Estás de espaldas o mirando hacia otro lado y aparece una sensación extraña: alguien te observa. Al girarte, efectivamente encontrás una mirada dirigida hacia vos. Esta curiosidad tiene explicaciones relacionadas con la percepción y la visión periférica: nuestro sistema visual utiliza ojos, orientación de la cabeza y otras pistas para estimar hacia dónde presta atención otra persona.
Lo llamativo es que no hace falta haber mirado directamente a sus ojos. Podemos haber registrado información antes de ser conscientes de que la registramos.
Pero también ocurre lo contrario: nos damos vuelta convencidos de que alguien nos mira y descubrimos que no.
Los ojos no son la única pista que utiliza el cerebro
Para saber hacia dónde mira alguien, el cerebro combina distintas señales.
La posición de los ojos es obviamente una de ellas, pero también importa hacia dónde está orientada la cabeza. Experimentos mostraron que modificar la orientación de una cabeza puede cambiar la manera en que juzgamos la dirección de sus ojos.
Y acá aparece algo especialmente interesante.
Los ojos son pequeños. Para distinguir con precisión hacia dónde apuntan cuando alguien se encuentra lejos del centro de nuestra mirada necesitamos bastante información visual.
La cabeza es diferente.
Un experimento de psicofísica comparó qué tan lejos del centro de la visión podían los participantes identificar ambas señales. Los resultados fueron muy distintos: la orientación de la cabeza podía juzgarse incluso en zonas muy periféricas del campo visual, mientras que la dirección exacta de los ojos solo resultaba fiable cuando aparecía relativamente cerca del punto que la persona estaba mirando.
Es decir, quizá no viste conscientemente sus pupilas. Pero sí pudiste registrar que había una cara orientada hacia vos.
La visión periférica puede lanzar la primera alerta
Probá mirar fijamente un objeto delante tuyo.
Sin mover los ojos, todavía podés notar que alguien camina a un costado, que algo se mueve o que apareció una figura. No obtenés el mismo nivel de detalle que mirando directamente, pero esa información periférica puede orientar después nuestra atención.
Los experimentos confirman que también podemos extraer cierta información social de allí. Un estudio que presentó caras durante apenas 150 milisegundos encontró que la capacidad de distinguir miradas empeoraba a medida que esas caras aparecían más lejos del centro visual. Además, cuanto más periférica era la imagen, más peso adquiría la orientación de la cabeza al decidir hacia dónde parecía mirar la persona.
Otro trabajo llegó a una conclusión similar: cuando observamos caras mediante visión periférica, la cabeza adquiere mayor influencia sobre nuestra percepción de la mirada.
Esto permite imaginar una escena cotidiana bastante distinta de un misterioso “sexto sentido”.
Mientras mirabas el celular, una figura apareció en un lateral del campo visual. Su cuerpo estaba quieto. Su cabeza parecía orientada hacia vos. Quizás incluso hubo un movimiento segundos antes.
No pensaste conscientemente en ninguna de esas cosas.
Simplemente te diste vuelta.
El cerebro también prefiere equivocarse algunas veces
Hay otro detalle que explica por qué esa sensación puede aparecer cuando nadie nos observa.
Los seres humanos no exigimos que los ojos de otra persona estén alineados con absoluta precisión para considerar que nos mira. Existe un rango de direcciones que podemos interpretar como mirada directa, fenómeno conocido como “cono de mirada”.
Dicho de otra manera, no percibimos la mirada como un rayo láser perfectamente definido.
Investigaciones muestran que existe variabilidad entre personas en cuánto puede desviarse una mirada antes de dejar de sentirse dirigida hacia ellas.
Y bajo condiciones de incertidumbre aparece un sesgo particularmente interesante: podemos inclinarnos a interpretar una mirada ambigua como dirigida hacia nosotros. Los investigadores han propuesto que este mecanismo reduce el riesgo de pasar por alto una señal social potencialmente importante.
Eso explica las dos caras de la experiencia.
A veces nos damos vuelta y acertamos porque había pistas visuales reales que todavía no habíamos procesado conscientemente.
Otras veces, las pistas eran ambiguas y nuestro sistema perceptivo eligió una interpretación que después resultó incorrecta.
Por eso, esta curiosidad sobre la percepción no demuestra que podamos sentir físicamente una mirada desde cualquier lugar ni que poseamos un sentido especial para detectarla. La visión periférica, la posición de una cabeza, el movimiento y nuestra tendencia a prestar atención a señales sociales ofrecen una explicación bastante más interesante.
Quizás la sensación de “sabía que me estaban mirando” tenga además una pequeña trampa: recordamos especialmente las veces en que nos damos vuelta y encontramos dos ojos apuntándonos; las veces en que giramos y no había nadie mirando son mucho menos memorables.