17 de octubre de 2026 - 00:20

El desafío de Mendoza: crecer sin perder la ciudad

Una ciudad no es solamente un lugar donde vive gente. Es un lugar donde la gente se encuentra. El problema no es que existan desarrollos privados. El problema aparece cuando dejan de ser parte de la ciudad y empiezan a reemplazarla. El valor urbano no está solamente en que mucha gente viva cerca. Está en que pueda encontrarse. De esos encuentros surgen cultura, conocimiento, actividad económica, instituciones, innovación y oportunidades.

¿Y si el problema de Mendoza no fueran las torres?

Hace años discutimos si un edificio debería tener diez, quince o veinte pisos. Mientras tanto, Mendoza continúa expandiéndose hacia afuera: urbanizaciones, barrios privados y desarrollos aislados ocupan territorios cada vez más alejados de la ciudad consolidada.

Y quizás ahí esté el verdadero problema.

El riesgo no es que Mendoza crezca. El riesgo es que crezca hasta dejar de ser una ciudad.

Podemos terminar con una ciudad consolidada cada vez más pequeña en términos relativos, rodeada de desarrollos que resuelven dentro de sus propios límites la vivienda, la seguridad, el ocio, el deporte, el comercio y hasta algunos servicios. Cada uno puede funcionar perfectamente por separado. Pero si cada pieza funciona como una isla, la ciudad pierde espacios de interacción y se debilita su capacidad de generar algo nuevo.

Mendoza seguiría estando en el mapa. Pero podría convertirse poco a poco en una referencia de lo que alguna vez fue la ciudad, mientras el crecimiento ocurre en espacios cada vez más desconectados entre sí.

Por eso Mendoza necesita densificarse. No para llenar la ciudad de torres, sino para evitar que la ciudad se vacíe de sentido mientras el territorio se llena de edificios.

La ciudad es una construcción colectiva. No surge de la homogeneidad, sino de la convivencia e interacción entre personas, actividades e intereses diferentes. El interés individual y el interés colectivo no son necesariamente contradictorios. Una buena ciudad es capaz de articularlos: desarrollo inmobiliario, vivienda, comercio, empresas, cultura y bienestar urbano pueden potenciarse mutuamente.

La interacción es lo que produce ciudad.

El valor urbano no está solamente en que mucha gente viva cerca. Está en que pueda encontrarse. De esos encuentros surgen cultura, conocimiento, actividad económica, instituciones, innovación y oportunidades que nadie puede prever completamente de antemano.

Una ciudad no es solamente un lugar donde vive gente. Es un lugar donde la gente se encuentra.

El problema no es que existan desarrollos privados. El problema aparece cuando dejan de ser parte de la ciudad y empiezan a reemplazarla.

Densificar y diversificar Mendoza no es solamente una estrategia urbanística. Es también una estrategia económica y social.

Una mayor concentración de población puede hacer más eficiente la infraestructura existente, acercar vivienda a transporte, escuelas, salud y comercio, y reducir la presión sobre áreas productivas y ambientales sensibles. Pero, sobre todo, puede generar las condiciones para una ciudad más dinámica.

La densidad, entonces, no debería medirse solamente en cantidad de pisos o de habitantes. Una nueva concentración de población solo produce ciudad cuando viene acompañada de las condiciones que permiten vivirla. Vivienda, comercio, escuelas, centros de salud, parques, transporte, deporte, cultura y espacios de encuentro deben ser parte del proyecto desde el comienzo.

No podemos seguir construyendo población y esperando que la ciudad llegue después.

Primero la capacidad. Después la densidad.

Antes de decidir cuánto se puede construir en un lugar, necesitamos saber qué capacidad tiene ese territorio: agua, cloacas, energía, movilidad, drenaje, transporte, espacio público, arbolado, equipamiento y condiciones ambientales. También qué queremos preservar.

Mendoza ya tiene instrumentos de ordenamiento territorial. El desafío es transformar esa planificación en una capacidad real de anticipar el crecimiento y coordinarlo a escala metropolitana.

También necesitamos cambiar la relación entre lo público y lo privado.

La inversión privada es indispensable para construir ciudad. El problema aparece cuando cada proyecto, negociado de manera aislada, termina definiendo una pequeña parte de la ciudad sin una visión común.

La alternativa no es frenar el desarrollo, sino darle una dirección.

Cada área que Mendoza decida transformar debería tener previamente definido un proyecto urbano: qué densidad admite, qué alturas, qué usos, qué tipos de vivienda, qué infraestructura necesita y qué espacios públicos y equipamientos deben acompañar ese crecimiento.

