Seamos obvios. Puede afirmarse sin prejuicios de exageración que algo no ha funcionado bien más de un tercio de siglo después de la recuperación de la democracia en la región. Se suceden las manifestaciones de formas de desintegración institucional, cuya vigencia no debería ser una mera formalidad. Lo que se instituye sobre lo que debería haber, es una mascarada de aquellas formas autoritarias y letales.
Venezuela, la pionera en estas lides, acaba de desintegrar otra vez su tenue división de poderes en un esfuerzo último de campaña para intentar torcer el resultado de las elecciones municipales del 8 de diciembre que desafían al régimen por la estampida inflacionaria y el desabastecimiento.
Es la repetición de una situación que viene del largo mandato casi monárquico de Chávez por medio del recurso de que el Congreso, que es un órgano dominado por el oficialismo, le otorgue poderes especiales al presidente para ahorrarse la burocracia de enviar proyectos que saldrían a mano alzada en el instante que lo dispongan. Esa forma de entender el poder ya tiene asegurada la fidelidad de la justicia a través de una muy colonizada Corte Suprema.
Esta deriva oscurantista sucede no sólo en regímenes de supuesta matriz revolucionaria o declamada impronta socialista como el venezolano. Se extiende, además, con las formas de una crisis oceánica de representatividad en países con democracias transparentes ya asentadas. En las recientes elecciones chilenas más de la mitad de la población votante ignoró las urnas. Se atribuye esa deserción a la novedad del voto voluntario, pero ese es un aspecto externo. Lo crucial es que el ejercicio democrático no convoca porque se lo entiende como un paso formal que nada modifica.
Una enorme masa de jóvenes cree que eso que sucede un domingo cada tanto de elegir representantes es algo que le pasa a otros y que no les concierne porque no se sienten involucrados. Es un fenómeno casi grotesco: los hijos y nietos de las generaciones que pusieron sus vidas para recuperar la legalidad, consideran que votar es tan inútil como la necesidad de informarse y saber de qué se trata.
Este cronista pudo comprobar en Santiago de Chile con una serie de charlas con jóvenes tanto universitarios como trabajadores a quienes se les negó el derecho a estudiar, ese profundo rechazo casi altanero al sistema que tanto costó reconstruir tras la larga noche de la dictadura pinochetista. La síntesis es una población que no se informa y que no quiere votar, que desprecia la democracia y las herramientas para indagar.
Las redes sociales en absoluto cubren ese vacío porque se usa internet para cualquier cosa menos para saber qué sucede, y además con la ventaja de la coartada de que estar delante de la pantalla es suficiente, no importa el pasillo que se recorra en ella. Sería el ideal de las tiranías sino fuera por la furia que se expresa en las calles.
Ese panorama no es de generación espontánea. Ha habido en ese país una ruptura de los acuerdos entre los representantes y la gente. En Chile se evidencia con un páramo de población de más del 60 por ciento que ha sido segregada de la prosperidad con discursos justificatorios de esa violenta contradicción. La frustración y el desengaño están en la base de esa clausura con la realidad que manifiestan las nuevas generaciones.
Es el colapso del mundo feliz como en la novela de Aldous Huxley que refería a un armado recóndito basado en una simulación para el control de las masas y que acababa inevitablemente por estrellarse con la realidad. Y en el que se postulaba que, para obtener una felicidad continua y universal, la sociedad de una u otra manera debía ser manipulada como sucede en la versión grotesca venezolana.
El problema es que si eso no se corrige de un modo honesto y transparente donde todavía hay oportunidad se acabará por crear las condiciones para que los sitios de poder sean ocupados por liderazgos mesiánicos, un fenómeno que no sólo ocurre por nuestras playas sino que es muy visible ya en múltiples comarcas europeas.
El mundo feliz en Venezuela ha sido el de un relato que zozobra hoy por las carencias que se ha autoinflingido. El populismo entendido como la explotación política de la pobreza y no su resolución es decir lo contrario si se quiere a la impronta socialista, requiere de un formidable poder económico para formar las mayorías plebiscitarias que cada tanto reafirmen al líder.
Pero cuando se fragmenta ese domo de retórica porque la caja se vació, lo que aparece es una realidad lacerante y de impacto inmediato. Sólo dos ejemplos de la contradictoria aventura venezolana alcanzan para redondear este punto. Uno de ellos exhibe los verdaderos límites de lo que se relata. Hace un mes, el Hospital Central de Maracay debió devolver a sus casas a tres centenares de enfermos de cáncer debido a la ausencia de medicamentos para mantenerlos con vida.
El otro es más político, y explica además el sentido del alcance no dicho de los poderes especiales que el presidente Maduro se ha otorgado. Hace una semana la Guardia Nacional reprimió la toma de una empresa empacadora de carne del Grupo Souto en Valencia, en Carabobo, en demanda de mejoras en la calidad laboral, incluidos salarios. Es generalizado en el país bolivariano el empleo irregular, en negro, por contrato, sin beneficios sociales y por eso en estas épocas de carencias se multiplican las huelgas y los desafíos al gobierno.
La denuncia en el sitio aporrea.org, lejano de cualquier sospecha de conjuras imperialistas afirma que el choque en esa planta fue tan brutal que 30 obreros acabaron en el hospital y 70 en la cárcel. Los fragmentos del mundo feliz.