El Evangelio de hoy, Jesús dice: "No le vayas a contar esto a nadie. Pero ve ahora a presentarte al sacerdote', entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre". El Papa Francisco en el la homilía "Acortemos las distancias", Santa Marta, viernes 26 de junio de 2015 explica: "Y toda la gente, explicó, «había escuchado sus catequesis: estaban maravillados porque les hablaba “con autoridad”.
"Esta gente' comenzó a seguir a Jesús sin cansarse de escucharlo. De tal modo que esas personas «se quedaron toda la jornada y, al final, los apóstoles» se dieron cuenta de que seguramente tendrían hambre. Pero para ellos «escuchar a Jesús era una alegría». Y, así, «cuando Jesús terminó de hablar, bajó del monte y la gente lo seguía» reuniéndose «alrededor de Él». Esta gente, recordó, «iba por las calles, por los caminos, con Jesús».
Pero «había otras personas que no lo seguían: lo miraban de lejos, con curiosidad», preguntándose: ¿pero quién es este?». Por lo demás, explicó el Papa Francisco, «no habían escuchado las catequesis que tanto maravillaban». Y así, había «gente que miraba desde la acera» y «otras personas que no podían acercarse: les estaba prohibido por la ley, porque eran “impuros”». Precisamente entre ellos estaba el leproso del que habla san Mateo en el Evangelio.
«Este leproso —destacó el Papa Francisco— sintió en su corazón el deseo de acercarse a Jesús, se armó de valor y se acercó». Pero «era un marginado», y, por lo tanto, no podía hacerlo». Pero «tenía fe en ese hombre, se armó de valor y se acercó», dirigiéndole «sencillamente su oración: “Señor, si quieres puedes limpiarme”, remarcó el Papa Francisco en el la homilía "Acortemos las distancias", Santa Marta, viernes 26 de junio de 2015.
La Palabra de Dios nos brinda una oportunidad para la reflexión. A continuación, compartimos las lecturas del viernes 26 de junio de 2026 según el Vaticano.
Segundo libro de los Reyes
2 Reyes 25, 1-12
El día diez del mes décimo del año noveno del reinado de Sedecías, Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén con todo su ejército, la sitió y construyó torres de asalto alrededor de ella. La ciudad estuvo sitiada hasta el año undécimo del reinado de Sedecías.
El día nueve del cuarto mes, cuando el hambre había arreciado en la ciudad y la población no tenía ya nada que comer, abrieron una brecha en la muralla de la ciudad. El rey Sedecías y sus hombres huyeron de noche por el camino de la puerta que está entre los dos muros del jardín del rey, y ocultándose de los caldeos, que tenían cercada la ciudad, escaparon en dirección al desierto.
El ejército caldeo persiguió al rey y le dio alcance en los llanos de Jericó, donde su ejército se dispersó y lo abandonó. Los caldeos capturaron al rey y lo llevaron a Riblá, donde estaba Nabucodonosor, rey de Babilonia, quien lo sometió a juicio. Nabucodonosor hizo degollar a los hijos de Sedecías en su presencia, mandó que le sacaran los ojos y lo condujo encadenado a Babilonia.
El día séptimo del quinto mes del año décimo noveno del reinado de Nabucodonosor en Babilonia, Nebuzaradán, jefe del ejército caldeo y súbdito del rey de Babilonia, entró en Jerusalén, quemó el templo del Señor, el palacio real y todas las casas de Jerusalén. Los soldados caldeos, que estaban con el jefe del ejército, destruyeron las murallas que rodeaban la ciudad. Nebuzaradán deportó al resto de la población y también a los que se habían rendido al rey de Babilonia, y sólo dejó a algunos campesinos pobres para trabajar las viñas y los campos.
Marcos 8, 1-4
En aquel tiempo, cuando Jesús bajó de la montaña, lo iba siguiendo una gran multitud. De pronto se le acercó un leproso, se postró ante él y le dijo: “Señor, si quieres, puedes curarme”. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciéndole: “Sí quiero, queda curado”.
Inmediatamente quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: “No le vayas a contar esto a nadie. Pero ve ahora a presentarte al sacerdote y lleva la ofrenda prescrita por Moisés para probar tu curación”.
Es palabra de Dios.