“Si la ruta de los Balcanes reabriera”, Adel, un estudiante sirio de 20 años, se iría sin perder un minuto a Alemania. Mientras tanto está a la espera de una reubicación en alguna parte de la Unión Europea, un plan europeo que suscita cada vez más interés. A su llegada a Grecia, hace un mes, su objetivo era claro: reunirse en Alemania con su mejor amigo.
Pero tras diez días “insoportables” en Idomeni, frente a la frontera cerrada con Macedonia, Adel se ha dejado convencer por un agente de la Oficina Europea de Apoyo para el Asilo (EASO).
Ahora Adel y cien sirios e iraquíes que pueden optar al asilo están instalados en Livanates, una vetusta ciudad turística a 150 km al norte de Atenas. Felices de tener techo y comida, todos tienen las mismas dudas sobre a qué país serán enviados y cuándo.
El tiempo parece suspendido en el hotel familiar “Edelweiss” que los alberga, en el marco de un programa de alquiler de 20.000 plazas para los refugiados gestionado por el Alto Comisionado para los Refugiados (Ancur) de la ONU en Grecia.
La ciudad tiene pocos habitantes y ninguna distracción, salvo el mar. Llueve. Sólo los juegos y los gritos de los 40 niños que se encuentran en el lugar ofrecen un poco de animación.
“Comer, dormir, nos cansa”, suspira Adel. Tras huir de de Alepo para escapar “a la guerra y al extremismo” pasó 18 meses en Turquía. “No había ningún futuro, sólo la seguridad. Poco importa dónde llegue al final, mientras pueda ir hacia delante”, asegura.