De lavar platos a recorrer el mundo
Ya desde niño, Estados Unidos comenzó a formar parte de la historia familiar de Adrián Pía. Su padre había gestionado la ciudadanía norteamericana para su hijo, y Adrián viajaba con frecuencia. Al principio, sin embargo, el gran país del Norte no lo seducía demasiado.
"Lo detestaba, extrañaba mi vida en Mendoza", recuerda, sonriente, desde Nueva York.
Pero cuando tenía 23 años, Adrián decidió que quería instalarse en la ciudad que -según Frank Sinatra- "nunca duerme". Se fue solo, ya que su hermana y su padre ya vivían en Estados Unidos. Su mamá, en cambio, se quedó en Mendoza, donde todavía vive y a quien Adrián visita todos los años.
Los primeros pasos en Nueva York lejos estuvieron de los emprendimientos y los negocios internacionales que llegarían después. Adrián empezó trabajando en restaurantes, lavando platos. Se fue metiendo en el mundo de la hospitalidad hasta convertirse en gerente de tres locales e ir sumando experiencia.
Ese recorrido inicial le permitió desarrollar la habilidad de vincularse con las personas, algo terminó siendo fundamental para su vida profesional. El ritmo de los restaurantes, el contacto permanente con clientes y equipos de trabajo y la necesidad de comunicarse en inglés le dieron herramientas que después trasladó a sus propios proyectos.
En ese interín hubo otra actividad que llevó a Adrián mucho más lejos (y, literalmente, alto). Hace 15 años comenzó a trabajar como trapecista, una experiencia que lo puso en movimiento y lo llevó a conocer distintos países.
Su primera oportunidad importante llegó en Puerto Rico. Después, una cadena hotelera lo convocó para trabajar en Tailandia y, desde allí, la actividad lo llevó a recorrer distintos lugares del mundo.
"Hacíamos clases de trapecio por la mañana y espectáculos por la noche", cuenta, y aclara que esta actividad sigue siendo parte de su vida. Incluso, durante dos años tuvo una escuela de trapecio en las afueras de Nueva York, y todavía continúa dando clases.
Aunque nunca lo ejerció directamente, el marketing lo acompañó -y sigue acompañando- en cada uno de sus emprendimientos.
Surf eléctrico y negocios con sello internacional
Los años siguieron pasando, Adrián nunca se quedó quieto y así fue como encontró el lugar para abrir distintas compañías y a representar marcas internacionales. Una de ellas, australiana, se dedica a fabricar tablas de surf eléctricas, actividad a la que está vinculado desde hace seis años.
Se trata de aquellas versiones que, justamente por medio de la tecnología, le permiten al usuario mantenerse parado sobre la tabla, y que esta permanezca suspendida en el aire a pocos centímetros de la superficie.
En algún momento, Pía hasta planificó traer esos equipos a Argentina y, particularmente, a Mendoza. Sin embargo, el costo de las tablas y la falta de un mercado consolidado hicieron que el proyecto no avanzara como esperaba.
También representó a una compañía de tablas de SUP, otra de las disciplinas que se sumaron a su recorrido.
En todos esos proyectos aparece, desde siempre. aquella inquietud de incorporar siempre la tecnología a actividades deportivas y encontrar nuevas formas de entrenar. Una búsqueda que hoy tiene a los caballos -otra de sus debilidades- como protagonistas.
Del hockey al polo y un campeonato internacional
Los deportes siempre ocuparon un lugar fundamental en la vida de Pía. Además del surf y el SUP, durante 12 años practicó hockey en el Club Alemán de Mendoza. A ello se suma que hace ocho años tomó sus primeras clases de polo en México, y es una actividad que hoy tiene una presencia fundamental en su vida.
Pero su vínculo con los caballos viene desde mucho antes. De chico solía andar a caballo en Fray Luis Beltrán, en la casa de un amigo.
"Alguien me dijo alguna vez que el polo es como jugar al golf arriba de un terremoto, y es una gran definición", describe, entre risas, para explicar la intensidad y la dificultad de un deporte en el que se combinan velocidad, coordinación, estrategia y el movimiento.
Ya instalado en Estados Unidos, un contacto lo acercó a un argentino que vivía en los Hamptons (en las afueras de Nueva York) y así pudo comprarse su primer caballo. Desde entonces, el polo fue ganando cada vez más espacio en su vida.
Tanto es así que la semana pasada el mendocino participó de un torneo internacional organizado en un club de polo vinculado a la marca de indumentaria Hermès. Participaron cinco equipos, con jugadores de distintos países. Adrián era el único argentino y su equipo, integrado además por un alemán y dos jugadores de Luxemburgo, terminó ganando la competencia.
Tecnología aplicada a los caballos y entrenamiento para la longevidad
Como si su vida ya no estuviese repleta de emociones, desde hace seis años Pía incursionó de lleno en el entrenamiento para la longevidad. La propuesta apunta a trabajar sobre distintos aspectos de la vida cotidiana para cuidar el cuerpo y llegar a edades avanzadas con autonomía.
"Lograr que a los 85 años puedas levantar un papel del piso, pero cuidando el cuerpo, esa es la meta", explica al describir uno de los objetivos de ese enfoque en su vida.
La preparación no se limita al ejercicio físico. Incluye alimentación, nutrición, descanso, actitud, sentidos y entrenamiento cerebral. Según cuenta, sus proyectos llegaron a reunir unos 50.000 clientes y alumnos en distintos países.
Esa experiencia también se cruza con su pasión por el polo. Adrián está trabajando en la incorporación de simuladores de caballos, dispositivos que permiten entrenar sobre una estructura que se mueve y reproduce los movimientos del animal. La idea es utilizarlos para preparar polistas, acompañar procesos de recuperación de lesiones y trabajar con personas que practican salto u otras disciplinas ecuestres.
Está previsto que los equipos lleguen en diciembre. El proyecto busca sumar tecnología al entrenamiento y abrir nuevas posibilidades tanto para deportistas como para quienes necesitan rehabilitación o ejercicios específicos.
Mendoza, la familia y las raíces presentes
Adrián vive actualmente en Manhattan, pero sus caballos tienen una rutina propia. Entre mayo y octubre los lleva a los Hamptons y durante los meses más fríos permanecen en Virginia.
Todos los años vuelve a Argentina para visitar a su mamá y también procura estar en Buenos Aires para la final del polo, que se disputa cada 12 de diciembre.
A pesar de los años en Estados Unidos, hay cosas de Mendoza y de Argentina que siguen pesando. Extraña la cultura, la raíz, las costumbres y, sobre todo, esa forma de compartir.
Eso sí, lo que no añora es la inestabilidad. "El desafío es diario, saber con qué sorpresa nos levantamos en la mañana. Eso lleva a un desgaste innecesario", cierra.