6 de junio de 2018 - 00:00

Adolfo Ruiz Díaz, una personalidad irrepetible - Por Andrés Cáceres

A treinta años de la muerte de Adolfo Ruiz Díaz -falleció el 6 de junio de 1988-, su figura se acrecienta, acaso por la escasez de intelectuales de su talla: dominaba las áreas de literatura, filosofía y artes plásticas y se mantenía actualizado en los avances de la ciencia y de la técnica.

Desde los cursos regulares en la Facultad de Filosofía y Letras, donde siempre iba más allá de los programas establecidos, hasta sus conferencias y guías en Estética y Literatura, dejó sembrado un camino que hoy se aprecia entre los que fueron sus alumnos como entre compañeros y amigos que se le acercaron. La visión que ofrecía de la vida política y social argentina y mundial, situada en las coordenadas históricas y relacionadas con el ámbito de las ideas, y su capacidad sorprendente para analizar lo más inmediato, hacían de él un hombre de consulta insustituible.

Su natural generosidad y su afán de difundir la cultura lo llevó a poner a disposición de algunos alumnos y de casi todos sus pares, su vasta y selecta biblioteca, así como los artículos no registrados en libros que le llegaban a través de revistas y separatas, desde distintas universidades e instituciones privadas.

Siempre generaba un clima propicio para el estudio, para preguntarse acerca del hombre y su destino, para interesarse por la finalidad del arte y para pensar la literatura desde el escritor y sus fantasmas.

A sus concurridas conferencias se sumaban las múltiples presentaciones, prólogos, notas de catálogos y artículos sobre actualidad publicados en diarios y revistas, sus libros y traducciones y sus pinturas y dibujos. Conviene decir sobre estos últimos que los tomó siempre como un descanso de la letra, nunca profesionalmente, lo cual no quita que varios de ellos puedan formar parte de lo mejor que se hizo en Mendoza en informalismo.

Era una personalidad múltiple y su sufrimiento por la injusticia y la estupidez lo llevaban a estados depresivos de los que se evadía a través del humor. Por eso, en ocasiones, sus ironías y sarcasmos parecían gratuitos o meras crueldades intelectuales a quienes no gozaban de su trato personal. De todos modos, sus posibles enconos eran temidos y dentro de la cordialidad del trato había una distancia insalvable, la del respeto y la admiración por el conocimiento en una persona de sensibilidad e inteligencia fuera de lo común.

Esa sencillez que lo caracterizaba, cuando lo veíamos en su casa con bermudas y camisa de mangas cortas, cobraba un halo de fascinación en cuanto hablaba y si estaba en vena humorística, hacía llorar de la risa.

Doctor en Literatura y Filosofía, nacido en Buenos Aires el 22 de diciembre de 1920, Adolfo Ruiz Díaz se radicó en Mendoza -una ciudad para vivir, según afirmaba- en 1953. Quienes pasaron por su cátedra de Introducción a la Literatura o de Estética, saben que fue un maestro de vida y no solo un transmisor, aunque excepcional, de conocimientos.

Su apoyo y aporte a la cultura, sobre todo su defensa de los nuevos movimientos, de las vanguardias y de quienes, como los talentos jóvenes, se arriesgaban a desafiar los moldes consagrados, marcó en Mendoza un nivel de actualidad y de jerarquía impensado para una sociedad conservadora.

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