Tratar a un perro o un gato como integrante de la familia puede reforzar un vínculo afectivo profundo, pero atribuirle necesidades y comportamientos propios de una persona puede generar problemas. El veterinario Vittorio Saettone advierte que el punto no está en cuánto se quiere a una mascota, sino en comprender qué necesita según su especie.
“El riesgo de tener una mascota no reside en quererla demasiado, sino en quererla de forma incorrecta. Los perros y los gatos no son niños: tienen lenguajes específicos, momentos de socialización y necesidades nutricionales que deben comprenderse y respetarse”, sostiene Saettone, jefe de Investigación y Desarrollo de Schesir. Alimentación, ejercicio y socialización son algunos de los aspectos que destaca.
Edad, temperamento, experiencias anteriores y estado de salud modifican sus necesidades.
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Por qué humanizar a un perro o un gato puede perjudicarlo
El problema aparece cuando interpretar al animal desde parámetros humanos termina desplazando sus necesidades biológicas y conductuales.
Por ejemplo, mantener constantemente a un perro en brazos o impedirle explorar y olfatear durante sus paseos puede limitar comportamientos importantes para él.
Algo similar sucede con los gatos. Necesitan oportunidades para desarrollar conductas propias de la especie, como trepar, observar desde lugares elevados, esconderse, explorar y reproducir secuencias de caza mediante el juego.
Humanizar también puede llevar a interpretar incorrectamente ciertas conductas.
Un animal que modifica repentinamente sus hábitos no necesariamente está siendo “caprichoso”, “celoso” o intentando “vengarse”. El cambio puede estar relacionado con estrés, miedo, dolor, enfermedad o alguna alteración de su entorno.
Cuáles son las señales de estrés que puede mostrar un perro
El lenguaje corporal resulta fundamental porque los animales no pueden explicar verbalmente qué los incomoda.
Según Saettone, algunas señales que pueden aparecer en perros son:
- Lamerse los labios o la nariz sin una causa evidente.
- Bostezar aunque no estén cansados.
- Desviar la mirada ante determinadas situaciones.
- Mantener la cola baja o entre las patas.
- Presentar el pelo erizado.
- Jadear sin haber realizado ejercicio ni estar expuestos al calor.
- Temblar.
- Quedarse inmóviles repentinamente.
- Buscar un lugar donde esconderse.
Ninguna de estas conductas permite diagnosticar por sí sola un problema. El contexto y los cambios respecto del comportamiento habitual del animal son fundamentales para interpretarlas.
Humanizar la alimentación también puede convertirse en un problema si implica compartir habitualmente lo que hay en la mesa.
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¿Cómo manifiestan los gatos que algo les genera malestar?
En los gatos, las señales pueden resultar menos evidentes.
- Las orejas aplanadas o desplazadas hacia los lados, las pupilas dilatadas, el movimiento nervioso de la cola, una postura corporal retraída o el pelo erizado pueden aparecer ante situaciones de miedo, estrés o excitación.
- También merecen atención algunos cambios conductuales, como vocalizaciones inusuales, pérdida de apetito o dejar de utilizar repentinamente la caja de arena.
- En este último caso, no conviene interpretar la conducta como una represalia contra su tutor. Un cambio en los hábitos de eliminación puede tener causas ambientales, conductuales o médicas, por lo que requiere investigar qué está ocurriendo.
La comparación más útil no es con otros gatos, sino con el propio animal: un cambio brusco respecto de su rutina habitual puede aportar información relevante.
Es indispensable sacar a las mascotas dos o tres salidas diarias y entre 30 y 60 minutos de actividad.
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Esa distinción resume también la advertencia de Saettone sobre la humanización: querer profundamente a un animal y respetar su naturaleza no son ideas opuestas. En ocasiones, una de las mayores expresiones de cuidado consiste precisamente en dejar de preguntarse qué necesitaría una persona en su lugar y empezar a observar qué está comunicando ese perro o ese gato.