Termina una reunión y, mientras otros simplemente se levantan, alguien vuelve a colocar la silla en su lugar, junta un vaso o acomoda aquello que utilizó. Para la psicología, este comportamiento puede vincularse con la consideración por los demás y las normas sociales: pequeñas acciones que reducen el trabajo que dejamos a quien ocupará ese espacio después.
Lo interesante es que muchas veces nadie pidió hacerlo. No existe un cartel indicando dónde debe quedar la silla ni alguien controlando que la mesa quede exactamente como estaba. La conducta aparece precisamente cuando sería posible marcharse sin hacer nada.
Qué puede mostrar la costumbre de acomodar todo antes de irse
La psicología social estudia los comportamientos prosociales: acciones voluntarias que benefician a otras personas, grupos o a la sociedad. No tienen que ser grandes gestos. Ayudar, cooperar o evitar dejar una carga innecesaria a otro también entran dentro de este universo.
Desde esa perspectiva, devolver una silla, levantar aquello que uno ensució o dejar disponible un espacio puede funcionar como una forma muy pequeña de consideración social.
Existe incluso un concepto relacionado llamado social mindfulness. Se refiere a elecciones en las que una persona tiene presente que su propia acción modifica las posibilidades que quedan disponibles para alguien más.
Distintos experimentos encontraron que tanto niños como adultos evalúan positivamente acciones que dejan opciones o beneficios para otras personas. En estudios con niños, quienes actuaban de manera considerada eran juzgados como más amables que quienes tomaban decisiones sin contemplar al siguiente.
No estudiaban específicamente a alguien acomodando una mesa antes de marcharse, por lo que sería exagerado afirmar que ambos comportamientos son equivalentes. Pero muestran algo relevante: acciones aparentemente insignificantes pueden transmitir información social sobre cuánto tenemos en cuenta a los demás.
El detalle cambia cuando nadie está mirando
Imaginemos dos situaciones.
En la primera, el anfitrión está parado al lado mientras levantamos nuestro vaso. En la segunda, todos se fueron y podríamos dejarlo sobre la mesa sin que nadie supiera quién lo hizo.
La acción exterior es idéntica, pero las motivaciones posibles no necesariamente lo son.
Un experimento de campo realizado en alojamientos de Airbnb encontró que aumentar la sensación de presencia social podía impulsar a los huéspedes a realizar tareas altruistas de limpieza antes de marcharse. Esto muestra que nuestro comportamiento también responde al contexto y a la percepción de otras personas alrededor.
Por otro lado, investigaciones han utilizado incluso recoger la propia basura como medida observable de comportamiento prosocial.
También puede intervenir algo mucho más personal: el gusto por el orden. La estructura de la responsabilidad o conscientiousness, uno de los grandes rasgos estudiados en personalidad, incluye facetas diferenciadas como orden, confiabilidad, control de impulsos, puntualidad e industriosidad.
Por eso, acomodar siempre todo antes de irse no permite descubrir la personalidad de alguien mirando una única escena. Una persona puede hacerlo por costumbre, porque le molesta visualmente el desorden, porque así fue educada o porque piensa inmediatamente en quien tendrá que ordenar después.
Lo interesante para la psicología está en que un comportamiento tan pequeño puede contener una decisión social: “esto podría dejarlo así, pero alguien más tendrá que ocuparse”. Y cuando aparece incluso sin supervisión, la explicación puede ir bastante más allá de conocer las normas sociales o tener buenos modales.