22 de noviembre de 2025 - 00:25

Una historia funeraria en el Cementerio de Mendoza: el trágico final del hijo de Manuel A. Sáez

Desde el silencio del Cementerio de Mendoza llega el relato de un suicidio que marcó para expone las sombras detrás de una vida pública brillante.

Dentro del Cementerio de Mendoza descansan vidas que alguna vez agitaron la historia local con grandes gestos, silencios profundos y tragedias imposibles de prever. Entre ellas se encuentra la de un joven cuyo suicidio estremeció a la sociedad mendocina de 1885: el hijo de Manuel A. Sáez.

Su muerte, abrupta e incomprensible, forma parte de una de las historias funerarias más conmovedoras conservadas en los archivos del siglo XIX.

Infancia marcada por la orfandad

La vida de Manuel A. Sáez —figura destacada en la política, la diplomacia y la actividad pública— fue, desde sus primeros años, un entramado de pérdidas y reconstrucciones. Pocos recuerdan que su nombre completo era Manuel Antonio de los Ángeles Saes, tal como figura en el registro bautismal del 1 de noviembre de 1834 en la ciudad de Mendoza. Su infancia estuvo marcada por una sucesión de golpes tempranos: cuando aún era un bebé perdió a su madre, Gregoria Pizarro, sepultada en el Monasterio de San Francisco; y a los diez años quedó también huérfano de padre.

Un joven brillante en Europa

Criado lejos de su provincia, Manuel cursó estudios en un instituto británico en Chile, donde continuó su formación bajo la tutela de profesores y directores del establecimiento. Al heredar un patrimonio considerable, viajó a Alemania. Allí se dedicó con rigor al estudio de las leyes y logró dominar varios idiomas, cualidades que llamaron la atención del propio Federico Guillermo IV de Prusia, quien elogió su inteligencia y su capacidad analítica. Sus inquietudes lo condujeron a recorrer Egipto, Estados Unidos y otros destinos que ampliaron aún más su mirada sobre el mundo.

Regreso a Sudamérica y vida familiar

Tras años de viajes y aprendizaje, Manuel decidió regresar a Sudamérica. En enero de 1856 contrajo matrimonio en Chile con la mendocina Luisa Torres. Ese matrimonio dio dos hijos, entre ellos Julia, nacida en Mendoza y bautizada en noviembre de 1858. Pero la vida conyugal pronto se tornó difícil. Con apoyo del obispo local, Manuel obtuvo la anulación del vínculo, una decisión que generó fuertes críticas en una sociedad profundamente aferrada a las normas religiosas. El clima social adverso lo obligó a retirarse por un tiempo de Mendoza.

Segundas uniones y nuevas pérdidas

Luisa, considerada aún “esposa de Saez” en los registros pese a la anulación, murió joven, víctima de tuberculosis, con apenas veintiséis años. Para entonces, Manuel ya convivía con Clotilde Ojeda, con quien formó una nueva familia y cuyos hijos reconoció como legítimos.

Reconocimiento nacional y regreso a la desgracia

La carrera pública de Sáez alcanzó su punto más alto en 1884, cuando su nombre fue reconocido a nivel nacional durante la presidencia de Julio Argentino Roca. Llamado por Bernardo de Irigoyen, se trasladó a Buenos Aires para dirigir un departamento del Ministerio del Interior. Parecía un período de estabilidad y prestigio. Pero la tragedia volvería a alcanzarlo.

El suicidio que conmovió a Mendoza

El 25 de septiembre de 1885, un suceso desgarrador sacudió el hogar familiar. La prensa mendocina lo narró con crudeza. Ese día, el joven Fernando Sáez participaba del almuerzo cotidiano, sin incidentes visibles. “Antes de terminada la comida —decía Los Andes— el joven Sáez se levantó de la mesa y se fue a su cuarto, notándose que lloraba, pero no se dio mucha importancia”. Creyeron que era una melancolía pasajera, una tristeza propia de la sensibilidad juvenil. Una hora después, un disparo quebró la calma de la casa. Al abrir su habitación, encontraron al muchacho tendido en el suelo, “bañado en su propia sangre y con el arma fatal a su lado”. Se había disparado con un Remington en la cabeza. No dejó notas ni explicaciones. Tenía apenas por delante la vida que recién comenzaba. Miembros actuales de la familia señalan que el motivo fue una mala nota en matemáticas.

Un final que aún resuena en la memoria mendocina

Manuel sobrevivió a su hijo apenas dos años. Su existencia, marcada por viajes, logros intelectuales, rupturas, pérdidas y reconocimientos, terminó siendo un espejo de luces y sombras. Hoy, su nombre permanece en calles y plazas de Mendoza, mientras la historia de su hijo descansa en silencio entre las tumbas del Cementerio de la Ciudad, recordándonos que detrás de cada monumento funerario hay una vida que merece ser contada.

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