La reciente nota publicada por Los Andes: “Por baja de la natalidad, en 2030 habría aulas con doce alumnos”, no sólo describe un fenómeno educativo. En realidad, constituye una evidencia clara de un cambio demográfico estructural: la transición hacia una sociedad progresivamente envejecida. Este escenario exige ser abordado desde la Gerontoprevisión, es decir, desde una mirada anticipatoria orientada a planificar políticas antes que el envejecimiento poblacional se convierta en una crisis sanitaria y social.
En Mendoza, como en gran parte de Argentina, la natalidad ha disminuido sostenidamente durante las últimas décadas. Esta caída se expresa primero en la escuela: menos nacimientos significan menos alumnos, cursos reducidos, reestructuración institucional e incluso cierre de establecimientos. Sin embargo, el verdadero impacto trasciende las aulas, ya que marca el inicio de una inversión progresiva de la pirámide poblacional: disminuye la proporción de jóvenes mientras aumenta la de personas mayores.
Las proyecciones demográficas hacia mediados de siglo son contundentes. Se estima que la población joven podría reducirse alrededor de un 15% (2050) mientras que el segmento de personas mayores crecería cerca de un 27% (2050). Este cambio modifica profundamente la relación entre población activa y dependiente.
Habrá menos trabajadores disponibles para sostener a un número creciente de jubilados, y aumentará el índice de dependencia, con tensiones inevitables sobre los sistemas previsionales, sanitarios y de cuidados.
Desde el enfoque de la Gerontoprevisión, este proceso no debe interpretarse únicamente como un problema, sino también como una oportunidad para actuar con anticipación. Así como hoy se proyectan aulas más pequeñas, también debe proyectarse un futuro con mayor demanda de servicios gerontológicos, atención crónica, accesibilidad urbana y redes comunitarias de apoyo.
En este marco, resulta prioritario impulsar políticas concretas.
- En primer lugar, es indispensable construir un sistema integral de cuidados, con redes de atención domiciliaria, centros de día y residencias con estándares de calidad.
- En segundo lugar, la reorganización educativa puede aprovecharse para fortalecer experiencias intergeneracionales, transformando instituciones en espacios comunitarios más amplios.
- También se requieren reformas previsionales graduales que promuevan un envejecimiento activo, exitoso, saludable, digno y económicamente sustentable, evitando desequilibrios futuros.
- Asimismo, el sistema sanitario debe fortalecerse con enfoque gerontológico, priorizando prevención de fragilidad, manejo de enfermedades crónicas, rehabilitación y salud mental.
- Las ciudades también deben prepararse, adaptando transporte, urbanismo y entornos accesibles para garantizar autonomía en la vejez.
- Finalmente, se vuelve indispensable ampliar la formación profesional en geriatría, gerontología y cuidados especializados.
Aulas con apenas doce alumnos no sólo reflejan menos nacimientos: son el indicador temprano de una sociedad envejecida en marcha.
Pensar desde la Gerontoprevisión implica actuar hoy con políticas sostenibles para garantizar que el aumento de la longevidad sea un logro social planificado y equitativo y no una crisis anunciada.
* El autor es médico. Presidente de la Asociación Gerontológica Argentina-AGA.