Según la psicología, cuando dos niños se peleaban en un parque, lo resolvían solos con un empujón y disculpas a regañadientes. Antes esto era común, pero hoy la inmediata intervención de un adulto que media y traduce cada emoción bloquea la habilidad infantil para negociar.
La socióloga Markella Rutherford, en su obra "Adult Supervision Required" (Supervisión adulta requerida), documentó detalladamente la rapidez de esta transición social. Su análisis demuestra que la independencia personal fue la recomendación predominante en los manuales de crianza hasta la década de 1950. La tendencia cambió en los años ochenta, cuando los comportamientos de autonomía infantil considerados normales comenzaron a catalogarse como negligencia de los padres.
¿Cómo cambió la crianza desde los años 50 hasta la actualidad?
El psicólogo de Boston College, Peter Gray, dedicado a estudiar los efectos del juego libre, señala la importancia de este espacio sin supervisión constante. Es allí donde se produce un aprendizaje fundamental e invisible, pues los niños "aprenden a negociar con sus compañeros de juego, a lidiar con los desacuerdos". Sin adultos cerca, se ven obligados a buscar sus propias palabras para salir del conflicto.
La sobreimplicación actual tiene consecuencias prácticas. Esta falta de práctica cara a cara se traslada con los años a los chats grupales, disputas entre compañeros de habitación o problemas cotidianos en residencias universitarias, donde los jóvenes eluden por completo conversar directamente con el afectado y recurren a sus padres para que intervengan y solucionen la situación en su nombre.
¿Qué consecuencias tiene la sobreprotección en los jóvenes de 18 años?
Las investigaciones de las últimas décadas demuestran que la sobreprotección debilita a los jóvenes. Un metaanálisis de 53 estudios independientes, que incluyó a más de 46.000 jóvenes adultos, reveló que los mayores niveles de sobreimplicación de los padres se asocian de forma consistente con una menor autoeficacia y con habilidades de autorregulación significativamente más débiles cuando ingresan a la universidad.
Esta capacidad de comunicación directa no se adquiere automáticamente al cumplir dieciocho años. Para desarrollarse, esta habilidad requiere necesariamente de una repetición constante y de haber experimentado previamente la incomodidad de un desacuerdo sin árbitros en entornos pequeños y seguros, como aquellos antiguos patios de recreo donde ningún adulto intervino para resolver el conflicto.