El punto oficia de sutura para comenzar a curar esas heridas profundas que lastimaron el corazón y el alma de este Independiente Rivadavia que se ha convertido nuevamente en una institución rehén de los violentos. El repentino fallo del Tribunal de Disciplina de la AFA (salió el viernes) mandaron a la Lepra a tener que hacer de local (a puertas cerradas) en el estadio del Deportivo Maipú. En consecuencia, alteró lo planificado en una semana convulsionada y no sólo por la injusta derrota ante Ferro, sino también por la insólita presencia de una de las facciones de la barra brava para colocar una bandera en la popular, lo que obligó a suspender la práctica del jueves pasado.
Independiente no tiene paz. Y en ese contexto, los jugadores tienen que salir a la cancha a paliar el daño que los fascinerosos ocasionan fuera de ella.
Con sus penurias a cuestas, la Lepra salió con todo ante el puntero de la zona 1 de la Primera Nacional. De hecho, al minuto de juego tuvo en el pie derecho de Matías Viguet la llave para cambiar el desarrollo del encuentro. Pero el ex Boca, solito en el segundo palo, le entró con la de palo (la derecha) y le erró al arco tras un gran centro de Marcioni.
Con el correr de los minutos y el oficio de sus intérpretes, el Cele de Río Cuarto se acomodó mejor y empezó a mandar en el partido. Lógico. Aunque por momentos se mostró respetuoso de Independiente, el equipo de Vázquez está más trabajado que el Azul, que tuvo en Aracena a la figura del partido. Y ese no es un dato menor a la hora de establecer un análisis.
Independiente emparejó las diferencias con voluntad y mucho amor propio. Y si bien le costó horrores generar peligro frente al arco defendido por Adrián Peralta, se animó en los últimos minutos (Pampú González se mostró veloz y muy activo) y estuvo cerca de conquistar la victoria. Por ahora, terminó con su arco en cero y sumó un punto sanador.