18 de octubre de 2026 - 00:30

Animadas distopías de hoy y de siempre

En lo que hace a Inteligencia Artificial (IA), ya hay bandos casi enfrentados entre quienes se muestran optimistas sobre el desarrollo y los beneficios que reportará esta tecnología y los escépticos, que encienden luces de alarma por los peligros que, suponen, encierra. En lo que hay una coincidencia unánime es en que la IA cambiará la forma de estar en el mundo.

La distopía quizás sea la razón de ser, el corazón mismo de la ciencia ficción. Ese género que provoca amores y odios casi por igual entre lectores, cinéfilos y hasta melómanos.

La distopía sería exactamente lo opuesto a una utopía. Es decir, según el diccionario de la Real Academia Española, una "representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana".

Sobre eso tratan clásicos de la ciencia ficción como “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, que Philip K. Dick publicó en 1968, y Ridley Scott llevó al cine como “Blade runner”, en 1982. También “1984”, que George Orwell publicó en 1949 y llegó al cine justamente en el profético 1984 dirigida por Michael Radford. O la madre del género, “Metrópolis”, popularizada por la versión cinematográfica de Fritz Lang en 1927, pero basada en la novela homónima de Thea von Harbou, que apareció en simultáneo y también fue guionista de este filme alemán mudo y en blanco y negro.

Una descripción general, sin entrar caso por caso en los argumentos, muestra robots que se liberan y enfrentan a los humanos, máquinas que toman el control, sistemas totalitarios que vigilan y organizan a la población, sociedades estratificadas entre los intelectuales de la superficie y los obreros del subsuelo industrial. Por supuesto, siempre hay héroes que logran que el ser humano termine triunfando y las cosas vuelvan al orden ¿natural?

La Inteligencia Artificial (IA) es una de esas materias que es caldo de distopía. De hecho, ya hay bandos casi enfrentados entre quienes se muestran optimistas sobre el desarrollo y los beneficios que reportará esta tecnología y los escépticos, que encienden luces de alarma por los peligros que, suponen, encierra. En lo que hay una coincidencia unánime es en que la IA cambiará la forma de estar en el mundo.

“Lo que podemos saber” es la última novela del escritor británico Ian McEwan. Spoileando (valga el neologismo) lo menos posible digamos que trata sobre Thomas Metcalfe, un académico que, en el año 2119, intenta desentrañar lo sucedido en una velada literaria ocurrida en el año 2014. La búsqueda es dificultosa porque la tierra ha sido devastada por un cataclismo de escala global que la sumergió y quienes sobreviven en el siglo XXII lo hacen desde las zonas más elevadas del planeta.

Un dato relevante de la trama es que para la mayoría de los estudiantes del futuro que imagina McEwan es imposible leer un libro completo o hacer un juicio crítico respecto de algo ya que sus mentes están “desmanteladas”. La tecnología digital y la inteligencia artificial también han sobrevivido, aunque su desarrollo quedó atrasado por la catástrofe. Una ficción distópica clásica.

De vuelta en este convulso 2026, los recientes resultados de las pruebas PISA 2025 encendieron una alarma mundial. Se registraron los peores resultados desde que comenzó esta evaluación en el año 2000. Las caídas en matemáticas, comprensión lectora y ciencias básicas fueron especialmente preocupantes para nuestro país, que descendió a los puestos 75, 62 y 71, respectivamente en esas asignaturas, entre las 91 naciones que participan del sistema.

A nivel nacional, especialistas plantean la necesidad de un acuerdo educativo que ponga el foco en estos aspectos como una política de Estado para evitar un desplome que, por ahora, parece inevitable. En algunos países, por caso, se propone volver a los métodos de enseñanza tradicionales para estas materias dejando de lado experiencias pedagógicas más “modernas”.

El excesivo uso de pantallas en clase y en la vida cotidiana es uno de los aspectos que se pone en cuestión. La utilización de la IA en todos los niveles de la educación es un debate que apenas alumbra, pero que apunta a ser central en lo inmediato. Los efectos en el desarrollo mental de los seres humanos es terra incognita.

Andrés Hatum es PhD de la Warwick Business School de Inglaterra, profesor de la Universidad Torcuato Di Tella y habitual columnista del diario La Nación. Una reciente columna publicada en este medio porteño viene a cuento: “El proletariado del algoritmo. La distopía que nadie vio venir” plantea para el año 2040 un mundo dominado por la IA en el que las empresas ya no tienen empleados sino “niveles de integración algorítmica” que requieren de “compatibilidad cognitiva con sistemas inteligentes”.

Así, en ese futuro no tan lejano que imagina Hatum, existen quienes manejan la IA y quienes son manejados por ella. A los primeros los denomina “integrados”, que no son necesariamente los más inteligentes ni talentosos, sino que saben hablar el idioma de las máquinas para formular pedidos, corregir respuestas, encadenar procesos.

A los otros los llama “ejecutados”, que realizan tareas residuales y son monitoreados en tiempo real por plataformas que calculan productividad, precisión y disposición emocional. “Nadie te grita, no hay jefes que te humillen en una reunión. El sistema simplemente detecta que alguien rindió por debajo de su patrón esperado y se lo devuelve en forma de alerta, caída de ranking, pérdida de incentivo o reentrenamiento obligatorio”, señala.

Hatum advierte que lejos, de aquellas distopías de máquinas versus humanos, “construimos un mundo mucho más banal, donde las personas piden consejos existenciales a un sistema, aceptan que un modelo evalúe su desempeño y agradecen que una interfaz les diga qué hacer con su carrera, su tiempo y su ánimo”.

¿Sobrevivirán el pensamiento crítico y la empatía? ¿Será la huella de lo humano lo que prevalezca como garantía de calidad ante el avance de la IA? No hay conclusiones. El debate está abierto.

* El autor es periodista. [email protected]

LAS MAS LEIDAS