acentuaron las deformaciones que hoy denuncia Benedicto; entre ellas los abusos sexuales -blanqueados en gran medida por su notable extensión-, y la corrupción que se ha soltado desde las filtraciones del llamado “vatileaks”, incluyendo documentos que denunciaron la resistencia de los cardenales a una urgente transparencia.
Si se busca un ejemplo de la profundidad no resuelta de estas contradicciones y las visiones que no ceden, hace unas horas el Vaticano anunció el nombramiento, al frente del IOR, (“el banco” del Papa, acéfalo desde hace meses por causa de otra fuerte batalla de poder), de un abogado alemán. Es el presidente de un grupo dueño del astillero que construye los buques de guerra para Berlín. El IOR protagonizó, justamente, uno de los escándalos más gruesos de la curia en pleno reinado de Juan Pablo II. Fue por las vinculaciones de su principal responsable con la logia P-2 y la mafia de Roberto Calvi. Esa rara sociedad reunió fortunas con las que se financió parte de la batalla contra el muro comunista en Polonia y sus aledaños.