La Bodega Familiar Agroecológica De la Tierrita, ubicada en el barrio Juventud Sancarlina de Eugenio Bustos, San Carlos, fue distinguida con el premio Traveller’s Choice 2025 por la plataforma TripAdvisor. Se trata de un reconocimiento que posiciona su propuesta enoturística dentro del 10% de las experiencias más valoradas a nivel global, destacando por su cercanía en la experiencia y la elección a la hora de producir. El reconocimiento se basa en el análisis en el periodo de un año de comentarios y valoraciones dejados por turistas que pasaron el sitio.
“Yo me encargo de mirar si han dejado algún comentario en TripAdvisor”, cuenta Adriana Gómez, una de las fundadoras. “El jueves me llegó un correo diciendo que habíamos sido premiados. Pensé que podía ser falso, así que lo consultamos con la gente del Emetur… Y a los días me contestaron después de que corroboraron ¡y era real! No lo podíamos creer”. La sorpresa se transformó en orgullo y alegría: el premio reconoce años de trabajo artesanal, hospitalidad y una forma de hacer vino que pone en valor lo comunitario, lo rural y lo cercano.
De la tierrita
La Bodega Familiar Agroecológica De la Tierrita fue distinguida por TripAdvisor entre las mejores experiencias turísticas del mundo, integrando el 10% más valorado a nivel global.
Gentileza
Desde hace años, Adriana y Elías Derrache reciben a pequeños grupos en su casa, con tortitas, mate y un recorrido que marida historia, trabajo y vinculo. La experiencia: algunas tareas en viñedo, una charla, la participación activa de elaboración del vino y un almuerzo entrañable, denominado así porque el plato principal es un asado de entraña.
Cada visita se convierte en lo único y particular, que puede durar entre 3 y 7 horas. “Nos dimos cuenta de que lo que para nosotros era una debilidad, abrir nuestra cocina, recibir gente en nuestra casa, en realidad era una fortaleza. Es lo que más emociona a quienes nos visitan”, dice Adriana.
Del vino para los 15 al reconocimiento internacional
La historia de De la Tierrita nace con un gesto familiar. En 1999, con sus hijas, Ludmila de cuatro años y Sofía recién con un año, Adriana y Elías decidieron plantar las primeras cepas junto a su casa. “Un día nos miramos y dijimos: ‘Seguramente, si Dios quiere, en unos años vamos a festejar sus 15. ¿Y si hacemos nuestro propio vino para esa noche?’”, recuerda Elías. Así surgió el viñedo, con la ayuda de contratistas de la zona que les enseñaron a hacer estacas, embarbechar y perfilar las hileras.
De mi tierrita
La historia familiar en las paredes de la bodega.
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El terreno era apenas un espacio de mil metros cuadrados. El nombre de la bodega también nació en ese contexto familiar, según relatan Adriana, cuando sus hijas preguntaban por sus padres, la respuesta era siempre la misma: “están en la tierrita”. Haciendo referencia a la actividad rural que desempeñaban en el viñedo.
El salto hacia la elaboración artesanal
Al pasar los años, se dirigieron a realizar el análisis de su producción a la Cooperativa Vitivinícola de San Carlos Sud, en Chilecito. Ahí les recomendaron acercarse al Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV). Y lo hicieron. En 2006 se inscribieron como elaboradores de vino casero, y en 2010, al sostener la producción, pasaron a ser registrados como elaboradores de vino artesanal.
El registro formal les permitió participar de ferias y encuentros. “Fue todo muy gradual. Queríamos seguir haciendo vino para nuestras reuniones y fiestas, pero el viñedo seguía dando. Entonces nos dimos cuenta de que podíamos mantenerlo dentro de la legalidad y además compartirlo”, cuenta Elias.
Ese proceso también los llevó a vincularse con otros pequeños productores del Valle de Uco. Junto a ellos fundaron la cooperativa Uqueños, una red colaborativa que brinda herramientas compartidas como maquinarias, asesoramiento técnico y formación.
De mi tierrita
La familia De mi tierrita: Adriana, Elías, Ludmila y Sofía.
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“Creamos una herramienta colectiva. Sin esa red, muchos de nosotros no podríamos sostener nuestras producciones. El vino no es solo un producto, es cultura, comunidad, territorio”, explica Elías. La búsqueda de sinceridad atraviesa también el etiquetado de sus vinos: al no saber qué poner en la contraetiqueta, optaron por lo más auténtico, fotos de cosechadores. “Nos parecía más honesto que hablar de frutas rojas o aromas complejos. Para nosotros, el vino sabe a uva, a tierra, a trabajo compartido”.
En esa misma sintonía, sostienen que el vino que elaboran no pasa por madera, decisión que responde a una filosofía clara: expresar sin filtros lo que sucedió ese año en la finca. “Queremos que el vino diga lo que pasó: si llovió, si heló, si hubo sequía. El vino cambia, como cambia la vida”, dice Elías.
Una casa que se volvió bodega y experiencia
La casa familiar fue adaptándose progresivamente a la propuesta turística, pero conservando lo cálido que hace particular a un hogar. Turistas que encontraban el lugar en Google Maps o que llegaban recomendados por otras personas. Luego, el boca en boca, las redes sociales y la participación en un concurso del Emetur. Ahí donde fueron reconocidos como una de las mejores experiencias turísticas de Mendoza, logrando de este modo consolidar el perfil enoturístico del proyecto.
De la tierrita
La viña, la vid, la uva De la tierrita, la bodega agroecológica familiar.
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“Empezamos a transformar nuestra casa. El patio se volvió viñedo, la cocina se volvió espacio de encuentro. Al principio nos daba vergüenza, pero después entendimos que eso era justamente lo que más valoraban: la sencillez, el cariño, la mesa compartida”, cuenta Adriana.
El crecimiento fue acompañado por nuevas decisiones. Como lo fue la herencia de un viñedo en La Consulta, propiedad del padre de Adriana. Al principio se manejaba con agroquímicos, como era habitual en muchos viñedos. Pero el contraste con su experiencia agroecológica los interpelo la filosofía que venían trayendo. “Dijimos: si queremos ser coherentes con nuestra forma de hacer vino, también tenemos que cambiar esa tierrita”, recuerdan.
De mi tierrita
La bodega De mi tierrita ofrece más que la degustación de sus varietales, ofrece experiencia y tradición.
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Desde entonces, trabajan ambas fincas bajo prácticas sustentables, sin químicos ni labranzas profundas, en armonía con la biodiversidad del entorno. También articulan con estudiantes del Instituto de Educación Superior 9–010 del Valle de Uco, estudiantes con orientación en agronomía y agroecología quienes realizan allí sus prácticas profesionalizantes. “Aprendemos mucho de ellos. Nos enseñan cosas que no sabíamos y eso enriquece el proceso. Es un ida y vuelta hermoso”, dice Elías.