Los Andes evocó en 1898 quince años de su fundación a través de una breve columna en la que celebraba haberse consolidado como exponente del periodismo argentino. Lo había hecho gracias a la tenaz labor de su propietario, el Dr. Adolfo Calle, y un grupo de tipógrafos duchos en política y en el manejo de la imprenta que no sólo publicaba el periódico, sino que ofertaba tarjetas, papeles, afiches y hojas sueltas destinadas a difundir noticias y actividades en la ciudad. El éxito de la empresa periodística se traducía en que había cruzado el umbral de un diario sujeto a la contienda política o electoral que le había dado origen en 1883, y había conseguido surfear el subsidio (o apoyo gubernamental) para defender la “autonomía” e intereses de la provincia cuyana, a despecho del influyente círculo de los Civit que controlaba los resortes del poder territorial. En ese lapso, había ampliado el universo de lectores en el ámbito local, y en el país, gracias al sistema de suscripciones (mensual o anual), la venta callejera a cargo de niños y el aumento sostenido de avisos publicitarios que ponían a disposición del público un abanico de bienes y servicios que marcaban la tónica del vigoroso proceso de modernización económica, social y cultural que venía transformando la vida pública provinciana. Que la oferta publicitaria ocupaba un renglón primordial en la consolidación de la empresa salta a la vista al constatar que los avisos y la propaganda oficiaba de portada y ocupaba más de la mitad de sus páginas. En el medio, proliferaban noticias del mundo globalizado, la política nacional y las tribulaciones provinciales con especial atención a la administración de la justicia y de las municipalidades las cuales aparecían salpicadas de crónicas policiales, actividades sociales y religiosas, y la cartelera de eventos culturales donde relucían los espectáculos ofrecidos por compañías de teatro arribadas de Buenos Aires o Santiago de Chile.
Varios factores habían favorecido su desarrollo. Ante todo, el arribo del ferrocarril a la capital en 1885 había acelerado la conexión con las provincias del litoral, y sus principales urbes, Rosario y Buenos Aires, que ya concentraban multitudes urbanas compuestas de nativos e inmigrantes europeos. Aquellos vagones no sólo cargaban mercaderías, maquinarias y el vino que, a través de consignatarios e intermediarios, surtía el mercado de bebidas en expansión. También facilitaba el ingreso de quienes habían bajado de los barcos que aspiraban “Hacer la América” en virtud de la escasez de mano de obra, salarios más altos a los que percibían en sus pagos de origen o porque el acceso al comercio o la producción vitícola se había visto facilitado por la venta o fraccionamiento de propiedades rurales con o sin acceso al agua. A esa altura, la vitivinicultura estaba modificando el paisaje agrícola, y los establecimientos destinados a “fabricar vinos” habían crecido en número y capacidad de elaboración. Mientras en 1883 cuando Los Andes se lanzó al ruedo, existían 2.788 ha cultivadas con viña y alfalfa –siendo baja la densidad de cepas por hectárea–, al finalizar el siglo 17.830 ha fueron incorporadas a modernas explotaciones vitivinícolas. A su vez, los cambios en las bodegas también se hicieron patentes: en 1887 ya existían 420 bodegas pequeñas, pero en 1899 el número se elevó a 1.084 y algunas incorporaron tecnología de vanguardia para aumentar la producción en función del aumento de consumidores en ciudades y pueblos de la región pampeana o en las metrópolis. El crecimiento agroindustrial fue correlativo al aumento de la población ante el ingreso de contingentes enormes de inmigrantes europeos: vale anotar que en 1869 el total de la población no llegaba a 70 mil habitantes y en 1895 la población alcanzó un total de 116.142 habitantes; es decir, que había crecido un 155%, y seguiría en aumento hasta 1914.
Los anuncios del 20 de octubre constituyen una estupenda fotografía de esa sociedad y economía en pleno movimiento la cual exigiría al gobierno crear una modesta Oficina de Estadísticas destinada a cuantificar la transformación, y planificar instrumentos de gobierno en materia de servicios públicos y para controlar la creciente conflictividad social derivada del hacinamiento urbano en los conventillos y la discreta inversión en salud, educación e infraestructura. No era para menos: la salida de la crisis económica de 1890 había dejado más de un herido por lo que los litigios por deudas informales o créditos hipotecarios habían afectado el mercado de tierras e inmuebles mediante ventas, remates y disputas por títulos de propiedad de fincas o terrenos rústicos que estaban pendientes de resolución desde los tiempos de la independencia. Los avisos publicados aquel día, como los anteriores y posteriores, ponen de relieve el papel del arriendo de tierras como resorte de esa bullente crisis de crecimiento a la que apelaron propietarios nativos y extranjeros para sobrellevar la crisis y disminuir riesgos.
Aun así, la nutrida sección de clasificados ilustra la diversificación y sofisticación de consumos domésticos: sobre todo, los ofertados por confiterías y almacenes que alimentaban el “buen gusto” en la ciudad en tanto ofrecían a sus clientes desde bombones y caramelos hasta fiambres, aceites y conservas europeas junto al infaltable salón de billar frecuentado por varones. Tales cambios no eran independientes de las transformaciones habidas en la esfera cultural de la vieja aldea: allí reluce la persistencia del folletín como vía de acceso a las prácticas de lectura literarias entre los alfabetizados, los libros ingresados a la biblioteca pública, las conferencias del Colegio Nacional, los homenajes brindados a los próceres de la patria y la difusión de las comedias montadas por compañías de italianos en el teatro San Martín. Con ello, la lectura y la gráfica de Los Andes de 1898 no sólo pone de relieve un capítulo crucial de la historia mendocina, sino que incita a promover políticas culturales orientadas a preservar el acervo documental provincial mediante intervenciones concretas con el propósito de reparar su regular descuido u olvido oficial.
* La autora es historiadora del CONICET y de la UNCuyo.