Esto no es una idea utópica. Londres, por ejemplo, utiliza un sistema de planificación que vincula la capacidad de desarrollo con la provisión de vivienda asequible. El London Plan establece un umbral del 35% de vivienda asequible para determinados desarrollos residenciales, con una vía rápida de planificación para los proyectos que cumplen los requisitos; en determinados terrenos públicos y terrenos industriales el umbral es del 50%.

Mendoza no debería copiar Londres. Pero sí puede aprender de ese principio: la capacidad de construir puede estar vinculada desde el comienzo con las condiciones para construir ciudad.

Si una zona puede recibir más población y más inversión, las reglas pueden establecer desde el inicio qué vivienda, infraestructura, espacio público o equipamiento debe acompañar ese crecimiento. No como una penalización posterior al desarrollador, sino como parte de las condiciones conocidas para desarrollar ese territorio.

El Estado define la visión y las reglas. El sector privado aporta inversión, capacidad de ejecución e innovación. La ciudad se construye en ese encuentro.

Incluso la política de vivienda debería pensarse de otra manera. El IPV no debería ser solamente un productor de viviendas, sino también un productor de ciudad: adquirir suelo bien localizado, aprovechar infraestructura existente y generar, en relación con el sector privado, distintas formas de vivienda para que la clase media y los sectores de menores ingresos puedan volver a vivir dentro de la ciudad, de manera diversa y cerca de oportunidades y servicios.

Porque el terreno más barato no necesariamente es el lugar más barato para el Estado. Una vivienda no termina en sus cuatro paredes: también hay que llevar hasta ella agua, cloacas, transporte, escuelas, salud, espacios públicos y oportunidades.

Todo esto requiere una nueva escala de planificación.

Mendoza no necesita necesariamente crear otra institución. Necesita darle una nueva capacidad a las que ya existen. UNICIPIO podría asumir un rol mucho más fuerte como verdadero ámbito de planificación y gestión metropolitana, articulando a la Provincia y los municipios alrededor de una visión común de crecimiento: dónde densificar, dónde consolidar, dónde regenerar y dónde proteger, y qué capacidad de infraestructura tiene cada territorio.

No solamente para coordinar políticas, sino para establecer las condiciones de desarrollo de cada área y anticipar las escuelas, centros de salud, transporte, espacios públicos y servicios que ese crecimiento va a necesitar. La planificación no debería llegar después del desarrollo. Debería establecer las condiciones para que el desarrollo construya ciudad.

Y quizás esa nueva etapa necesite también una mirada externa. No para que alguien venga a decirle a Mendoza qué ciudad debe ser, sino para incorporar una voz independiente, con experiencia en otras ciudades y capaz de cuestionar nuestras propias certezas. Un arquitecto, urbanista o equipo interdisciplinario de reconocida trayectoria podría acompañar periódicamente la estrategia metropolitana, aportar otras experiencias y plantear preguntas que desde adentro muchas veces no vemos.

Una ciudad necesita conocimiento local para entenderse, pero también una mirada externa para poder verse.

Porque los problemas de Mendoza ya son metropolitanos. La planificación también debería serlo.

Pero detrás de todo esto hay una pregunta todavía más importante: ¿qué ciudad queremos ser?

Mendoza ya tiene identidad, paisaje, árboles, acequias, vino, gastronomía, turismo, cultura, conocimiento y arte. Pero también tiene algo menos visible y quizás igual de importante: una cultura urbana de la que los mendocinos estamos orgullosos. El cuidado de las veredas, la limpieza, el arbolado, las acequias, la sombra, la manera de ocupar el espacio público y cierta preocupación cotidiana por cómo se ve y se vive la ciudad forman parte de una identidad colectiva.

Ese orgullo no debería ser solamente nostalgia por lo que Mendoza fue. Puede ser también una herramienta para pensar lo que Mendoza quiere ser.

El desafío es poner todo eso en relación.

Que Mendoza no sea conocida solamente por sus montañas y sus vinos, sino también por cómo se vive en ella: una ciudad metropolitana, diversa, conectada, abierta y pública.

Una ciudad donde diferentes personas, actividades e intereses puedan encontrarse y beneficiarse mutuamente.

Porque una ciudad no se construye solamente sumando metros cuadrados. Se construye conectando personas, intereses, actividades y oportunidades.

No se trata simplemente de decidir cuántos metros cuadrados puede construir Mendoza. Se trata de decidir si queremos seguir construyendo una ciudad o simplemente seguir ocupando territorio.

Porque podemos tener cada vez más edificios, más viviendas y más inversión y, al mismo tiempo, tener cada vez menos ciudad.

El desafío de Mendoza no es crecer. Es no perderse mientras crece.

* El autor es un arquitecto mendocino radicado en Londres. Director creativo del estudio internacional Zaha Hadid.

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