Una de las invasiones biológicas más extraordinarias de la historia de Australia comenzó con una cantidad que hoy parece insignificante. En 1859 llegaron 24 conejos europeos destinados a una propiedad de Victoria. Esta curiosidad terminó teniendo consecuencias enormes para el ecosistema: décadas después, su población se contaba por miles de millones y ya ocupaba buena parte del continente.
No era la primera vez que había conejos en Australia. Habían llegado ejemplares con la Primera Flota en 1788 y existieron otras introducciones posteriores. Sin embargo, aquellas poblaciones no protagonizaron la expansión que vendría después.
El episodio decisivo ocurrió en Barwon Park, cerca de Geelong.
Los 24 conejos que llegaron para ser cazados
El propietario de esas tierras era Thomas Austin, un terrateniente nacido en Inglaterra aficionado a la caza.
En 1859 recibió 24 conejos importados desde Europa y liberó al menos 13 en Barwon Park con la intención de establecer una población que pudiera utilizarse para caza deportiva, según el documento histórico del plan australiano para controlar la especie.
El plan funcionó mucho mejor de lo esperado.
Solamente siete años después, en la propiedad se registraron 14.000 conejos abatidos. Ni siquiera ese nivel de caza conseguía seguir el ritmo de reproducción de los animales.
Después dejaron de ser un problema localizado.
Para 1874 habían alcanzado Nueva Gales del Sur y durante las décadas siguientes avanzaron por el continente. Un documento del gobierno australiano señala que ya habían cubierto gran parte de su distribución actual hacia 1910.
De unas decenas a una población estimada en 10.000 millones
La magnitud que alcanzó la invasión resulta difícil de imaginar.
Estimaciones históricas sitúan la población australiana de conejos alrededor de 10.000 millones de ejemplares hacia 1920. No es una cifra de un censo exacto —estimar poblaciones silvestres de semejante escala es extremadamente complejo—, pero permite comprender la dimensión que había alcanzado el problema.
Y aquellos animales no simplemente ocuparon territorio.
Los conejos comen semillas y brotes, dificultan la regeneración de árboles y arbustos, compiten con especies autóctonas y contribuyen a la erosión del suelo. El Gobierno australiano los identifica actualmente como la especie invasora citada con mayor frecuencia entre las amenazas para su fauna y flora protegidas: afectan a 322 especies incluidas en la legislación ambiental nacional.
Su presencia también sostiene poblaciones de depredadores introducidos como gatos y zorros, creando efectos indirectos sobre otras especies.
El problema nunca desapareció. Australia recurrió durante el siglo XX a controles biológicos como la mixomatosis y posteriormente la enfermedad hemorrágica del conejo para reducir las poblaciones. Aun así, los animales continúan siendo una plaga prioritaria y provocan pérdidas agrícolas estimadas en hasta 197 millones de dólares australianos por año.
Por eso, esta curiosidad histórica es también un ejemplo extremo de lo impredecible que puede resultar alterar un ecosistema. Aquellos conejos fueron llevados a Australia para algo tan cotidiano en la época como organizar jornadas de caza. Nadie necesitó introducir millones: unas pocas decenas fueron suficientes para iniciar una invasión que el país todavía intenta controlar más de 160 años después.