Opinión Miércoles, 21 de diciembre de 2016 | Edición impresa

Deslumbrados por la tecnología

Los adultos de hoy tienen mucho más para aportar a los millennials de lo que piensan. La tecnología por sí sola, sin el aporte de las “tecnologías intelectuales”, no dará frutos.

Por Guillermo Jaim Etcheverry - Médico. Educador. Especial para Los Andes

Invitado hace casi una década a responder una encuesta periodística sobre la influencia de la tecnología en la educación del futuro, señalé que nuestra relación con la realidad se encaminaba a estar mediada casi exclusivamente por dispositivos tecnológicos. Desde que escribiera esas páginas se han producido asombrosos progresos en las tecnologías vinculadas con el modo en que conocemos y nos comunicamos, es decir, con las cualidades que hacen a la esencia de lo humano.

Esto es importante porque el medio empleado no es solo vehículo del objeto del pensamiento sino que construye el modo en que operan nuestros cerebros, plásticos y modificables por la experiencia. Mirar televisión no es solo lo que se ve sino el modo en que la televisión nos habitúa a ver el mundo. Lo ha expresado muy acertadamente la psicóloga Maryanne Wolf cuando señaló: “No somos solo lo que leemos sino cómo lo leemos”.

Pensamos que la felicidad reside en la multiplicación de dispositivos cuyo funcionamiento no comprendemos pero que nos deslumbran al ofrecernos la posibilidad de incorporarnos al mundo de manera sencilla, sin esfuerzo, como jugando. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, que son producto del tiempo lento de la reflexión y el trabajo de sus creadores, hacen que todo sea accesible aquí y ahora, aunque se encuentre distante en tiempo y espacio.

La presión sobre alguna de las múltiples teclas que nos rodean es lo único que nos separa de lo que se nos ocurra mirar u oír. Océanos de datos, cuyo origen en la mayor parte de los casos desconocemos, están a disposición de nuestros ágiles pulgares. Con ellos también nosotros estamos en condiciones de generar nuestra propia información. Así es que descubrimos nuestra intimidad sin pudor, mostramos urbi et orbi imágenes y escritos personales convencidos de que lo que nos sucede es de gran interés para el mundo y de conocimiento imprescindible para la mayor cantidad posible de personas. 

Como resultaba inevitable, esta concepción de la vida se ha expandido a nuestras escuelas, instituciones que, desde los jardines a las universidades, han sido hasta ahora las encargadas de proporcionarnos la imprescindible ejercitación en el empleo de nuestras habilidades humanas, las “tecnologías intelectuales” como denominó el sociólogo Daniel Bell a las herramientas que amplían nuestras capacidades mentales en lugar de hacerlo con las físicas.

Mediante ellas aprendíamos a manejar el lenguaje para comunicarnos; a desarrollar la abstracción para poder, entre otras cosas, seguir creando tecnologías capaces de modificar el mundo y a adquirir una visión coherente del discurrir de su historia. Sería necio negar a esta altura de los tiempos el prodigioso potencial de la tecnología para encarar esta tarea de transmisión de la cultura. Pero, en realidad, el problema más grave reside en el hecho de que hoy se piensa que no hay nada que justifique ser transmitido por lo que el uso de esa tecnología se convierte en un fin en sí mismo.

Olvidamos a menudo que esta es una herramienta asombrosa y potencialmente formidable solo para quien sabe qué hacer con ella: el ignorante adquirirá ignorancia aunque lo haga con mayor facilidad y utilizando un dispositivo que la sacraliza. La banalidad, la superficialidad y la vulgaridad resultan más glamorosas arropadas en tecnología, insufladas del hoy insoslayable soplo de modernidad.

Cómplices de la adoración de lo nuevo -porque todos queremos ser jóvenes, siempre nuevos- las generaciones mayores rehuimos nuestra responsabilidad de transmitir a los recién llegados la herencia cultural que les permitirá comprender el mundo y a sí mismos. Decimos que hoy todo es distinto, que todo ha cambiado y pensamos, porque resulta muy cómodo, que no tenemos nada para decir a los jóvenes. ¡Si hasta proponemos que debemos aprenderlo todo de ellos!

Los dejamos así, resignadamente, a merced de los mercaderes de la superficialidad entretenida que transmiten con gran efectividad la orgullosa soberbia de la ignorancia. La mencionada idolatría por la tecnología construye en derredor de los jóvenes una coraza que impide que penetre todo mensaje diferente, toda apelación a explorar el tiempo esencialmente humano de la reflexión. El futuro se presenta preocupante si ni siquiera intentamos atravesar esa coraza, ya que estimamos estar frente a una raza de genios que manejan curiosos dispositivos con luces de colores, 

El ocaso de las “tecnologías intelectuales” que suponen el empleo reflexivo del tiempo, como la lectura seria o la conversación concentrada e inclusive distendida con el prójimo, está transformando de manera evidente la percepción de ese mismo tiempo que se opera en nuestra cultura definida por el “zapping”. Para hacerse del conocimiento era preciso sumergirse con paciencia y concentración en el océano de información con la atención alerta. Hoy vivimos ilusionados con que basta con deslizarse despreocupadamente y a saltos sobre la superficie de ese océano ignorando su profundidad.

Despreciamos las habilidades humanas que requieren esfuerzo y tiempo para ser adquiridas porque nos espanta la perspectiva de encarar el trabajo de ejercitarlas. En muchas de estas observaciones se encuentran las razones que explican la crisis de significación que hoy atraviesa la educación denominada formal, arrinconada por la otra -la verdadera, la significativa- que se adquiere a través de los medios y de los poderosos ejemplos que ellos difunden, diametralmente opuestos a los que en el discurso decimos valorar.

Resulta obvio que estamos frente a desarrollos tecnológicos de los que felizmente no se regresará. Como siempre ha sucedido en la historia, ante cada adelanto surgen miradas hipercríticas que, por lo común, cometen gruesos errores de apreciación. Pero lo importante es despertar la conciencia social ante los posibles riesgos de idolatrarlos para intentar orientar su desarrollo hacia fines específicamente humanos. Asumimos, algo ligeramente, que si chicos y jóvenes se mueven con tanta comodidad en el mundo tecnológico, producto de una ciencia de avanzada, ellos deben ser genios dignos de admiración.

No importa que muchos sean incapaces de pronunciar una frase con sentido, de demostrar capacidad de abstracción, de tener alguna idea del devenir histórico en el que sus vidas se insertan, en fin, de exhibir las condiciones que definen lo humano. Esos rasgos se están perdiendo ante la indiferente mirada cómplice de todos quienes, por otro lado, creen ver en este proceso un progreso asombroso, ignorando los signos que denotan un retroceso a condiciones prehumanas.

Por eso, al anticipar fascinados los prodigios que nos esperan, no debemos perder de vista que esos inventos son producto de la seria y esforzada reflexión humana, resultado del conocimiento y de la experiencia acumulados, concreción de lo que otros han venido pensando.

Como decía Carlos Fuentes: “Nosotros los mayores debemos asegurar que los jóvenes no olviden las novedades del pasado”. Somos responsables de transmitir a los jóvenes esa herencia que les pertenece y que no encontrarán en los circuitos electrónicos sino en el cerebro de sus semejantes. En estos momentos resulta imprescindible preocuparse más por los maestros que por los inventos, hasta para tener la posibilidad de que, en el futuro, nos sigan deslumbrando nuevos prodigios tecnológicos.