Revisar el pasado desde la perspectiva presente

Es preciso hacer explícito el papel mediador que cumple el historiador entre el pasado y su reconstrucción.

El intercambio enriquece la valoración histórica.  Foto: Los Andes
El intercambio enriquece la valoración histórica. Foto: Los Andes

Recientemente tuve la oportunidad de disertar en la Biblioteca Municipal Popular Juan Bautista Alberdi, a propósito de la reciente celebración del Día del Historiador, en acto organizado por esa institución de Luján de Cuyo.

Primero brevemente quiero referirme al servicio de las bibliotecas, y en particular de esta biblioteca. Reconocer a los y las que trabajan para tenerla tan bonita, por abrirla cada día, por acoger a los lectores con cariño, por imaginar insistentemente como atraer lectores, por pensar y expandir el placer literario a otras actividades artísticas. En fin, por insistir obstinada y generosamente en encontrar caminos para que la imaginación, la sensibilidad, el placer, inunde en palabras y nos envuelva a las y los lectores.

Agradecer por la invitación y por el reconocimiento como historiadora que entiendo no tanto como personal, sino colectivo. Sin falsa modestia, porque pienso que, tal vez, hoy a través mío, se quiere nombrar a una multitud de cultoras y cultores de esta profesión tan noble. Colegas, compañeras y compañeros, amigos y amigas que trabajan en las escuelas, en la universidad, en los centros de estudios, en las asociaciones civiles. Y quiero decirlo porque corresponde en un momento en que la producción científica, artística, docente parece haber entrado en un cono de sospecha.

Qué decir de la historia, esta hermosa profesión. Entre la multitud de cosas que podría decir y que aprendí de mis maestras y maestros, de grandes historiadores, señalaría dos cosas: la historia como un ejercicio para descifrar enigmas, para comprender. Y la historia como ejercicio que posibilita la conversación pública.

El pasado es una cantera de interrogantes que requieren ser pensados, repensados constantemente. Miramos para atrás, pero esa mirada siempre o casi siempre es desde perspectivas diferentes y desde momentos diferentes y por eso no sólo hay múltiples miradas, sino que además pueden cambiar, deben cambiar constantemente. La mirada sobre el pasado no se congela. No debiera congelarse. Porque si lo pensamos, el pasado es una materia intangible, que espera siempre que lo restituyamos, desde presentes diversos, desde perspectivas múltiples. Allí reside su potencia y su atractivo.

Pero esa pretensión de revisar el pasado desde la perspectiva presente se pone en tensión con otro propósito: ir al encuentro del pasado es un viaje a la incertidumbre, a lo que desconocemos y queremos descubrir. Eso supone también tratar de despojarse un poco de los intereses más inmediatos. Tratar de entender otros tiempos, otros intereses, otros contextos que no son los nuestros. Como diría Marc Bloch “meterse en los zapatos” de esos otros y otras de otro tiempo. En esa tensión siempre estamos los historiadores y las historiadoras. Entre pensar el pasado desde el presente, pero sin pecar de anacronismo, que siempre resulta un desvío no recomendable.

Es esa tensión lo que hace que el pasado no pueda resolverse en un relato único y consagrado. Esa tensión, es lo que lo convierte en una materia polémica y lo hace disponible para nuevas reinterpretaciones. El relato del pasado no debiera -creo- ser doctrina ni argumento para moralizar o establecer clasificaciones que dividan entre lo auténtico, lo verídico, lo indiscutible, y su opuesto: lo falaz, lo engañoso. Lo bueno y lo malo, Lo blanco y lo negro. Debiera, es siempre – pienso- hipotético, precario, pleno de matices, una reconstrucción que requiere de argumentos que lo vuelvan verosímil y creíble.

Al fin, si acordamos con esto, es preciso hacer explicito el papel mediador que cumple el historiador entre el pasado y su reconstrucción. Todo relato siempre supone ese mediador o mediadora: el historiador o la historiadora que relata. Y entonces resulta que es estrictamente necesario, no desconocer esa distancia si queremos ser fieles al oficio.

Reconocer esa distancia le resta solemnidad y ceremonia al oficio. Y eso es bueno, creo. Porque facilita la apertura y el intercambio con muchas voces, porque exige sortear el dogmatismo. Porque pide ensayar, ejercitar y abrir el trabajo al diálogo y la polémica. Eso que quise evocar al principio cuando me referí a la historia como un ejercicio de “conversación pública”, una práctica tan digna, tan maravillosamente inspiradora, pero tan vapuleada y maltratada en los últimos tiempos.

*La autora de esta nota es profesora de Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo y magíster en Ciencias Sociales de la Flacso.

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