Debe poder plantearse con cierto optimismo que la Educación es una de las escaleras que siguen en pie. El ascenso es (o debiera ser) cualitativo, o no será. Pienso en todas las voces, en todos los sectores que proliferan diciendo cómo tiene que ser, cuánto tienen que ganar los docentes, qué saberes hay que traer, extrapolar lo de allá hacia acá, cómo vincularlo con la industria, con el comercio. Creo que todos y todas tienen sus razones, sus intereses, sus limitaciones, sus ideas. Todos tenemos algo para aportar a una institución obligatoria, a la que fuimos y transitamos, más, o menos, y a la que fueron nuestros abuelos y ahora van nuestros hijos. Esa multiplicidad de voces y opiniones le aportan riqueza, balance, pero estamos en una época donde el reflector está puesto en una sola mirada, en una sola parte de las ideas, allí donde la Educación debiera ser un territorio original de disputas, soluciones, y conflictos a partir del cual proyectarnos, corre el riesgo de quedarse mansa, atada al mástil de su propia funcionalidad.
No creo que sea tiempo de definirse, si no de sumar. No se es un conservador por sospechar de las tecnologías, ni por luchar muchas veces contra ellas, ni por abandonar el celular e inmiscuirse en la naturaleza o en la escucha de vinilos. Se es conservador, dice Sebastián Hacher, cuando seguimos al pie de la letra el discurso de los que tienen poder. Y cada vez más estamos anclados en ellos, repitiéndolos, “dotándolos” de argumentos humanos (llamando sensiblemente “inteligencia” a procesos matemáticos, por ejemplo), sometidos a un bombardeo constante para que nos rindamos frente a los robots que nos dictan el minuto a minuto.
Los sistemas de lenguaje inteligente (la IA generativa) no “comprenden”, en el sentido a cómo nosotros comprendemos, y sentimos. No poseen abstracción, no tienen esa habilidad. Sin embargo, cada vez más ponemos en ellos rasgos humanos, emocionales, las personas se hacen amigas, se analizan, se enamoran, se suicidan por ellas. Hay algo del campo de la soledad, del vínculo en crisis, pero también de lo semántico, cómo se estructuraron estas dimensiones numéricas, estrictamente matemáticas, para que parezcan tan reales, para que luzcan así, tan fantasiosas, en medio de la intemperie de la falta de respuestas verdaderas, en medio de un proceso mega individual, personalista, meritocrático, pobre, mezquino. La máquina parece buena, parece la que viene a pegar las partes, la que viene a decirnos, la que viene a reemplazar, la que es neutra, la que aquí está para ayudarnos.
Hay algo del dolor con lo que esta cosa viene a aprovecharse, tras el manto de curar, de bendecir, de alivianar, esconde números, etiquetas, y dueños multimillonarios a los que potencia. Es como si todas las esferas estuvieran conectadas. La famosa red neuronal. Necesitamos del campo de la psicología, del antropológico, del histórico, del literario, del sociológico, de la filosofía del lenguaje, de la música, para mirar. No basta con lo meramente instrumental, con perfiles netos o técnicos. Hay que complejizar para aprender. Hay que cooperar.
¿Cómo funcionan esas palabras en los chats, por qué nos responden como oráculos, qué son, qué somos nosotros cuando les preguntamos, en qué nos convertimos, qué hace la Educación con todos estos procesos?
Los modelos de lenguajes son entrenados a escala descomunal, alimentados por miles y miles de computadoras que les ingresan sus sesgos, sus caprichos, sus intenciones, y luego esas palabras son agrupadas en una dimensión espacial del lenguaje, a través de vectores. Los números les asignan a las palabras un lugar dentro de una esfera gigantesca, guionada en la nube. Lo que hacen los textos generados, es predecir la palabra que tiene que ir a buscar de acuerdo con la consulta del usuario. Trae el grupo de palabras que más se acerca al vector, en el universo semántico establecido. Universo que tiene una idea del mundo, por supuesto. Una idea de “este mundo”. No del mundo del siglo XV por ejemplo, es decir, megaempresas de Estados Unidos ofrecen su tablero dimensional (si se comparara con un juego), y dentro de ese armazón patrocinado, por ellos constituido, le ingresan megadata, todo tipo conocimiento, libros, papers, revistas, lo que circula en internet, para amplificar al máximo su capacidad de respuesta. De toda esa bolsa (que parece un lío, pero está bien organizada), sale una devolución. De todas esas probabilidades matemáticas, la máquina pondera lo que más se acercará.
Esto nos puede llevar a pensar quién y cómo se conforma el poder, hoy. Quién y cómo tiene el acceso a nuestras búsquedas. Quién y cómo posee todas nuestras huellas digitales a tal punto que puede replicar uno idéntico a nosotros en su bolsillo. ¿Para qué le serviría?, posiblemente para vendernos algo, eso es bastante común, pero también, y acá se pone más complejo, para configurar lo que quieren que pensemos, que también es común, pero mucho menos expuesto.
