21 de septiembre de 2013 - 00:54

La Reserva Federal de EEUU sostiene el "viento de cola”

La decisión de la FED alivia a las economías emergentes, pero deja al descubierto que el ritmo de la economía de EEUU no es el que se esperaba.

Desde hace un puñado de años la economía estadounidense marcha con muletas y de igual modo lo hace buena parte del resto del mundo, al ritmo obligado de esa cojera. El bastón más prominente es el programa de compras de bonos del Tesoro y títulos hipotecarios que realiza periódicamente la Reserva Federal estadounidense.

Por medio de esas operaciones, todos los meses esa institución equivalente a un Banco Central, coloca en el mercado 85 mil millones de dólares. El impacto del mecanismo no es sólo en Estados Unidos. Esa masa aluvional de dinero nuevo, junto con el apetito de commodities alimenticios y energéticos por parte de Asia, está en la base del llamado “viento de cola” que modificó de un modo sin precedentes durante esta década el paradigma de crecimiento de la mayoría de los países emergentes.

A EEUU este programa le ha servido, pero sólo en su primera etapa, inmediatamente después de la crisis global que estalló hace cinco años. Después, los efectos fueron muy relativos y hasta dañinos excepto en el ancho mercado especulativo. Como cualquier medicina que se torna adictiva, estas inyecciones de dinero se convirtieron en parte de la enfermedad.

Mohamed El-Erian, Ceo de la compañía de inversiones que mueve la mayor estructura de fondos mutuos del mundo, escribió en el Financial Times que, efectivamente, el sistema de estímulos esta muy lejos de lograr el desarrollo que se espera y tiene otras consecuencias indeseables. “Fuera de un nivel de crecimiento equilibrado, crea muy pocos empleos y contribuye a grandes desigualdades”, sostuvo.

A mitad de este año, en junio, el titular de la FED, Ben Bernanke, sorprendió al mundo al sugerir que, por aquellas razones, ya estaba llegando el momento de recortar esas ayudas y puso a este mes, setiembre, como el inicio del nuevo capítulo de abandono gradual de las muletas. Pero con esas palabras, las Bolsas se desplomaron alrededor del mundo y las espaldas de los líderes latinoamericanos y asiáticos se estremecieron suponiendo un alza de tasas y la pérdida del flujo de dólares baratos.

Hay que recordar que las condiciones originales del programa de salvataje eran unir un crecimiento sustentable junto con una sensible baja de la desocupación a un nivel de 6,5%, es decir menos de un punto del 7,3% actual. Pero ¿qué sucedió? El proceso produjo, por el contrario, una enorme transferencia de recursos del conjunto social a un vértice concentrado, ampliando la brecha social que detonó con fuerza aquella crisis.

La FED acaba de contradecir los informes optimistas sobre la marcha de la economía norteamericana, admitiendo que el crecimiento del país este año será de 2% contra el 2,3% que se esperaba, e incluso fijó como aún peor la expectativa para el año próximo. En cuanto a la desocupación que la FED advierte como no cumpliendo las expectativas, The New York Times indicó que, según datos oficiales, “la mitad de la baja en la tasa de desocupación que se registra desde el año pasado obedece no a que la gente esté consiguiendo empleo sino a que menos gente lo está buscando”.

Son desocupados crónicos. La otra pata del descalabro de aquel anuncio fueron las consecuencias del impacto negativo que tuvo en el mundo emergente, la única orilla global donde ha habido un crecimiento tangible.

Ese panorama llevó a Bernanke el miércoles último a volver a sorprender anunciando que ponía reversa y que el programa de estímulos se mantendría sin cambios. Pero el daño ya se había consumado de ahí que la euforia en los mercados fue moderada y duró las primeras horas.

Sucede que el anuncio del tapering, el nombre de impronta deportiva que los creativos del

mercado le dieron a la reducción gradual de los estímulos, tuvo efectos similares a si se hubiera ejecutado. Hubo una migración consistente de capitales de la periferia hacia los mercados del Norte mundial en búsqueda de futuras ganancias y que difícilmente regresen. Si bien la FED ha mantenido los tipos de interés planchados, la tasa de la deuda de EE.UU. a diez años saltó de 1,6% a 3% entre mayo y comienzos de este mes debido precisamente a esas expectativas.

El efecto expansivo de esos movimientos es más grave de lo que parece. Los exportadores de maquinaria alemanes, por ejemplo, la mayor economía de Europa y entre la tercera y cuarta del mundo, están experimentando una caída en las ventas de 9% en julio último contra el mismo mes del año anterior, debido a la reducción de las compras por la huida de los capitales de sus clientes en Asia y América Latina.

La movida de la FED es un parche en un dique que agrega, a los problemas de soledad que la Casa Blanca acaba de experimentar en su estrategia sobre Siria, la admisión de que el ritmo de la economía es peor de lo que se esperaba. Pero ese panorama se tornará aún más delicado en el inquietante mapa social, ante la batalla presupuestaria que el gobierno ya comenzó a sostener con la oposición republicana decidida a bloquear un aumento del gasto federal si el presidente no liquida su programa estrella de asistencia médica.

El ingreso de las familias de clase media ha caído en EEUU a su peor nivel desde 1989 y suman 48 millones los norteamericanos que carecen de seguros de salud, cifra semejante a la porción de población más pobre.

A fines de 1938, en EEUU había, igual que ahora, 11 millones de norteamericanos desocupados. El New Deal con el que el gobierno demócrata de entonces enfrentó la mayor depresión del siglo pasado, no había logrado éxito en impulsar la economía como también parece sucederle al actual plan de estímulos de Obama y la FED.

Pero a diferencia de éste, el programa de Franklin Delano Roosevelt tuvo un enorme suceso en el plano social. La fórmula consistió en una extendida estructura de protección similar a la que Europa encararía después de la Segunda Guerra y a una distribución real de los recursos.

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