21 de junio de 2026 - 12:20

Tiene 81 años, recorre a dedo la Ruta 40 y asegura que el invierno "vuelve la ruta más humana"

A diferencia del turismo masivo, este hombre de 81 años busca el silencio de las heladas porque asegura que los conductores están más atentos y cuidadosos.

A los 81 años, un hombre recorre la Ruta 40 argentina utilizando únicamente el pulgar y la confianza en los conductores desconocidos. Con una mochila liviana, un termo y un mapa arrugado, demuestra que el invierno patagónico no es un obstáculo insalvable, sino el escenario donde el camino se vuelve más humano.

Su método desafía las recomendaciones habituales para el sur argentino. Mientras la mayoría de las crónicas de viaje advierten sobre los peligros de la nieve y el viento blanco, él afirma que en los meses de hielo la ruta se vuelve más "honesta", menos ruidosa y más "nítida". Sostiene que el frío le despeja la cabeza y ordena sus recuerdos.

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¿Por qué el invierno vuelve la Ruta 40 más humana?

El viaje se basa en una percepción particular de la seguridad vial. El viajero comenta: "En invierno la gente maneja con otra atención, otra ternura". Para él, la edad funciona como un abrigo que lo protege de la prisa y lo obliga a escuchar tanto el paisaje como su propio cuerpo, evitando competir o apresurarse en la banquina.

La elección de las heladas responde a la búsqueda de rutas despejadas y luces claras. Al haber menos turistas y bocinas impacientes, la travesía se recorta en escenas que define como más "humanas" y "legibles". Su estrategia es simple: madrugar, leer el cielo y aceptar solo lo que el día ofrece de forma natural. Según relata, "el invierno me enseña límites, me enseña cuidado".

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El pacto silencioso con los conductores de la ruta

Cada aventón con camioneros, maestras o doctores rurales se convierte en un acuerdo cordial. El viajero utiliza una frase que funciona como llave para iniciar el vínculo: "Gracias por frenar, gracias por confiar". En estos encuentros breves, muchos conductores le confiesan historias personales que no le dicen a nadie, aprovechando que se bajarán pronto del vehículo.

Su equipaje mínimo responde a una convicción de liviandad. Lleva una campera de plumas leal, un termo con té dulce, un mapa de papel con bordes gastados, una linterna frontal y un gorro de lana heredado. "Con esto alcanza, con esto basta", asegura, convencido de que lo demás lo presta la gente o la propia geografía. Evita las curvas ciegas y detiene su jornada apenas cae la luz.

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"No digo todavía puedo, digo todavía quiero"

El motor de su marcha es el deseo. Prefiere decir "no me gusta decir 'todavía puedo', prefiero decir 'todavía quiero'", entendiendo la curiosidad como una forma fundamental de salud. Cuando la luz cae, guarda su termo y detiene la jornada sin culpa, guiado por una combinación de instinto y educación que define como su mejor brújula en la ruta.

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