4 de junio de 2026 - 07:25

Cerró sus puertas una empresa mendocina que sobrevivió a un siglo de crisis con una reconocida marca

Fundada en 1922, la empresa mendocina atravesó cambios económicos, despidos y transformaciones comerciales que pusieron en riesgo su continuidad.

La crisis económica suele medirse en números: caída de ventas, despidos, cierres de plantas o balances en rojo. Sin embargo, detrás de cada estadística también existen historias que explican cómo los cambios de hábitos de consumo, la estructura comercial y la producción local influyen en el día a día. El caso de Fideos Bauzá es una de ellas.

Durante décadas, la marca formó parte de la vida cotidiana de Mendoza. Sus productos estuvieron presentes en almacenes de barrio, despensas y supermercados de toda la provincia. Pero su relevancia trascendió la elaboración de pastas secas. La empresa, ubicada en la calla San Martín, se convirtió en un símbolo de la industria familiar mendocina y en una de las pocas compañías que logró atravesar distintas crisis sin cambiar de dueños ni incorporar capitales externos.

Una empresa de 1922

Su historia comenzó el 22 de mayo de 1922, cuando Miguel Ángel Bauza Ribot, un inmigrante llegado desde Mallorca, España, decidió apostar por la producción local. Antes había impulsado otros emprendimientos, entre ellos la panadería La Balear, pero sería la fábrica de fideos instalada en Godoy Cruz la que terminaría por convirtirse en el proyecto más perdurable de la familia.

La ubicación elegida también terminó transformándose en un símbolo. La planta, con salón de ventas al público por San Martín, quedó asociada durante décadas al crecimiento industrial del departamento. Con el paso de los años, mientras muchas fábricas desaparecían o trasladaban sus operaciones, la empresa que terminó por acentuar su impronta artesanal continuó funcionando en el mismo lugar, convirtiéndose en un vecino centenario de esta arteria.

La continuidad familiar fue otro rasgos distintivos. Lejos de las grandes corporaciones, el negocio se sostuvo mediante un complejo entramado de herederos que mantuvieron la propiedad dentro de la misma familia. Hijos, nietos, sobrinos y primos participaron de las decisiones empresariales y de la gestión cotidiana de una compañía que se convirtió en fuente de trabajo y sustento para varias generaciones.

Hacia 2015, la firma todavía exhibía indicadores que reflejaban una posición consolidada. Elaboraba 32 variedades de pastas secas y mantenía presencia en distintos canales comerciales de Mendoza. Su discurso institucional destacaba la experiencia acumulada durante más de nueve décadas y la capacidad para sobrevivir a las recurrentes crisis económicas.

Sin embargo, detrás de esa imagen de estabilidad -que habían consolidado- comenzaban a aparecer cambios estructurales que afectarían profundamente al negocio. La transformación más importante no ocurrió dentro de la fábrica, sino fuera de ella. Durante años, la empresa había construido su crecimiento a partir de una extensa red de comercios minoristas.

Miles de almacenes, autoservicios y pequeños supermercados distribuían sus productos en toda la provincia. Ese modelo comenzó a modificarse con la expansión de las grandes cadenas y la concentración de las ventas en pocos actores comerciales.

BAUZA PRECIO
Durante décadas fue parte de la mesa familiar. La crisis económica y los cambios en el consumo alteraron el rumbo de la histórica empresa.

Durante décadas fue parte de la mesa familiar. La crisis económica y los cambios en el consumo alteraron el rumbo de la histórica empresa.

Una marca herida

Según habían explicado desde la propia compañía, durante la crisis de 2016, la firma había pasado de vender a más de 4.000 comercios a depender prácticamente de un puñado de supermercados. El cambio alteró las condiciones de negociación y redujo los márgenes de maniobra de una empresa que históricamente había encontrado en el comercio de cercanía su principal fortaleza.

A ese escenario se sumaron otros factores que afectaron a numerosas pequeñas y medianas industrias del país: aumento de costos operativos, caída del consumo y dificultades para trasladar los incrementos de producción a los precios finales.

La consecuencia fue una profunda reestructuración. De una plantilla de 24 trabajadores, la empresa despidió a 16 empleados, reduciendo su dotación a menos de la mitad. El ajuste representó uno de los momentos más delicados de su historia y encendió señales de alarma sobre la continuidad de la marca.

A pesar del fuerte impacto social de la medida, los directivos de la empresa habían descartado una quiebra o el cierre definitivo. El objetivo declarado era adaptar la estructura a una nueva realidad económica y comercial para garantizar la supervivencia de la actividad.

La situación reveló una problemática que excedía a una sola compañía. El caso expuso las dificultades que enfrentan muchas empresas familiares tradicionales para competir en mercados cada vez más concentrados y dominados por grandes operadores comerciales.

Más de un siglo después de su fundación, las redes sociales y datos comerciales continúan aún ubicando a la empresa en su histórica locación al 1795, donde un gran cartel del venta invade parte de la fachada de vivos azules. Para muchos, esta marca relacionada a su infancia cerró sus puertas.

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