17 de abril de 2016 - 00:00

Sandra Amaya: entre coplas y recuerdos

La gran cantora mendocina acerca su voz íntima en este racimo de anécdotas e imágenes de su niñez. Sus orígenes y elecciones, en primera persona.

Un día como hoy, mientras preparaba las clases y luego me arreglaba para viajar a una escuela de Ugarteche, buscando mis carpetas, no sé por qué me detuve a recordar el día en que llamé por teléfono a la Secretaría de Cultura para buscar el contacto de una persona. De un segundo a otro, alguien, una chica que me atendió, cuando dije quién era, se apresuró a felicitarme con una alegría desbordada.

“¿Por qué?”, le pregunté algo desconcertada. Y me contó que había recibido un premio del concurso “Mendoza suena” en la categoría folclore y en el medio de una crisis personal, todo esto resultó un empujón definitivo para transformar ese entretenimiento de la infancia por cantar en el patio de mis padres en la profesión de cantora. Por supuesto, me puse a llorar. Fue emocionante.

De todas maneras, aquel épico cimbronazo aceleraba, creo, lo inevitable; porque desde mucho antes, incluso antes de saberlo yo misma, la cantora interior rebelde, contestataria, esperaba ya impacientemente emerger y estaba determinada a tomar mi lugar.

En aquel momento recordé también aquel hermoso paisaje familiar; mi padre, mi abuelo materno, mis primos y hermanos tocando sus guitarras, cantando horas en la trastienda de mi casa, en el que las tonadas, las cuecas y los gatos animaban los jardines en las siestas y las madrugadas. 
Me acuerdo de una tonada de mi viejo Angelino. Era muy chiquita, una niña, que decía algo así como "Decime si me querís no me andés entreteniendo, porque tengo otras propuestas que por vos ando perdiendo".

Habían punteos, zapateos, recitados y pasos de baile en esas juntadas. Nunca me olvidé de aquellas simpáticas reuniones. Aunque no era la única que agitaba, sin duda fui la más mimada, la más consentida, porque era la única chica que quería siempre cantar o bailar entre tantos varones. Era todo alegría, una diversión familiar. Una tradición. Pero nunca me imaginé lo que podría pasar en el futuro. Esto ha sido un regalo de la vida porque me ha enseñado mucho.

También me acordé de otro momento, que ahora me provoca mucha risa pero que no fue tan gracioso en realidad cuando sucedió.

La madre de una amiga quería presentar su libro en el que sobresalía el tema de la maternidad y como me había escuchado cantar “Las manos de mi madre”, que por entonces era más conocida en la voz de Mercedes Sosa; me convenció de que la cantara en el lanzamiento, en el teatro Quintanilla.

Buscamos dos guitarristas y me paré en el escenario: me temblaban las rodillas de una forma increíble, y cuando comencé a cantar, en el momento en que se corría el telón, no soporté ver al público y me fui corriendo junto al telón hasta quedar escondida en uno de los laterales. Seguí cantando pero nadie me veía la cara. Fue muy gracioso. Tenía ya 23 años. Ese fue mi debut en el público.

Sin embargo, aquella noticia del premio “Mendoza suena” marcó una bisagra. Y le debo esa movida a una amiga, Silvia Bazán, quien se había enterado del concurso, me ayudó a buscar un guitarrista, me animó desaforadamente y casi me arrastró a registrar un demo. Esa fue mi primera canción grabada en estudio.

Por ahora quiero seguir con el proyecto de copla electrónica de Sonido Guay Neñé con Cristian Del Negro, Lucas Lucchetti y Lea Eskames y, mientras tanto, vengo tocando  con mi banda al mismo tiempo que quiero terminar de grabar mi tercer disco hecho todo a pulmón. Está demorado y falta masterizarlo. El tema central del repertorio es el de los derechos.

Pienso que hay algo de lo que hago que se encuentra en equilibrio entre la caprichosamente llamada “Música del mundo” y lo que destripo desde las raíces del Altiplano o del paisaje del secano huarpe, de la tierra adentro y profunda.

Aunque también el mensaje es importante, tan importante como la composición de las notas y que siempre, o en la mayor parte del cancionero que hago, viene acompañado de una crítica, de una versión de una historia alternativa, sobre todo a lo referido al ser femenino vital, que puede ser tan embrionario como subversivo.

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