Como lo señalamos en más de una oportunidad en esta columna, el problema de las derrotas políticas no es solo lo que no se gana, sino que también devela las falencias estratégicas del vencido (todo el mundo volvió a ver dónde renguea el perro). El gobierno que quería mostrar “el Congreso más reformista de la historia” se complicó innecesariamente por exceso de ambición. Los votos que necesita para mantener su impulso de cambio salen más caros ahora, después de esta semana de contratiempos.
Ya sabemos que la Casa Rosada decidió -post elección- mantener el esquema de buscar apoyos ley por ley y no cerrar un acuerdo de gobernabilidad permanente con los dialoguistas. Esto le da más libertad de movimientos, pero sale más caro, tanto en términos monetarios como políticos y simbólicos. La cuestión es que un estratega debe planificar en función de una realidad dinámica, no estable, en donde las contrapartes no siempre aceptarán mansamente sentarse a negociar porque -como le gusta decir al león- “los tengo agarrados de los h….s”. ¿Los tiene agarrados? Parece que no. ¿Por qué?
El primer punto es que el gobierno no puede no cumplir con la ambiciosa meta de superávit fiscal, lo cual le reduce notablemente el margen de maniobra para acallar la sed de sus eventuales aliados. Esta semana nos enteramos de que en julio se produjo el mayor ajuste de 2026.
El segundo punto es que se ha propuesto una agenda demasiado ambiciosa como para que no genere ruidos en la opinión pública, como la venta de tierras a extranjeros o la desregulación en el rubro de los libros. Cuanta más ambiciosa la agenda, mejor montada debe estar la ingeniería política, lo cual no estaría sucediendo.
El tercer punto es que las contrapartes saben que están tratando con un gobierno que es más débil post Adorni y que tiene a la mayoría de la opinión pública angustiada con la situación socioeconómica. Ergo, nadie quiere casarse con “la mancha venenosa”.
El cuarto ítem es que el oficialismo sigue sin poder definir el cronograma electoral 2027 al estar empantanadas las negociaciones por la reforma electoral, y tampoco puede asegurarles a los dialoguistas qué estrategia llevará a cabo en los respectivos distritos. Frente a esas poderosas incógnitas, los jefes territoriales toman resguardos. En síntesis, “si no me vas a dar plata, no me garantizas las reglas de juego, no me dejas tranquilo que no me vas a competir, y además desprendés olor desagradable”, la resultante es muy complicada.
En la mesa íntima saben que el escenario no es el más promisorio. Si las proyecciones de Toto no se cumplen, y dejan que el coloso se mueva como un elefante en un bazar, el adulto en la sala -el nunca bien ponderado cálculo político- terminará ajustando cuentas, si es que los libertarios no quieren rifar todo lo que avanzaron en la elección del año pasado. Por eso, la hermanísima instruyó que el nuevo jefe de gabinete otorgue el ticket de admisión de los proyectos al Congreso. Se supone que lo trajeron para poner un cacho de cordura.
Frente a esto el gobierno tiene 3 alternativas: 1) intentar un gobierno de coalición (que no hará); 2) seguir como está, a los tropiezos, y confiar en que se produzca un cambio de humor social en los próximos meses que lleve a los aliados a ser más solícitos; o 3) abandonar la agenda reformista (total, ya dejó de lado 2 de los 3 grandes proyectos que quería impulsar en esta segunda parte del mandato). Seguramente no optará por la tercera solución, aunque cada vez le costará más mostrar zanahorias en la medida en que la recaudación coparticipable no ascienda. Es decir, entre los datos financieros, el clima de opinión pública y las torpezas políticas, el círculo vicioso se acentúa en la relación con los dialoguistas.
Toto y Bausili siguen intentando sacarle jugo a las piedras con alicientes en dosis homeopáticas y hacer mutar a la calle del pesimismo al optimismo, lo cual nunca es ni fácil ni rápido. Estos días están ensayando dos diagonales: 1) que se puedan prestar dólares sobrantes en los bancos a quienes no los generan (como precrisis 2001), y 2) una medida de alivio a las pymes con más reintegros del IVA (gracias Kristalina por tanta dignidad). Sin embargo, las noticias aciagas no se frenan: crecen los cheques rechazados, la industria no repunta, las automotrices exportan más, pero venden menos, y somos el país de la región con mayor porcentaje de morosos. Por suerte, si se produjese algún contratiempo en 2027, el Fondo patearía vencimientos para adelante (pero no pone más plata).
El gran problema de posicionamiento estratégico del oficialismo libertario es su dilema entre moderar el estilo para ser más empático -y pagar menos costos por las percepciones negativas sobre la economía de calle- y la obsesión de ser una minoría nítida. Obviamente no se puede ser las dos cosas al mismo tiempo. Con declaraciones ásperas como “nadie les puso un revólver en la cabeza para endeudarse”, el Javo no ayuda a superar su núcleo del 35 %. Por eso, su gran apuesta es convertir a 2027 en un plebiscito sobre un eventual regreso del kirchnerismo al poder. Lo mismo hizo Macri en su momento. Esto funcionará sin dudas, siempre y cuando se mantengan dos situaciones: 1) Cristina sea la jefa opositora con todo lo que eso implica (no renovación discursiva y apocamiento de alternativas), y 2) haya una buena macro, aunque mala micro. Hoy, los dos factores lucen muy probables de seguir vigentes.
Un apunte adicional, mirando al lado opositor, es la iniciativa de Axel de entusiasmar a los intendentes con derogar el impedimento de reelección que pesa sobre decenas de ellos. Como apuntamos aquí la semana pasada, corre el riesgo de que los aliados lo abandonen sin pena ni gloria, porque no recibirían beneficios y el prospecto no prende.
Más allá de que la culpa no la tiene el chancho, sino quien le da de comer, es el segundo gobierno no peronista seguido donde el coloso entra en crisis por sus veleidades de vanguardia esclarecida. Fede, vos no viniste a cazar osos…
* El autor es consultor político.