11 de enero de 2015 - 00:00

“Choque de civilizaciones”, entre la teoría y la profecía autocumplida

Muchos aprovecharán este ataque terrorista para exhibir la anchura de la tensión entre los mundos occidental y musulmán.

La conmoción terrorista en Francia amenaza convertir en profecía autocumplida la polémica e intrigante teoría de que el mundo experimenta un choque de civilizaciones. Esa bandera que elaboró en el libro con el mismo título Samuel Huntington, la desplegó en toda su dimensión el gobierno de George W. Bush como uno de los argumentos de pretensión filosófica para su guerra contra el terrorismo.

La propuesta sugiere que tras el derrumbe del campo comunista, quedó un único coloso en el campo. Que sólo sería confrontado no ya por un frente ideológico sino cultural porque las contradicciones económicas ya estarían superadas. Se trataba de la narrativa del fin de la historia de Francis Fukuyama desde otra óptica, aunque no tan distante de la original.

Las fallas en esa construcción las acabó exhibiendo justamente la historia. Pero ahora la barbarie en Francia puede volver a corporizar esos espectros y quizá con un efecto aún más pernicioso.

El ataque contra una revista desafiante como Charlie Hebdo, la masacre de importantes periodistas y caricaturistas políticos, muestra entre sus perfiles más graves y estremecedores el desprecio a valores centrales de Occidente. La libertad de prensa, básicamente, el derecho a disentir y expresarlo.

No serán pocos quienes aprovecharán este suceso para exhibir la supuesta anchura de la tensión entre los mundos occidental y musulmán, pronosticando otra cruzada. Europa es un caldo de cultivo propicio para esa retórica. Un nacionalismo xenófobo ha rebrotado contra cualquier ideal cosmopolita de la mano de la crisis económica que no cesa y amontona desocupados y pobres en las banquinas.

Muchos de los inmigrantes en el Continente han llegado precisamente de países con fe musulmana y son blanco de quienes sostienen que la madre de las calamidades sociales actuales es sencillamente su presencia. Ligar su fe con la violencia, pavimenta el camino hacia la discriminación. Esa es la escalera con la que suben al poder, o lo intentan, los grupos de ultraderecha.

La cuestión central del grave conflicto de violencia integrista que se observa en este presente global no radica, por cierto, en un choque entre dos mundos. Tampoco es la reacción lineal de masas defraudadas que expresa de este modo su rencor por las miserias que le han tocado. El escenario es bastante más complejo que esas miradas mínimas.

Oriente Medio está experimentando un auténtico descalabro sin precedentes, que se ha venido profundizando al calor de las luchas de poder que libran entre sí las potencias domésticas. La anarquía resultante genera todo tipo de emergentes, el fundamentalismo creciente es uno de ellos.

En los últimos breves años hay Estados en el área que se han diluido, como Irak, a partir de la invasión norteamericana de 2003, o Siria, por la guerra civil que desangra a esa nación desde marzo de 2011.

La razón de esa deriva es que se han cortado las cuerdas con las cuales el Norte mundial mantuvo por décadas sujeto ese armado asociado con todo tipo de regímenes despóticos. La pérdida del control y de la capacidad coercitiva de las potencias que se registra desde fines de la década pasada debido a las mutaciones que produjo aquella crisis global, liberó todo tipo de fuerzas que ahora están a la vista.

Las de las poblaciones que comenzaron a demandar como nunca antes por un cambio que acabe con las tiranías que las sojuzgan, como ocurrió en Túnez, Egipto o Libia durante 2011. Y las de las propias potencias regionales, como Arabia Saudita e Irán, que extendieron la guerra fría que los enfrenta para neutralizar con dosis cada vez mayores de jarabe religioso esas demandas populares y asegurar su lugar de predominio en el tablero en formación.

El ISIS, también llamado Estado Islámico, es un producto de ese caldo. Se trata de la formación más exitosa hasta ahora del fundamentalismo ultraislámico, con un desarrollo impactante desde que apareció a mitad de la década pasada. Controla un tercio de Irak y otro tanto de Siria, donde creó un Califato con más de seis millones de habitantes bajo su control. Es algo que no se atrevió a construir la vidriosa y debilitada red Al Qaeda, a la que adherían al menos dos de los tres terroristas de París.

Esa expansión y victorias militares es vista con orgullo por las poblaciones más marginales de esos páramos. Pero lo central es que esta banda es útil a los poderes locales. Funciona como una punta de lanza contra el teocrático Irán para debilitarlo especialmente después de que Teherán comenzara a coquetear con EEUU.

El derrumbe del precio del petróleo no afecta inmediatamente al gigantesco productor saudita, pero sí estruja la economía debilitada de Irán que produce un millón de barriles diarios, diez veces menos que su adversario. No es casual que el régimen persa haya condenado y con la solidaridad de sus propios dibujantes el atentado en Francia alejándose todo lo posible de este manchón.

El ISIS es, además, un lastre absoluto para los sectores más progresistas de la órbita árabe que demandan una salida republicana. La receta de esta organización y de los califatos y autocracias de esa barriada que la avalan es represión, sojuzgamiento, disciplina y silencio. Para eso usan el Islam como herramienta de control social. Teniendo en cuenta a quienes beneficia, resulta arduo considerar a esa banda como una formación aislada y autárquica.

Los atentados en Europa y el resto del mundo convienen a esos intereses. Cuanto mayor sea la presión sobre este lado del mundo, mayor será la reacción con extremos xenófobos y eso cerrará el círculo del choque de civilizaciones. En un territorio de enfrentamientos no crece la política sino el fundamentalismo. La confrontación debilita a los moderados. De eso se trata. No se equivoca quien prevea que esta virulencia continuará en ritmos cada vez mayores.

Sean lobos solitarios o parte de estructuras organizadas, los terroristas de Francia golpearon exactamente donde esos grupos de poder necesitaban, en un punto de alto valor simbólico para la libertad con el argumento de vengar blasfemias contra el Profeta. Es posible coincidir con quienes creen que no deberían publicarse esas caricaturas.

Pero de ningún modo corresponde cuestionar el derecho a ser publicadas. Resulta razonable que poblaciones sometidas a una guerra crónica, que viven oprimidas o bajo bombardeos incesantes, tienen una sensibilidad que impide comprender que una sátira no es una burla. Como sí lo hacen otros pueblos cuya experiencia vital dista de aquellas calamidades.

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