Había muerto Nicolás Copérnico cuando publican sus investigaciones, Sobre las revoluciones de los orbes celestes. El trabajo demostraba lo que conocemos como teoría heliocéntrica, la tierra no era el centro del universo es un satélite del sol. En los siglos XV y XVI, incluso hasta el siglo XIX, esta idea revolucionaria atentaba directamente con la interpretación literal de la Biblia y tenía consecuencias. En aquellos tiempos la iglesia católica freezó los escritos de Copérnico y los puso en modo avión hasta ser “corregidos”. Pero esto no quedó así nomás. A las medidas de censura sumaron un upgrade y consideraron estas ideas como heréticas. Hoy parecería un exceso de conservadurismo, una muestra desmesurada del poder institucional de la religión y la Iglesia católica. Pero el tiempo es relativo.
Sucede que recién en el año de nuestro señor de 1992 el papa Juan Pablo II levantó la condena a Galileo Galilei. Este había demostrado, por medio de la mejora del telescopio, que las ideas de Copérnico se ajustaban mejor a lo registrado por la observación. La afirmación le valió una condena al astrónomo italiano en 1633, y tuvo que abjurar de reproducir estas ideas.
El colofón de la historia favorece a Galileo muy tardíamente. En la actualidad se lo considera como el padre de la ciencia moderna, referente del pensamiento científico, inspirador del método de investigación entre otros atributos. La Iglesia católica se dejó el galardón de guía moral de sus feligreses, delegando el campo científico al pensamiento crítico y laico. En este recorrido reconocemos a la iglesia católica con una identidad conservadora, seguramente bien atribuida. Por otro lado, la ciencia adoptó las ideas y métodos prohibidos y consolidó un ámbito separado de la fe; espacio que antes constituía parte del poder eclesiástico. La decisión política de la iglesia de prohibir las ideas de Copérnico y condenar a Galilei durante siglos produjo resultados inesperados para la curia. Un error de cálculo.
Hoy, muchos estarían tentados en afirmar que el viejo encuentro entre ciencia y religión está actualizando su registro. Sin embargo, haciendo honor a la crítica, cabe más un interrogante que una afirmación: ¿Cuál es el lugar de la ciencia en un mundo seducido por las satisfacciones de la atmósfera que brinda la post verdad, el capitalismo de plataformas y los consumos performativos?
Todo el poder a las aulas
Si bien las escuelas no son espacios donde producimos ciencia, fueron lugares dónde ésta encontró su difusión. La unión que tuvo la escuela con la ciencia desmitificó los cambios y las tecnologías, construyó un firme puente entre la vida tradicional y la complejidad de la vida moderna. Tradujo los nuevos tiempos y fue centro de la innovación cultural. Pero esto, es tiempo pasado. Hoy tenemos un sistema educativo debilitado que no logra anclar su función histórica al presente y, al igual que la iglesia del siglo XVII y XVIII, se encuentra jaqueado por fuerzas de su propio tiempo.
Y sí, de nuevo con las pruebas Pisa. Saliendo de los datos que recorrieron los medios y las plataformas, encontramos algunos que realmente gritan otra cosa. Argentina se despega del promedio de países de la OCDE en el uso de IA (el 51,8 % usa semanalmente la herramienta contra un 45,5% del promedio), pero retrocedemos en dos puntos porcentuales en la evaluación de los resultados que presentan esta herramienta (60,7% evalúan la información, contra un 62,6% del promedio). Una relación inversamente proporcional que tendría que tomarse muy, y lo repito, muy seriamente. La distracción digital en las aulas también es mayor en Argentina que en los demás países de la OCDE. Otro grupo de indicadores miden lo que Mariana Schenone, de Tramared, llama ambiente educativo donde mide: clima disciplinario (una columna fuertemente negativa para el país), pertenencia (también negativa, pero levemente), apoyo familiar (nuevamente el número es significativamente negativo) y la última columna de este grupo es el de apoyo docente, curiosamente la única columna que marca un valor significativamente positivo. De los espacios simbólicos involucrados en la educación sólo se salva el aula, y acá siempre hay un o una docente.
Para quienes estamos en los cursos las noticias sobre los resultados no sorprenden, no es algo que se veía venir desde un horizonte difuso. Hace más de una década vemos que cada nueva generación de estudiantes requiere menos esfuerzo conceptual y mayor dedicación administrativa. No importa el signo de las gestiones, la política ejecutiva de los gobiernos escolares tiene como principal objetivo del trayecto obligatorio contener y promover. Dos variables desconectadas del conocimiento y la complejidad.
Promoción y contención son “indicadores”, un número en un “tablero de control digital”. Acá está el giro ortodoxo. Las funciones de contención y promoción son derivados del ejercicio de la enseñanza de conceptos, ideas, prácticas y métodos. Derivados, un bonus track, el regalo sorpresa de la cajita feliz. Desde la gestión es el índice a sostener, el porcentaje mayor de un gráfico estadístico. Los proyectos pedagógicos generados desde el gobierno escolar van en esta dirección con el resultado de las pruebas conocidos. Aun así, las políticas se afirman cada vez con mayor insistencia porque en algún número del “tablero de control” hay una franja azul positiva afirmando que no todo está tan mal. Algunos teóricos denominan a este tipo de lectura “stalinismo de mercado” y el nombre no es una paradoja.
* El autor es licenciado en comunicación social y docente.