“No se puede reformar la institución si no se han reformado anteriormente las mentes;
La UNCuyo mantiene una notoria distancia respecto del cambio de paradigma científico y del pensamiento complejo. La nueva conducción tiene hoy la oportunidad de reducirla y comenzar una transformación que atraviese la enseñanza, la investigación y la propia organización universitaria.
“No se puede reformar la institución si no se han reformado anteriormente las mentes;
pero no se pueden reformar las mentes si no se ha reformado anteriormente la institución.”
Edgar Morin, De la reforma universitaria, 2001.
La paradoja formulada por Edgar Morin adquiere en la UNCuyo un significado singular. La nueva rectora, Adriana García es autora, junto con María Gabriela Vásquez, de la obra colectiva Historia y complejidad bajo la lupa. Problemáticas culturales en la enseñanza (EDIFYL, 2025), obra cuya perspectiva teórica se apoya reiteradamente en el pensamiento del propio Morin. La nueva rectora conoce, por lo tanto, la necesidad de reformar simultáneamente las ideas y las instituciones. Precisamente por eso su llegada abre una posibilidad, pero también plantea una exigencia: convertir ese conocimiento en política universitaria.
La ciencia del siglo XXI se ocupa de relaciones, redes, incertidumbre, emergencia y procesos no lineales. Sin embargo, nuestras universidades siguen organizadas, en buena medida, con la lógica de una máquina: facultades separadas, procesos de enseñanza estandarizados e igualitarios, disciplinas que apenas dialogan, jerarquías rígidas y procedimientos concebidos para controlar desde arriba una realidad que ya no admite respuestas simples.
La Universidad Nacional de Cuyo no escapa a esa contradicción. Produce conocimientos valiosos y reúne docentes, investigadores, estudiantes y personal de enorme capacidad, pero continúa encerrando ese potencial en una arquitectura académica cartesiana y newtoniana. Los problemas contemporáneos son multidimensionales e interdependientes; la institución que debe estudiarlos permanece fragmentada.
Ese distanciamiento no puede atribuirse a desconocimiento. En 2008 la UNCuyo distinguió como Doctor Honoris Causa a Rolando García, discípulo y colaborador de Jean Piaget y uno de los científicos argentinos que con mayor rigor desarrolló una metodología para estudiar sistemas complejos. En 2024 confirió la misma distinción a Daniel Innerarity, cuya teoría de la democracia compleja explica por qué las formas tradicionales de gobierno resultan insuficientes ante sociedades inciertas e interdependientes.
Las conducciones de 2008 y 2024 desperdiciaron una oportunidad excepcional. Conservadoras y tradicionalistas, fueron capaces de reconocer solemnemente la ruptura intelectual que encarnaban García e Innerarity, pero fueron incapaces o ineptas de permitir que alcanzara los planes de estudio, las estructuras académicas o los modos de ejercer el poder. Administraron ceremonias allí donde la hora reclamaba los cambios epistémicos —y, por su magnitud, épicos— necesarios para transformar la Universidad.
Tampoco la alternancia política modificó esa conducta. Radicales y peronistas gobernaron con discursos diferentes, pero fueron igualmente conservadores cuando llegó el momento de revisar la matriz institucional. Cambiaron autoridades y alianzas; no cambió el paradigma. La UNCuyo se actualizó en tecnologías y procedimientos, pero continuó aferrada a una concepción tradicionalista y paradigmáticamente retrasada.
Ese distanciamiento, sin embargo, no es irreversible. La nueva conducción puede hacer que la complejidad deje de ser un conocimiento reconocido en los libros y se convierta en un principio transversal de enseñanza, investigación y gestión universitaria.
¿Qué significaría hacerlo? Incorporar transversalmente a todas las carreras los aportes de la teoría general de sistemas, la cibernética, la autoorganización, la autopoiesis, las estructuras disipativas, la teoría del caos, los atractores, la emergencia, la no linealidad, la retroalimentación, la ley de variedad requerida, la ecología, la entropía y la neguentropía, la geometría fractal, las ciencias cognitivas, el constructivismo y las nuevas concepciones sobre el poder y los límites del control externo.
Significaría también construir puentes entre las unidades académicas, favorecer equipos transdisciplinarios y reemplazar la ilusión del control central por formas de coordinación capaces de aprender, experimentar y corregirse. La complejidad no es una asignatura adicional: es otra manera de conocer, organizar y actuar.
Al asumir las nuevas autoridades me dirigí respetuosamente a ellas con propuestas concretas para iniciar una estrategia progresiva de inmersión en este paradigma. No recibí respuesta alguna. Ese silencio preocupa, pero no clausura la oportunidad. Como señala Morin, la reforma de las mentes y la reforma institucional se necesitan mutuamente. Alguien debe comenzar a romper ese círculo.
* El autor es doctor en Derecho y Ciencias Sociales. Investigador en Teoría Sistémica y Complejidad.