Si en las enormes posibilidades de giro que nos ofrece la red, las dimensiones semánticas son siempre las de tres o cuatro plataformas globales, si pasamos una cantidad de horas altísimas en sus ambientes, si están condicionando, procesando, lo que vemos, lo que leemos, lo que escuchamos, lo que pensamos sobre la muerte, sobre la amistad, sobre la escuela, corremos peligro de que afecte nuestra capacidad crítica, para decirlo suavemente.
Pienso en cómo hicieron sus plantas semánticas para incluir todas las palabras, sus usos, sus contextos, ese es el gran avance desde el punto de vista técnico dicen, que la máquina ya no busca palabras por definición, si no por uso y contexto. Pienso en los Simpsons, cuando Homero viaja a la cuarta dimensión, y deambula por un espacio negro con coordenadas verdes flúor. Algo así debe ser. Y ese escenario real pero virtual, (real porque entramos, virtual porque fue creado digitalmente), es al que accedemos todo el tiempo, en el que pasamos cada vez más tiempo, y el que ya forma parte de nuestra sociedad.
Hay un proyecto de cómo tenemos que ser. Hay una batalla que no se está dando, la de permanecer humanos. Me recuerda el libro de Ernesto Sábato, Antes del fin. A finales de la escuela secundaria, hice el esfuerzo de aprenderme de memoria la parte final que decía: “sólo quienes sean capaces de encarnar en la utopía, serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuánto de humanidad hayamos perdido”. Creo que ahora lo entiendo del todo. Ahora, que no sabía que me la acordaba, me baja la frase plena. Se trata de explorar nuevos territorios con la tecnología como ayudante, se trata de creatividad, se trata cada vez más de eliminar la fetichización y volver a poner la magia en el descubrimiento, en el asombro de nosotros proyectándole nuevas narrativas, tomando caminos insospechados en los textos, jugándonosla por el camino menos transitado. La Educación tiene que incorporar también estos elementos, los de la lectura, la de los libros, la de la demora, la de la irresponsabilidad de no hacer nada de nada. Algo tiene que fluir entre nosotros como curiosos, como observadores, como dadores, como lectores, como docentes, como estudiantes, como directivos, como empresarios. Amarran en nuestra playa. Nos filman desde drones. Corrámonos de las mirillas. Apuntemos nosotros. Inventemos una figura. No endiosemos. Ya lo hicimos y no salió. Cooperar, ser solidario, intentar pensar.
Casi siempre arranco mis clases con un texto atribuido a una antropóloga llamada Mead, en esa introducción ella dice que el primer acto de civilización hallado no es una vasija, una punta de lanza, restos de fuego, sino que es un fémur roto y curado. Un hueso, de alguien, que se quebró y que otro humano ayudó a sanar. Lo cargó, lo sujetó, lo puso a salvo de otras bestias, hasta que pudo seguir. En el mundo animal, eso es imposible, una pata quebrada te deja sin chances en la vida salvaje. Es extraordinario volver a sentir lo elemental. Viene a cuenta de pensar las IA, la Educación, y el mundo que queremos. Vuelvo a creer que se trata de todos. De todas las profesiones. De todas las visiones.
También el miedo juega su papel en términos socioculturales. No sabemos si son tan grandes como para achicharrarnos en un segundo o si es la forma marketinera que tienen de decirnos que son los nuevos dioses, cuando son el capital en su forma más incisiva y tecno. Sigue la incertidumbre.
La carrera por la superinteligencia (“singularidad”), aquella por la cual invierten y se desviven, parece real. Tratan de que las máquinas logren automejorarse cada vez más y hagan siempre una nueva versión de sí mismas, cada vez mejor, más refinada, más aumentada, y así hacia el infinito, en un eco multiplicado. Una inteligencia que sobrepasaría por escándalo nuestras posibilidades humanas. Es un escenario de ciencia ficción, en la que también se basan los tecnócratas de los modelos. El subtítulo del libro de Michel Nieva es irónico, “cómo los multimillonarios nos salvarán del fin del mundo”. Todos los temas que a ellos les ocupan, la inmortalidad, los viajes interplanetarios, están basados muchas veces en la literatura de los propios humanos.
El elemento sobre el que se puede pulsar toda nuestra defensa es la lectura. Flavia Costa menciona que, en estos tiempos, es un deporte de “alto rendimiento”. La lectura que sostiene un tema, un tiempo narrativo, una existencia continua. La lectura diversa, intertextual, cooperativa. La lectura que inicia y que se abre a la búsqueda de más bibliografía, de más libertades, con más tiempo. La época nos reduce y nos fragmenta, entonces ampliemos y totalicemos. Que la Educación nos demuestre que la playa es nuestra, y que las naves también pueden serlo, si nos ayudamos.
* El autor es escritor y sociólogo.