La epidemia mundial de COVID-19, fue un evento que actuó como un catalizador global, implicando un cambio sin retorno. Sumado a la transformación tecnológica exponencial, han dado origen a lo que denomino la Globalización 2.0. Esta no es una simple extensión de la globalización del siglo XX, sino una transformación profunda, un verdadero cruce de caminos para el poder global y el sistema internacional, muy diferente a la “desglobalización” que supone su quiebra. Es un cambio de formas de actuación con nuevos y complejos mecanismos.
La naturaleza del conflicto, tal como la conocíamos en el siglo XX, ha experimentado una metamorfosis radical en la Globalización 2.0. Las confrontaciones ya no se limitan a los campos de batalla convencionales o a los ejércitos tradicionales; han evolucionado hacia un espectro de amenazas multifacéticas que desafían la seguridad y la soberanía del Estado-Nación, exponiendo su creciente fragilidad.
En este nuevo escenario, los viejos paradigmas de poder se desvanecen. La reconfiguración post-guerra fría no solo dio paso a nuevas potencias, sino que alteró la esencia misma de lo que significa ejercer poder. El conocimiento, si bien por un tiempo pareció llamado a superar la riqueza en la conformación del poder estatal, ha sido mediatizado y subsumido por esta última, dando lugar a corporaciones que "poseen" la aplicación tecnológica y la propiedad intelectual globalizada. Esta transición de un orden unipolar a un sistema internacional policéntrico y más volátil, nos obliga a reexaminar la dinámica geopolítica con una lente completamente nueva, donde la fragilidad y la incertidumbre son la nueva norma.
La Fragilidad del Estado Frente a Nuevas Amenazas
Históricamente, la capacidad de un Estado para proteger sus fronteras, su población y sus intereses se medía en gran parte por su poder militar convencional. Sin embargo, en la actualidad, esta visión resulta incompleta. La velocidad con la que surgen y se propagan las nuevas formas de agresión erosiona la capacidad de los gobiernos para responder eficazmente, creando una profunda vulnerabilidad. Esta fragilidad se manifiesta en la gobernanza, la cohesión social y la propia capacidad del Estado para asegurar el bienestar y la protección de sus ciudadanos. Las amenazas trascienden lo militar, impactando directamente la economía, la información y la infraestructura crítica, haciendo que el Estado sea permeable a ataques que no implican una declaración de guerra formal.
La Guerra Económica, Tarifaria y de Recursos
Uno de los pilares de este nuevo tipo de conflicto es la guerra económica, una estrategia donde las armas no son balas ni misiles, sino aranceles, sanciones, embargos y la manipulación de las cadenas de suministro. Este tipo de confrontación busca debilitar a un adversario minando su prosperidad económica y su estabilidad interna. El impacto de las sanciones impuestas por una coalición de países, los bloqueos comerciales o las guerras tarifarias puede tener efectos devastadores, provocando inflación, desempleo y descontento social, amenazando la estabilidad regional y global. La interdependencia que caracteriza a la Globalización 2.0 convierte la economía en un campo de batalla de alta intensidad.
Dentro de este panorama, el extractivismo y el rol crucial de las Tierras Raras han emergido como un factor geopolítico de primer orden. Los 17 tipos de metales conocidos como tierras raras son ingredientes indispensables para la tecnología moderna, desde teléfonos inteligentes hasta armamento avanzado, vehículos eléctricos y energías renovables. La concentración de su extracción y procesamiento en pocas manos, notablemente China, convierte el control de estos recursos en una palanca de poder estratégico. La competencia global por estos minerales se traduce en disputas territoriales (como el renovado interés en el Ártico, que de "remota e irrelevante" ha pasado a ser un "centro de interés estratégico" por sus recursos y rutas de navegación), alianzas y presiones políticas. La manipulación de sus cadenas de suministro puede paralizar industrias enteras y afectar la seguridad nacional de cualquier país dependiente.
La Era de las Armas No Convencionales (Tecnológicas y No Letales)
El avance tecnológico ha dado origen a una nueva categoría de armamento que opera en dominios previamente inimaginables, alterando la noción tradicional de fuerza letal.
Los drones, antaño herramientas de vigilancia, son ahora plataformas multifuncionales capaces de llevar a cabo ataques selectivos, reconocimiento y desestabilización a bajo costo y con mínimo riesgo para el atacante. Su proliferación democratiza el acceso a capacidades militares avanzadas, tanto para estados como para actores no estatales.
Las armas electromagnéticas representan una amenaza silenciosa, pero de vastas consecuencias. El pulso electromagnético (EMP), generado por explosiones nucleares a gran altitud o dispositivos específicos, puede freír los sistemas electrónicos de una región entera, paralizando infraestructuras críticas (energía, comunicaciones, transporte) y sumiendo a las sociedades en el caos. La guerra electrónica, por su parte, busca interferir y degradar las capacidades de comunicación y navegación del adversario, ciega a sus fuerzas y las deja vulnerables.
La ciberguerra se ha consolidado como un dominio de conflicto constante. Ataques a infraestructuras críticas, como redes eléctricas o sistemas de salud, son una realidad. La desinformación y las campañas de influencia operan para socavar la confianza en las instituciones y polarizar a la sociedad, mientras que el espionaje cibernético se convierte en una herramienta fundamental para obtener ventajas estratégicas, ya sea a nivel estatal o corporativo.
El Resurgimiento de Amenazas Biológicas y Químicas (Naturales y Sintéticas)
Finalmente, la sombra de las armas biológicas y químicas, que el mundo creyó haber confinado a las páginas de la historia, ha vuelto a alargarse. Los avances en biotecnología, combinados con la Inteligencia Artificial (IA), plantean nuevos desafíos alarmantes.
La IA, con su capacidad para procesar ingentes cantidades de datos y modelar moléculas, podría generar miles de nuevas armas químicas, muchas de las cuales no figuran en ninguna lista de vigilancia. Este desarrollo revierte el progreso logrado en medio siglo para abolir las armas químicas y establecer normas sólidas contra su uso. En el ámbito biológico, la investigación de ganancia de función, si bien ofrece beneficios médicos potenciales, conlleva riesgos significativos de doble uso. Sistemas avanzados de IA facilitan la identificación de factores de virulencia y el diseño in silico de nuevos patógenos. Más preocupante aún, los modelos de lenguaje de gran tamaño pueden poner información potencialmente peligrosa para la adquisición y uso de patógenos peligrosos al alcance de un público mucho más amplio, reduciendo la barrera de competencia necesaria para actos maliciosos.
En resumen, la metamorfosis del conflicto conduce a una redefinición de la seguridad nacional, muy diferente a mera actualización del arsenal bélico. La guerra económica, el extractivismo de recursos estratégicos, las armas no convencionales basadas en tecnología y el resurgimiento de amenazas biológicas y químicas, todos operando en un entorno de "aceleración del futuro", exigen una comprensión y una respuesta que trascienda los enfoques tradicionales, ante la innegable fragilidad de los estados. Se impone un gran esfuerzo para entender cuál o cuáles son los problemas para diseñar las políticas adecuadas.
* El autor es director del Centro a de Globalización y Prospectiva.